| ÁNGEL |
Se sentía extraña, indecisa, todo parecía contradictorio como en aquellos juegos mentales en los que se involucraban sus pacientes e incluso ella misma en ocasiones, al tratar de entenderlos a su manera tan retorcida y descolocada. Su entorno era un completo caos, la tranquilidad parecía estar de vacaciones desde aquella muerte, desde el asesinato de su paciente, ese hombre tan amable y querido por todos, inclusive ella estaba conmocionada por su precipitada muerte cuando solo había compartido unas cuantas palabras rutinarias con él.
La acechaba una presencia desconocida, maligna, en las noches no la dejaba dormir, solo provocaba pesadillas e insomnio, no entendía lo que ocurría con ella, era algo sin sentido racional.
Muy a su pesar, Azriel parecía haber desaparecido de la faz de la tierra, lo que le producía muchas más preguntas y... sobre todo sentimientos de añoranza, algo que no podría ser, era un completo desconocido aunque su alma se conmovía en su presencia, todo en ella era un remolino de sentimientos encontrados al verlo, al fijarse en sus ojos sombríos que brillaban con intensidad, con miles de respuestas a sus preguntas y con promesas encubiertas.
Sus días en esa ciudad eran monótonos, por muy diferente que fuera el ambiente, ella solo iba y venía junto con sus compañeros, en especial con Sara con quien había establecido una buena amistad desde el primer momento. Hablaban de sus vidas, sus temores y aspiraciones, era la amistad sincera que nunca tuvo, y eso le alegra un poco sus días.
Hoy, todo parecía discrepante, el día no podía tornarse más frío y apagado como si premeditará lo que estaba pronto a advenir. Este día las cosas no iban como ella lo esperaba, al llegar al centro médico su jefe y el de todos, le dio la orden de que debía visitar el sanatorio, el Hospital psiquiátrico San Francisco de Tirana, donde debía permanecer hasta el día de mañana, martes.
Sus citas del día y del día siguiente ya estaban canceladas, al perecer todos ya estaban enterados, menos ella. Debía ser un apoyo allí, como una simple practicante o al menos así lo veía, pues su jefe expresamente le repitió que debía hacer un informe detallado sobre el suceso y la lista de patologías que se manejaban en conjunto con el manejo de estas en sus pacientes.
Iría sola... eso le había informado aquel hombre regordete. Ninguno de sus compañeros la acompañarían, solo ella, era raro, pero suponía que eran órdenes de arriba, desde la misma organización por la cual pudo llegar a este país.
En el hospital la aguardaba una habitación, solo por esta noche, ya en la tarde del martes regresaría nuevamente. Además, para su sorpresa, alguien la acompañaría aun cuando su jefe le había dicho lo contrario, él solo dijo que no era nadie del equipo médico por lo que, no lo incluía como compañero, solo era una persona que se había ofrecido en acompañarla, ya que estaba involucrado en una investigación judicial.
No entendía el manejo de esa ciudad, todo se mezclaba, la autoridad pública con la medicina y así, varias áreas que para ella no tenían nada que ver.
Había conocido al Oficial Willians, un hombre muy amable que ahora reemplazaba a Azriel. Solo en algunas ocasiones cruzó palabras con él, incluso le contó brevemente que no era nativo del país, sino un exmilitar estadounidense y ahora, un policía en Berat. Pero, lo que no entendía era porque en el Hospital donde se encontraba trabajando la policía se involucraba tan abiertamente, porque no simplemente contratar a un vigilante, como lo era normal en su país. Alguien que se parará en la puerta a indicar a quién llegará y ayudar de vez en cuando en cosas vagas. Quizás era porque la seguridad era más estricta, pensó en aquella ocasión.
Al final, tuvo que regresar rápidamente a la que ahora era su casa, por los elementos personales que necesitaría en el viaje. Fue frustrante, llegar para tener que devolverse, ¿Por qué su jefe simplemente no la había llamado para avisarle? bufó pensando aquello. Y siguió concentrada empacando el pequeño bolso, que le sería de equipaje.
En pocos minutos terminó y para cuando lo hizo, solo bastaron unos segundos en los que tocaron la puerta de entrada.
Vaya si que es puntual, pensó, al menos tuvo la consideración de recogerla en su casa. Bajó apresurada con su equipaje; solo ropa de cambio, delantal médico, implementos personales y su laptop, poco y descomplicado como le gustaba.
