XI

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P.O.V Irene

Acabábamos de aterrizar en Jerez. Inés se pasó todo el viaje durmiendo y yo me entretuve escuchando algo de música mientras pensaba en lo surrealista que era todo. A pesar de ello, no podía olvidar que hacíamos ese viaje como amigas ya que era la particular manera que tenía Inés de pedirme perdón. Me había dicho que a ella también le pasaban cosas conmigo pero, al fin y al cabo, tenía demasiado miedo como para que algo pasara entre nosotras.

- Hey, Inés –dije mientras la zarandeaba suavemente- Ya llegamos.

Abrió los ojos poco a poco a la vez que se removía en el asiento. Tenía la parte de atrás del pelo despeinada al haber estado apoyada al respaldar durante todo el viaje. Le caían un par de mechones de pelo por la cara y sus labios estaban entreabiertos. Me parecía lo más bonito del mundo. Durmiendo también.

- ¿Ya? –dijo aún somnolienta.

- Sí, aquí estamos ya así que arriba que no me puedes dejar sola. Me pierdo.

Rio y terminó de desperezarse.


- Sí, aquí tiene. Una habitación con dos camas individuales. Tercera planta, habitación 155.

- Muchas gracias –dijo Inés recogiendo la tarjeta magnética que le entregaba el recepcionista.

Yo estaba a unos metros de la recepción con las maletas y mirando el hotel. Era muy bonito. No era muy grande pero era bastante acogedor.

- Ya la tenemos, vamos.

Cogió su maleta y nos dirigimos al ascensor. Mientras esperábamos se giró hacia a mí.

- Dejamos las maletas y nos vamos que tengo que recoger una cosa.

- Pero si acabamos de llegar, ¿tanto hay que hacer ya?

- No podemos perder tiempo. La feria no dura toda la vida.

El sonido del ascensor nos avisó de que ya estaba en nuestra planta y, como dijo mi guía turística, llegamos a la habitación, dejamos las maletas y salimos del hotel. Subimos en un taxi e Inés le dio una dirección al taxista. Yo me dediqué a mirar por la ventana. Era una ciudad preciosa. Me sentía observada y no me equivoca.

- ¿Qué pasa? –le pregunté.

- Nada, que pareces una niña pequeña. Tienes un brillo especial en los ojos. Me alegra que te guste la ciudad. ¿Es la primera vez que vienes?

- ¿Tanto se me nota? –dije riendo.

- Un poco –se unió a mi risa- Es que tu mirada habla por sí sola.

Hubo unos segundos de silencio en los que meditaba si decir o no decir lo que se me estaba pasando por la mente. Finalmente me lancé a la piscina.

- Tú también tienes un brillo especial –le confesé.

Ella volvió su rostro hacia a mí ya que lo había apartado hacia la ventana. Vi el desconcierto en su cara y continúe hablando.

- Y para ti no es la primera vez en esta ciudad –ahí la llevas.

Nos quedamos mirando fijamente.

- Ya estamos. ¿Por dónde las dejo? –dijo el taxista.

- Aquí mismo –contestó Inés rápidamente.

Entramos por la puerta de lo que parecía una casa. Un pasillo largo se extendía ante nosotras. Iba detrás de Inés, cautelosa. Se giró hacia atrás y me miró.

- Tranquila, que nadie te va a matar –dijo con gracia.

- ¿A dónde vamos?

- A recoger algo, ya te lo he dicho.

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