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Sentí que mis articulaciones se volvían inmóviles. No podía creerme lo que veían mis ojos y mucho menos me creía lo que las vistas causaban en mi cuerpo. No quería, juro que no, pero recorrí su anatomía con la mirada, encontrándome completamente embobado con las curvas de aquella odiosa mujer. Tal y como había temido mi "amigo" me traicionó. El simple hecho de observarla a través de las cámaras de seguridad de la piscinas se convirtió en algo casi desquiciante, y en ese momento, mientras la tenía frente a mí, completamente desnuda, no supe de la manera que debía actuar. ¿Seguía escuchando a la cordura, negándome a caer o... mandaba todo a la mierda y me entregaba a las garras de Ana?
—¿Son cosas mías o el pajarito a despertado de su letargo?—Preguntó burlona, sonriendo descaradamente.
Me habría encantado tener alguna manera de justificarme, tristemente allí solo estábamos ella y yo, por lo que negar que la respuesta de mi cuerpo no la producía Ana fue rápidamente descartada.
Nervioso, como pocas veces lo estaba, me agaché procurando no mirar su desnudez. Recogí la toalla y se la tiré de la peor manera.
—Tapate.
Las cejas casi le tocaban el nacimiento de su pelo rojo y por primera vez pareció desconcertada. Suponía que Ana no acostumbraba a recibir rechazos, solo había que verla, cualquiera caía a sus pies. Pero yo no era cualquiera y me negaba a ceder.
Apretó los dientes y se cubrió, ocultando unas vistas que por mucho que odiara la idea, me gustaban. Me dio la espalda, por lo que entendí que allí terminaba la partida. Le di una rápida ojeada a la parte trasera de su anatomía, que aun cubierta por el suave algodón, se marcaba ligeramente. Virándome me encaminé a la salida, ignorando los gritos de mi cuerpo por que regresara y tomara a la pelirroja como ella deseaba que lo hiciera.
—Puedes decir que no me deseas todas y cada una de las veces que quieras, Alekséi—Oí que decía tras de mí, por lo que me giré, encontrándome a una seria y segura Ana— Pero tanto tú como yo sabemos que mientes.
—Ana...—Intenté corregirla, aun sabiendo que perdía el tiempo, pero ella se adelantó.
—Entiendo porque lo haces. Te has aburrido de relaciones vacías y sexo desconocido. Buscas algo más—Sus palabras me dejaron de piedra. Ella sonrió.—Mira, si me conocieras tan solo un poco sabrías que nunca me rindo cuando quiero algo, y no te voy a mentir; te deseo a ti. Y probablemente desistiría si supiera que no sientes lo mismo, pero tu cuerpo te delata. Así que no me andaré por las ramas; tú quieres encontrar al amor de tu vida y yo te quiero en mi cama, por lo que te propongo algo.
No debía seguir escuchándola. No debía, aún así me crucé de brazos, indicándole que continuara con un movimiento de cabeza.
—El amor no es algo fácil de encontrar, por lo que seguramente, dado a tu especie de promesa, pasarás un largo tiempo sin sexo, por lo que me ofrezco a ser una especie de...—Paró unos segundos, buscando la palabra adecuada y al encontrarla sus ojos me perforaron— bálsamo que alivie tus tensiones.
La miré de hito en hito, sin poderme creer la oferta que me estaba haciendo. Realmente la mujer era obstinada y supe desde aquel momento que no se bajaría del burro. La pregunta era ¿Cuánto podría soportar yo la tentación? Para mi mala suerte no las tenía todas conmigo, la polla me seguía doliendo debido a la soberana erección que la pelirroja despertó, y eso sin contar los meses que llevaba en sequía.
—No espero que me respondas ahora—Continuó—pero piénsalo. Es un buen trato y ambos sabemos que no habrá daños colaterales; ni soy lo que buscas ni me interesan las historias de amor.