Abrió la puerta para salir y cerrar sin perder tiempo y sin fijarse en la persona que esperaba tras de ella. Cuando por fin lo visualizó, quedó sorprendida, se veía imponente y sensual con su cuerpo descansando ligeramente sobre el auto, sus robustos brazos cruzados dejando un poco a la vista algunos tatuajes que no había notado, su típico uniforme negro y unas gafas de sol ocultando sus bellos ojos, que de inmediato la extrañaron, desentonaban por completo con el día tan opaco.
Se permitió admirarlo, guardar esa imagen en su mente, llevaba una semana sin verlo y de verdad que extrañaba su presencia, ese porte poderoso que poseía le hizo sonreír sin razón, pero también se sentío decepcionada, él había prometido algo que nunca cumplió o por lo menos no estos días, donde creyó que podría verlo más seguido y se equivoco claramente.
—Buen día Doctora Mendez – saludó cortés con ese timbre que solo él poseía.
—Buenos días para usted también Oficial Bourne – respondí de igual forma, mientras veía como descruzaba sus brazos y abría la puerta de copiloto para mí, invitándome a entrar, una clara señal de que él no era de los que habituaban alargar las cosas.
Caminé hacia él con mi equipaje en mano, por el cual extendió su brazo, esperando que se lo tendiera, y así lo hice. No obstante, no me percaté de cuando nuestras manos rozaron, haciéndome sentir la calidez que de ellas emergía, todo lo contrario a las mías, que parecían hielo. Fue un suave y simple contacto que se me hizo tierno e inexplicable, y creo que él también lo sintió, aunque no chistó palabra separándose de mí para guardar el bolso en el maletero.
Subí al auto seguida por Azriel, quien de inmediato encendió el auto partiendo a la capital.
—Disculpa por no recogerte en el Hospital, tenía algunos asuntos que atender – dijo de repente luego de unos minutos, rompiendo el silencio.
—No hay problema – respondí restándole importancia.
—Y... también por no acompañarla al bosque, he estado algo ocupado, los recientes hechos me han obligado – me miró por un segundo, volviendo a dirigir su vista a la carretera.
— No tiene porque hacerlo, entiendo su labor e igualmente no he tenido la inspiración para ir – confesé observando el paisaje pasar fugazmente por la ventana.
—Por lo pronto es mejor mantenerse en la seguridad de su casa – algo en su voz sonó con un ápice de preocupación y... algo que no puede descifrar. Vislumbré su perfil tratando de hallar una señal, mas no había nada.
Me quedé en silencio nuevamente. De vez en cuando percibía sus ojos en mí sin descuidar el camino, eran segundos que me ponían nerviosa, pero a la vez expectante, me gustaba no puedo negarlo y yo también lo hacía. Cuando él estaba muy concentrado apretaba su mandíbula, haciendo que se remarcaran más sus bellos rasgos.
Noté que tenía un pequeño tic inconsciente de morder su labio inferior, lo había hecho tantas veces ya, que temía que se lastimará, aunque se me estaba haciendo vicioso observarlo, se veía tan... atractivo. Ese hombre despertaba todas mis pasiones ocultas, era del tipo al que no estaba acostumbrada, tenía tantas cosas, una manera de ser tan única. Podría llegar a ser serio, demandante, frío y a la vez tierno, amable, se notaba que siempre protegía a los suyos, los podría poner antes que a su vida sin miramientos.
— ¿Cuánto tiempo falta para llegar? – pregunté al notar que ya llevábamos más de una hora en camino, pese a que se me estaba haciendo corto, por estar perdida en mis pensamientos, y él también parecía estarlo porque demoró unos segundos en responder.
—Diría que 40 minutos como mucho – volvió a mirarme, esta vez encontrándose con mis ojos. Fue un instante, suficiente para que ambos desviáramos rápidamente la mirada; él al camino y yo a la ventana, levemente sonrojada.
Era una adulta ¡Por Dios! cómo podría comportarme como una chiquilla enamorada.
— ¿Te quedarás en el psiquiátrico? – pregunté con interés y curiosidad, luego de recomponerme y pensar con claridad.
— No, en otra parte –
No sé porque su respuesta me causó tanta intriga, dejaba mucho que pensar. Quizás al final, no era soltero como suponía e iría a casa de su...novia, lo cual revolvía mi estomago de solo pensarlo, generaba sentimientos de molestia en mí que no deberían ser.
—Ya veo – mi voz no sonó exactamente como pensaba, más bien, parecía baja y...desconsolada. Él pareció no notarlo, lo que me tranquilizó un poco.
El camino continuó normal, sin ningún comentario más por parte de ambos. Azriel hacía rato que había dejado los lentes de lado, de hecho fue casi al tiempo que dejamos Berat atrás, eso me agrado bastante porque pude observarlo sin ningún obstáculo.