Dejándome completamente estupefacto se marchó, menando las caderas de forma sensual, rumbo a las duchas. La idea de seguirla, devorarla bajo el agua, me descolocó, así que hui como un perro con el rabo entre las piernas. Una vez a salvo en mi despacho me dejé caer en el sillón. Tiré del nudo de la corbata, aflojándola, pues sentía que me asfixiaba. Rebusqué entre los cajones del escritorio hasta dar con la petaca plateada que guardaba para casos de emergencia, y ese, sin ninguna duda, lo era. Saboreando el Whisky me apoyé en el respaldo de piel, mirando al techo. Rememoré lo ocurrido hacía escasos minutos y me sorprendí al sentir como las comisuras de mi boca se curvaban. No podía evitarlo; la manera de ser de Ana después de todo me resultaba... extrañamente atrayente a la par que divertida. No se andaba con rodeos, era directa y sincera, lo cual me hacía retractarme de mis acusaciones; no creía que aquella mujer perteneciera a las que solo iban por el dinero. Aunque claramente eso me lo guardaba para mí.
Mi sorpresa se agrandó en el momento que mi cabeza meditó la descarada propuesta. Tentadora. Era sumamente tentadora, al igual que la pelirroja.
Mis ojos bajaron a las cuatro pantallas ubicadas en el escritorio. Las imágenes de seguridad en blanco y negro no me proporcionaron ningún divertimento hasta que minutos más tardes la vi. Tenía la cabeza gacha, el pelo caía hacía delante mientras buscaba algo en su bolso. Dando un clic de ratón la imagen se agrandó. Ojeé las curvas esa vez cubiertas por un ceñido vestido de generoso escote. Sus piernas parecían infinitas gracias a los tacones que llevaba.
Despegué la espalda del sillón, colocando los codos en la mesa para estar más cerca de la pantalla. Ana sacó su móvil y trasteó en el sin tener idea de que yo, como un vulgar mirón, observaba concentrado cada uno de sus movimientos, queriendo descifrarla. Alzó la barbilla, regalándome un plano perfecto de su rostro. Sus ojos se dirigieron directamente a la cámara y una leve sonrisa se formó en los carnosos labios.
No sabía como, pero me había pillado.
El silencio del dúplex, aquella noche, me pareció relajante. Me acomodé en el enorme sillón en forma de L de piel negra, agarré el mando entre una mano mientras la otra me la acercaba a la boca para beber de la cerveza. Pasé los canales de la televisión, hastiado de las misma programación basura de siempre y me detuve al encontrar un programa cómico.
Tres meses atrás habría estado en la planta superior, follándome a una mujer de la que terminaría olvidando su nombre. No quería eso. Ya no. Necesitaba a la mujer. A la única. Y no lo conseguiría saltando de cama en cama. El sexo era efímero, yo buscaba algo para toda una vida. Pero también existía ese pequeño y a la vez gran dilema; Llevaba casi tres mese sin sexo, sin contar alguna que otra recaída, y no estaba siendo nada sencillo. Podía autosatisfacerme todas las veces que quisiera, pero el calentón permanecía ahí, empeorando al tener a la pelirroja cerca. Lo cierto es que no entendía como había aguantando ese día sin lanzarme sobre ella. Al parecer mi autocontrol era superior a lo que pensaba.
Vacié el botellín de cerveza, me puse en pie, apagué la tele y subí a la habitación. En un abrir y cerrar de ojos me deshice de la ropa, tirándola en el cesto al pasar por el. Caminé al baño que quedaba conectado con el dormitorio principal, abrí la ducha y tras comprobar la temperatura me metí entre las paredes de baldosas grises y cristaleras. Traté de no prestar atención a la erección latiente y dolorosa que tenía, pero al pasar las manos jabonosas por mi estomago no pude contenerme. Me sentía como un maldito crío en la pubertad, masturbándose varias veces al día. Agité el puño con furia, maldiciendo por lo bajo. El placentero calambre no tardó en aparecer, subió desde la ingle y se expandió por el resto de mi cuerpo. Una mirada verdosa y burlona apareció en mi cabeza a la vez que llegaba al clímax.
Preferí no darle muchas vueltas a lo ocurrido. Me sequé, me coloqué unos pantalones sueltos y me fui directo a la cama.
Las temperaturas comenzaban a decaer, el cielo nos alertaba de las inminentes lluvias. Bufando, entré en el gimnasio, encontrándome a algún que otro madrugador que aprovechaba las primeras horas de la mañana para el deporte. Con la vista fija en el móvil me dirigí a los silenciosos vestuarios, me quité el traje y me coloqué la ropa deportiva. Elegí el salón de boxeo como comienzo. Suponía que desquitarme con el saco aliviaría la tensión que sentía.
Protegí mis manos, subí la mítica The Final Countdown todo cuanto pude y me planté frente al saco.
We're leaving together
But still it's farewell
And maybe we'll come back
To earth, who can tell
I guess there is no one to blame
We're leaving ground (leaving ground)
Will things ever be the same again
It's the final countdown...
Estamos partiendo juntos,
pero aún así es una despedida,
y quizás volvamos,
a la Tierra, ¿quién sabe?
Supongo que no hay nadie a quien culpar,
estamos dejando el suelo -dejando el suelo-
¿Alguna vez volverán las cosas a ser lo mismo?
Es la última cuenta atrás,
Golpeé sin descanso, moviéndome alrededor del saco, utilizando las combinaciones que tan bien conocía. Llevaba años metido en aquel mundo, y cuanto más pasaba, más me gustaba. El boxeo me ayudaba, me... tranquilizaba. Las horas que pasaba allí, entrenando, eran mi Tranxilium personal. No me detuve, ni siquiera al sentir las gotas de sudor correr por las sienes o la espalda. Era fortalecedor a la vez que agotador.
Oí la puerta de cristal abrirse y al levantar la vista encontré a la dulce y preciosa pelirroja. Alba me sonrió amablemente y yo me apresuré a bajar el volumen de la música.
—No sabía que estaría ocupado—Se excusó, refiriéndose al salón.
—No importa, yo ya he acabado.
Asintió y se acercó a los bancos donde dejó su mochila. Recogí mis partencias, dispuesto a dejarle intimidad, a la vez que preguntaba:
—¿Y William? ¿No te ha acompañado?
Se encogió de hombros con una mueca divertida.
—Se ha ido de pesca con mi padre. No podía rechazar la invitación, aunque dudo que tan siquiera lo hubiera pensando.
Me quedé unos segundos observándola, embebiéndome de su dulzura. Alba, desde el primer momento que se cruzó en mi camino, llamó mi atención. Era todo lo que deseaba; dulce, altruista, inteligente, desinteresada... La pelirroja sería lo más parecido a un ángel que conocería. No tardé en darme cuenta que mis oportunidades con ella eran inexistentes; por mucho que la chica luchaba, supe que amaba a otra persona. Una persona a la que consideraba un hermano.
—Supongo que tendrá que tener al suegro contento.—Comenté burlón.
—Supones bien.—Su sonrisa se agrandó y no tuvo que explicarme el motivo; William.—Oye, Alekséi.
—¿Si?
Se mordió el labio inferior, removiéndose inquieta. Exhaló profundamente y dijo:
—Gracias.
Asentí, sintiéndome extrañamente incomodo. No acostumbraba a recibir agradecimientos todos los días y lo cierto era que esas situaciones me hacían sentir fuera de lugar. Tampoco es que hubiera hecho mucho, simplemente la espoleé a seguir aquello que quería.
—No tienes que darlas—Respondí sin cambiar el tono de voz.
Directamente me fui a los vestuarios, me di una rápida ducha y cambié la ropa deportiva por el formal y oscuro traje. Metí mi cabeza en las numerosas tongas de papeleo pendiente y las horas transcurrieron tan lentas como de costumbre. Al mediodía disfruté de un bistec en solitario. Iba por el postre cuando mi móvil, sobre la mesa, sonó.
—Hola, madre—Saludé en el idioma de niñez.
—Hola, querido. ¿Cómo estás?
Su voz me avisó de que su estado de animo andaba por los suelos. El divorcio parecía poder con mi madre, aunque bien sabía que ella nunca lo reflejaría. Faina se colocaba su mascara y sonreía a todos, viniéndose abajo únicamente en solitario. En eso, ciertamente, me asemejaba con ella.
—Bien, ¿Qué tal tú?
Suspiró agotada, apagando los murmullos lejanos que podía oír.