Casi era mediodía cuando llegamos a la ciudad, con un clima un poco más alegre que antes. Tirana quedaba relativamente cerca a Berat, solo nos tomó dos horas y media llegar. La ciudad era gigante, hermosa, espectacular, como todo en este país, no podía esperar menos. Azriel fue el primero en bajar, segundos después bajé yo, admirando la gran y magistral vista que nos daba el lugar, en letras claras leí el nombre de la infraestructura Hospital psiquiátrico San Francisco.
Azriel se alejó unos pasos de mí permitiéndome estudiar la vista tranquilamente. Lo vi sacar su celular para llamar a alguien, pues no pasó mucho cuando se lo llevó a su oído y lo escuche hablar. No entendía de qué hablaba y la verdad no me interesaba su vida privada, solo porque mi cuerpo e imaginación reaccionarán a él, no significa que debía espiar su privacidad. Él definitivamente me gustaba, eso era innegable, siempre me había bastado una mirada para encantarme a primera vista y Azriel no era una excepción, aunque...todo pareciera completamente distinto está vez.
Estaba tan concentrada en un pequeño pajarito que se encontraba cantando en una de las ramas de un árbol a un costado del gran edificio, que me sobresaltó demasiado escuchar la maldición que soltó Azriel por lo alto, tanto así, que llevé una mano a mi pecho por el susto. Él parecía muy enojado, maldiciendo a todo lo existente. Llevó una mano a su corto cabello azabache, despeinándolo un poco con desespero, guardó el celular y a pasos apresurados llegó a mi lado.
—Entremos – ordenó firmemente. Lo seguí por detrás observando su amplia espalda, sus manos que se apretaban en puños hasta el punto que sus nudillos se colocaron blancos por la fuerza, aún seguía molesto por lo que veía.
La figura de Azriel obstaculizaba mi visión, hasta que entré por completo pudiendo ver mejor el bonito espacio. El lugar era enorme, pasillos por todos lados que llevaban a cientos de habitaciones, aquí probablemente había muchísimas personas, cada una con una enfermedad diferente. No entiendo cómo podría hacer un informe de tal categoría en tan solo ¡Dos días! pensé con frustración. Necesitaría vivir aquí para poder hacer un buen trabajo, al menos unos seis meses.
El hospital parecía tener una forma curva, pues formaba casi una U, que rodeaba un amplio jardín ubicado en el centro, con la intención de seguro brindar un ambiente de calma a todos los pacientes recluidos en este lugar.
Azriel siguió hasta el mostrador que servía de recepción, donde se encontraba una pequeña morena. Ella amablemente nos dio todas las indicaciones junto con la llave de la habitación donde me quedaría, en el ala de empleados médicos, enfermeras y demás, ya que era un hospital permanente donde se debía estar monitoreando a los pacientes día y noche.
Me sentía cansada por el viaje, pero debía ir a dejar mis cosas y volver para explorar el lugar e investigar lo que podría presentar en el informe.
Para mi sorpresa Azriel permaneció a mi lado, juntos nos dirigimos en dirección al ascensor, por donde nos indicó la chica.
Subimos hasta el décimo piso, donde se encontraba la habitación. En ningún momento él habló ni yo, a pesar de que ya se había relajado notoriamente, se notaba que era un hombre de pocas palabras y yo no sería la que rompería su ley.
Al entrar al cuarto se notaba que pertenecía a un hospital, con sus simples paredes blancas, una gran ventana asegurada por el hierro, lo que daba la impresión de una cárcel, pero así tenía que ser, sino querían accidentes, en especial con tantas personas desquiciadas. Dos camas pequeñas con una mesita de noche al lado cada una, un pequeño televisor en la pared de enfrente y una puerta, que suponía era el baño.
Dejé caer mi bolso sobre la cama, mientras veía a Azriel acostarse levemente sobre la segunda cama, poniendo sus brazos tras su cabeza con los ojos cerrados. Se veía cansado, un hombre tan...formidable.
No había notado las manchas oscuras bajo sus ojos y la escasa barba que se empezaba a notar recubriendo el contorno de su rostro, su mandíbula cuadrada y perfilada. Aún con todo su agotamiento, no perdía ese atractivo que me había embelesado desde el primer instante. Seguía teniendo el mismo poder sobre mí e incluso más, al observarlo de una manera tan distinta a como acostumbraba a verlo, contadas veces.
Decidí dejarlo descansar tranquilamente, aunque me seguía pareciendo extraño que se tomará esas comodidades, se suponía que estaría aquí sola en mi espacio privado, por hoy.