—Viva, cariño. Pero olvidémonos de mí—Repuso rápidamente, provocándome una pequeña sonrisilla.—¿Cuando me ibas a decir que Will se ha casado?
Puse los ojos en blanco, sabedor de que esa conversación terminaría centrada en mi vida amorosa.
—No me correspondía a mí hacerlo, ni a Dasha.—Ponía la mano en el fuego, por que mi hermana había tardado menos de cinco segundos en llamar a mi madre tras contarle las recientes nupcias de William.
Otro suspiro se oyó, totalmente dramático.
—Sino es por tu hermana no me hubiera enterado nunca. ¿Es que no confías en tu madre, Alekséi?
—Madre, no seas exagerada. Además, probablemente William habría querido contentarlo personalmente.—Traté de justificarme, cuando la realidad es que me negaba a contarle nada, sabiendo como se torcería la charla para acabar hablando de mí.
—Ay, Alekséi.—Se calló unos segundos, supuse que estaría en un bar debido a los sonidos ahogados.—Y... ¿Cuando me darás tú esa buena noticia?
Por primera vez esa pregunta me resultó divertida. Obviamente mi madre, al igual que resto de mi familia, desconocía mis planes. No quería alimentar una esperanza sin tenerlas todas de mi parte.
—Puede que ese momento nunca llegue—Contesté, mordiéndome el labio para no reírme al oír su lamento.
—¡Quiero nietos!
—Dasha también puede dártelos.
Un suspiro más se agregó a la lista, este más largo y exasperado.
—Tú hermana es peor que tú.
En eso no se equivocaba. Mi hermanita le tenía fobia al matrimonio, literalmente. Hacía cuatros años se había prometido con un músico Neoyorquino y el día de la boda lo dejó plantado, provocándole una especie de infarto a nuestro padre y cuatro día de lloros a mi madre. Desde ese instante Dasha juró alejarse de los compromisos, vivía su vida loca.
Por algún motivo que no entendía el rostro de Ana se dibujó en mi cabeza.
—Sus razones tendrá.—La defendí, sintiéndome un tanto hipócrita; por mucho menos crucifiqué a la pelirroja.
Mi madre bufó y de mala gana se despidió, explicándome que tenía una cita con su abogada. Por mi parte acabé el almuerzo, pagué y regresé al gimnasio. Entre las cuatro paredes del despacho encendí la radio, necesitado de una buena dosis musical que me hiciera de entretenimiento mientras revisaba las nuevas altas y bajas, los pagos de los socios y algún que otro currículum. Las horas fueron pasando muy lentamente, los días parecían hacerse infinitos y mis ganas de escaparme se agrandaban. Una canción hizo que detuviera mi tarea, levanté la vista de la carpeta y la dejé fija en la puerta.
Baby I'm preying on you tonight
Hunt you down, eat you alive
Just like animals, animals, like animals
Maybe you think you that can hide
I can smell your scent for miles
Just like animals, animals, like animals
Baby I'm
So what you trying to do to me
It's like we can't stop, we're enemies
But we get along when I'm inside you
You're like a drug that's killing me
I cut you out entirely
But I get so high when I'm inside you
Nena, te voy acechar esta noche
Te voy a cazar, comerte viva
Así como los animales
Tal vez creas que te puedas ocultar
Puedo oler tu aroma a millas
Como lo hacen los animales,
Nena
Qué es lo que intentas hacerme
Es como si no pudiéramos parar, somos enemigos
Pero podemos llevarnos bien, cuando estoy cerca de ti
Eres como una droga que me está matando
Te he cortado por completo
Pero me siento muy bien cuando estoy contigo
Contra todo pronostico las comisuras de mi boca se curvaron. La imagen de Ana desnuda se repetía una y otra vez en mi cabeza, despertando las ansias en mi cuerpo. No quería admitirlo, pero aquel juego, aquel reto que me presentaba la pelirroja me gustaba tanto como el buen Whisky. Me agradaba su arrogancia y su seguridad, me parecían... tentadoras.
Yeah you can start over
You can run free
You can find other fish in the sea
You can pretend it's meant to be
But you can't stay away from me
I can still hear you making that sound
Taking me down, oh, under the ground
You can pretend it was me below
Sí, podemos comenzar desde cero
Puedes correr libremente
Puede encontrar otros peces en el mar
Puedes fingir que esto tenía que suceder
Pero no puedes estar lejos de mí
Todavía puedo oír que haces ruido
Hundirme, oh, hasta lo más profundo de la tierra
Puedes imaginarte que esto me estuvo acabando
Recostándome en el sillón medité su propuesta. Lo más conveniente era rechazarla, o mejor dicho, tan siquiera pensarla, pero mi polla parecía no estar de acuerdo. No sabía si eran los meses de sequía o aquel encanto que tenía la pelirroja lo que me llevaba a querer aceptar su trato. Sabía, o al menos lo presuponía, que si accedía no me arrepentiría. El problema residía en el hecho de que me negaba a darle la razón, ella sabía que la deseaba por la respuesta que vio en mi cuerpo, pero jamás se lo diría con palabras. Eso habría sido entregarle la victoria en bandeja de plata y mi orgullo no me lo permitía. Además, si me acostaba con ella faltaría a mi promesa, lo cual destruiría parte de mi plan; no podía conocer a la mujer de mi vida mientras me estaba follando a otra.
Llegando a la decisión de mantenerme firme, y no anatómicamente hablando, continué con el trabajo. Fue un suplicio, un verdadero infierno, leer y revisar el papeleo con semejante erección. Necesitaba aire, despejarme y conseguir que mi sangre volviera a circular correctamente.
Tomándome unos minutos reordené los documentos en sus correspondientes archivos y tras cerciorarme de que todo se encontraba en su lugar me largué.
La noche se cernía sobre mi cabeza mientras caminaba rumbo al coche. Sin encender la radio conduje por las carretera de Barcelona, maldiciendo el trafico en varias ocasiones. No supe a donde dirigirme y mi casa quedó completamente descartada, por lo que el Valkir fue la opción ganadora. Jordi, como de costumbre, me saludó de forma escueta y abrió la puerta. Natalia fue otro cantar, su sonrisa seductora se instaló en los carnosos labios y a la velocidad de un pestañeo se acercó para atenderme.
—¿Doble?—Preguntó directamente, apoyándose en la barra, dejándome una vista espectacular de sus géneros pechos.
—Mejor trae la botella—Pedí, sacando el móvil para ignorar semejante panorama.
Trasteé en el IPhone, visité mis abandonas redes sociales y casi no me atraganto al ver una petición de amistad de Ana. Antes de confirmarla o denegarla me paseé por su perfil, dando clic sobre sus fotos. Deslicé el dedo, observando cada una de las imágenes hasta que una cautivó todos mis sentidos; salía con dos niños, ninguno miraba al objetivo, estaban tirados en un césped riéndose entre ellos. La pelirroja tenía el pelo esparcido por los yerbajos, su cuerpo era atacado por los dos monstruitos con el rostro brillante de felicidad.
Aquella Ana poco tenía que ver con la que yo conocía.
—Aquí tienes.
Alcé la cabeza a la vez que Natalia ponía el vaso y la botella de Whisky ante mí. Bloqueé el teléfono sin responder la solicitud y llené la copa, vaciándola de un solo trago para nuevamente rellenarla.
—¿Tan mal ha ido el día?—Inquirió la rubia, situándose del mismo modo que escasos minutos atrás.
—Lo malo no es que vaya bien o mal. Lo malo es que no vaya de ningún modo.—Ni siquiera la miré para responder.
—Quizás yo te pueda ayudar a mejorarlo.—Se ofreció, haciéndome levantar la cabeza bruscamente
—Natalia...
Ella se carcajeó, enderezándose.
—Solo era una broma, jefe.—Y sin más regresó a su labor.
No, no era solo un broma, aunque preferí abandonar el tema. Ya tenía suficiente con la pelirroja como para que también se le sumara la rubia.
Seguí bebiendo, distrayéndome con los clientes que iban llegando. Esa noche parecía que la gente tenía ganas de fiesta, pues los camareros cargaban sus bandejas a rebosar de bebidas. No se me pasó por alto las miradas de muchas féminas, algunas se arriesgaban un poco más y se acercaban para hablar, recibiendo monosílabos de mi parte. Unas desistían rápidamente, otras... Dios, ¿tenía que pintarme un cartel en la frente en el que les explicara que no me interesaban?