Vestí mi delantal médico encima de la blusa blanca y pantalón negro que llevaba. Salí dispuesta a cumplir con mi trabajo saludando a algunos pacientes que me cruzaba por el camino, todos con diferentes enfermedades mentales como esquizofrenia paranoide, trastorno afectivo bipolar, trastorno obsesivo compulsivo, de personalidad múltiple, entre otros. Enfermedades tan...impresionantes; nunca me cansaría de admirar la mente humana, esa capacidad a veces inquietante de jugar con nosotros mismos, como si por si sola gobernará el mundo que quisiera crear.
En una ocasión me topé con un hombre de mi edad o quizás...un poco mayor, tenía una expresión en blanco, no demostraba nada ni fuera de lo normal ni dentro de lo común, parecía absorto de todo, concentrado en lo que sea que su mente estuviera recreando. Me acerqué con cautela sentándome a su lado, en la pequeña banca que se extendía por un largo y oscuro pasillo, una de las áreas, a mi parecer, más espeluznantes de este hospital.
Lo observé, sus gestos, sus manos, tratando de descifrar cuál de todos los miles de males existentes, podría acomplejarlo. Tal vez un TOC (trastorno obsesivo compulsivo) es difícil hallar una respuesta sin siquiera una palabra por su parte.
—No te quiere cerca — ¿Qué?
— ¿Quién? – murmuré desconcertada, no esperaba que me hablará y menos iniciando por aquello.
— A ella, no le gustas, ninguna lo hace – seguí su vista hacia un punto oscuro del pasillo, donde parecía absorto.
— ¿Por qué? No he hecho nada contra ti o contra ella – dije refiriéndome a lo que sea de lo que hablaba, quizás era una amiga imaginaria. Cosas como esas ya había vivido antes.
— Porque piensa que me alejarás de ella... Vete, antes de que llamé a Jason, no le gustan las extrañas –
Aquello lo dijo de una manera tan... apacible, que asustaba un poco. Por lo general, no sabías que esperar de una persona así y lo mejor era mantenerse al margen.
— ¿Quiere hacerme daño? – pregunté sin éxito – Jason...es otro ¿amigo? – quise averiguar.
— Ella no, Jason sí. Vete – volvió a repetir sereno con aquella peculiar advertencia incluida, pero sin darme a entender cuál de mis preguntas estaba respondiendo.
— ¿Cómo es ella? – Intente está vez, pero silencio fue lo que obtuve como respuesta.
Esperé paciente unos segundos, hasta que de improvisto giró su rostro bruscamente, dejándome ver sus ojos rojizos y azules que le daban un aspecto desaliñado, enfermizo. Sin embargo, lo peor fue ver su expresión furiosa y delirante, parecía estar en un oscuro trance del que no creía salir bien librada.
— ¡Te lo advertí! – rugió rabioso, tumbándose encima de mí con ímpetu, sin darme tiempo a reaccionar.
Cuando menos creí, me encontraba tirada en el suelo, con aquel hombre desbordado de locura, tratando de asfixiarme. Sus delgadas y huesudas manos querían arrancarme hasta la última gota de vida, me cortaba la respiración, solo podía intentar golpearlo con mis manos, desesperada, sin ningún logro. Poseía una contextura delgada, pero su fuerza era descomunal, algo dentro de su locura e ira profunda, le daba la fuerza, que no me permitía moverme ni apartarlo de mí. Trataba de gritar, de alertar a alguien, pero solo salía un sonido ahogado de mi boca. Tenía miedo y nadie parecía percatarse de lo que sucedía, de que estaba a punto de ¡matarme!
Cada vez me sentía más débil ¡estaba sola! ¡pérdida! ¿Cómo en un hospital como este no había seguridad? Me sentía desfallecer, llevaba más de cinco minutos tratando de luchar por mi vida. Este hombre estaba cegado, perturbado por una presencia demoníaca que lo perseguía. Me había advertido y no lo escuché, ahora estaba pagando las consecuencias.
Dejé de luchar, cansada, agotada, me estaba rindiendo. Mis fuerzas poco a poco fueron abandonando mi cuerpo, todo giraba, mareándome, un fuerte zumbido reventaba mis tímpanos, mi visión se torno borrosa, su rostro encarnizado solo era una mancha más a lo lejos. Ya no sentía mi cuerpo, estaba navegando hacía ese estado de inconsciencia tan pacifico.