A las séptima ya me encontraba fuera de mí y cuando una mano se apoyó en mi hombro me giré con la intención de ser el mayor capullo del mundo hasta que me topé con sus ojos.
—Pareces estresado.—Comentó, sonriendo burlonamente.
—¿Qué coño haces tú aquí? ¿Me estás siguiendo?
Ana, ni corta ni perezosa, se echó a reír, sentándose en la butaca de mi derecha. Le hizo una seña al camarero y antes de que este llegara me miró y respondió:
—Más quisiera.
Me guiñó un ojo y giró su rostro para pedir un Martini. Preferí mantenerme calladito, no queriendo echarle más leña a un fuego que creció con tan solo verla, al igual que mi entrepierna. Mi mente, burlándose de mí, me la trajo completamente desnuda. La imagen era nítida, podía ver sus perfectos y más que generosos pechos, los rosados pezones en punta resaltando sobre su pálida piel. El cuerpo de Ana era un especie de carretera de infinitas curvas. No tenía un vientre plano, aunque tampoco es que tuviera barriga. Las piernas estilizadas y largas marcaban el camino al tesoro, aquel pubis completamente depilado del que probablemente muchos habrían disfrutado.
La idea me cayó como un puñetero vaso de agua fría; ¿el por qué?, no lo sé.
Mis ojos la buscaron, encontrándome su mirada divertida en mi persona.
—¿Qué?—Inquirí de malos modos.
Se encogió de hombros y haciendo gala de su descaro dijo:
—Solo pensaba en las excusa que pondrías esta vez para justificar el levantamiento de tu amigo.
Apreté la mandíbula con fuerza. En cada encuentro aquella mujer parecía tener la suerte de su parte, aunque tampoco es que le costara mucho, dado que mi cuerpo reaccionaba ante ella.
Bebí un largo trago, buscando unos segundos que me permitieran pensar una respuesta convincente. Al no encontrar ninguno opté por la verdad.
—Pensaba en ti, desnuda.
Su rostro se desencajó por la sorpresa. Obviamente eso no se lo esperaba. No dejé de mirarla en ningún momento, disfrutando de su falta de palabras.
Punto y mini punto para mí.
El sabor de la victoria duró lo mismo que el latido de un corazón.
—¿Esta es tú manera de decir que me deseas?—Tan siquiera se sonrojó. Ella sabía lo quería y no se cortaba ni un pelo en ir a por ello.
—No.—Di un lento sorbo al Whisky, alargando la curiosidad de la pelirroja que esperaba impaciente a que continuara. Clavé mis ojos en los suyos y sin cambiar la expresión añadí:—No te deseo, pero mi polla piensa distinto.
Esperaba herir su ego, lo único que conseguí fue que se desternillara ante mi narices. Querría decir que el sonido de su risa me resultaba desagradable, pero no. Su risa era un suave cantico de sirenas, el cual no solo me agradó, sino que me encantó.
—¿No me digas que tú polla va por libre?
—Así es.
Los ojos verdes se tornaron demasiado sensuales para mi bien. Bebió del Martini sin quitar la mirada en ningún momento de la mía, y con cuidado depositó la copa sobre la barra. Acercando su rostro al mío, susurró:
—¿Y quien gana la batalla, Alekséi? ¿Tú o tu... amigo?
Quise corregirla y decirle que en ese momento más que mi amigo era mi enemigo, pero sus labios atrajeron toda mi interés cuando pasó la lengua perezosamente por ellos. ¿Cómo es que nunca había reparado en esa boca? Joder. Carnosos y jugosos labios rosados, prometedores de las mil y un delicias, expertos en despertar el animal más salvaje incluso en el alma más sosegada, gemelos del pecado y la lujuria.
Sus comisuras se fueron levantando de forma lenta, convirtiéndose en la sonrisa más peligrosa que jamás había visto.
Y de repente ocurrió lo inevitable; la besé.
Continuará...