No sé qué sucedió, solo me percaté casi a punto de desmayarme, cómo algo o alguien lo apartaba con rudeza de mí. Escuché voces a lo lejos, dando órdenes, aquel hombre fue llevado a rastras por otros dos enfermeros, mientras que mi débil cuerpo era levantado con suavidad, dándome la comodidad y seguridad por la que antes había rogado. Mis ojos fueron cerrándose poco a poco, no sin antes darme la oportunidad de observar el duro rostro de mi salvador, mi ángel, por el cual, en mi mente sonreí.
Azriel se sentía acomplejado, si no hubiera llegado a tiempo, ella tal vez... Negó apartando esos pensamientos de golpe, estaba bien y era lo importante. Aunque ya llevaba varios minutos inconsciente en la habitación de la enfermería, era normal, ese loco casi la mata. Por poco y golpea al vigilante encargado de la seguridad o a los incompetentes enfermeros ¿Cómo no mantenían los ojos encima de un paciente tan desquiciado? Si hasta él mismo en Berat, se mantenía al pendiente de aquel hombre delirante, que intentó asesinar al médico y luego estuvo en cita a solas con Méndez.
¿Qué clase de hospital mental era ese?
El chico que la atacó era un esquizofrénico, diagnosticado con otro trastorno de personalidad múltiple, lo que hizo que su temperamento o más bien, aquella otra mente que habita en él, quisiera matarla, quisiera desaparecerla totalmente.
A decir verdad, le resultaba...escalofriante, tenía tanta fuerza, que hasta tuvo que luchar un poco con él, para apartarlo, y eso que Azriel era mucho más robusto que él. Inclusive debieron aplicarle un tranquilizante rápidamente. Nadie entendía que lo había podido alterar tanto, aunque la doctora que lo trataba dijo que tenía dos seres en él, una dama celosa y un demonio...un ser que actúa sin sentimientos, cegado en busca de sangre. Esa cosa, esa otra entidad, no sentía, era algo completamente fuera de este mundo, lleno de maldad que gozaba destruyendo la vida de ese pobre chico.
Azriel se mantuvo todo el rato en silencio, a veces rondando a pasos lentos y vigorosos por la gran estancia, con varias camas a su alrededor, algunas ocupadas, pero lo suficiente lejanas como para respetar las cavilaciones de su mente. Con sus fornidos brazos cruzados, miraba atentamente, esperando que la psiquiatra despertará.
En un momento estuvo más cerca, escrutando las rojizas marcas en la piel fina y pálida de ella, grotescas señales en su cuello de lo que hacía apenas media hora había sucedido.
No sabía por qué aquello lo alteraba tanto ¿Quién era ella para hacerle esto? ¿Por qué? ¿Por qué su alma la reclamaba jurando protegerla de todo mal? ¡Mierda! Eso nunca le había sucedido, solamente su espíritu había sentido aquello una vez, con Willians y su familia. A ellos los protegía por el juramento de sus ancestros, por sus entrañas lobunas que confiaban ciegamente, entregándoles todo lo que una bestia por instintos primitivos más profundos que el mismo hombre, aguardaba en su ser.
La protegería se prometió, después de todo ya le había salvado la vida más de una vez. Pero era difícil decidir qué hacer con aquella menuda y enardecida atracción; sentía curiosidad aun cuando no sabría que sería amar un día, si lo llegará a hacer. Desde su infancia asimiló que era diferente, que era la última descendencia de una gran leyenda que debía proteger, así como sus instintos protegían una manada, pocas personas indulgentes a las que él sabía muy bien reconocer. Solo eso, ya estaba acostumbrado a la frialdad de su familia, a excepción de su hermana y su pequeño sobrino, claro. Además de ello, simplemente le bastaba con las calurosas correlaciones que mantenía clandestinamente, de vez en cuando con alguna mujer, que solo se sentía atraída hacia él por su porte, no por lo que era en sí mismo. Así era el mundo, tan distante, lleno de sentimientos vacíos para él, banales, que al final, no construyen nada para su bien, solo apagaban poco a poco su existir. Muy a su pesar, también era un ser humano, por lo que le era imposible caer en tentaciones para saciar el fuego que llevaba dentro.
Todo esto lo mantenía confuso, sabía que el amor podría ser un sentimiento fiel, bondadoso, pero que podría llegar el punto, donde se convertía en un arma de doble filo. ¿Debería dejarse llevar? o sería algo pasajero, después de todo ella se iría algún día y no la volvería a ver jamás o al menos eso creía...
No tenía sentido todo lo que pensaba ¿Por qué cavilar tanto en algo que ni siquiera existía, que solo imaginaba? Ya le bastaba con el peso que llevaba encima buscando aquel asesino incierto, que parecía pacifico en estos momentos; demasiado sospechoso para su gusto.
Y debería estar dudando, él muy pronto se haría sentir...