XV

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P.O.V Inés

Llevábamos más de cinco horas metidos allí dentro eligiendo a la presidenta, vicepresidentes y secretarios de la cámara. No perdía oportunidad para mirar de vez en cuando a Irene, aunque se me complicaba el gesto con todos mis compañeros de partido cerca. No estábamos demasiado lejos, pero a mí me parecía un mundo. No podía dejar de pensar en la comida que tendría lugar en cuestión de una hora. Estaba muerta de nervios y me sentía ridícula por ello.

Empecé a recoger mis carpetas y demás cuando Albert se acercó a mí.

- Vente a tomar algo con los del partido –fue casi un imperativo.

- Tengo planes, Albert –dije mientras seguía guardando cosas en mi bolso.

Por el rabillo del ojo me percaté de que estaba a punto de abrir esa bocaza que tenía para decir algo así que opté por no dejar que lo hiciera.

- Ni te molestes. No pienso decirte con quién ni para qué –me puse el bolso al hombro- Adiós.

Bajé las escaleras del hemiciclo. Al salir de allí me vi a Irene hablando con alguien que supuse que era Noelia ya que no le veía la cara. Irene se percató de mi presencia y levanté la mano acompañándola con una sonrisa en señal de saludo. Ella me sonrió de vuelta y se despidió de su amiga con dos besos.

- Hola –dijo cuando ya estaba delante de mí.

- Buenos días –le respondí sonriendo- O buenas tardes porque ya tengo un hambre... –ambas reímos.

- Respecto a eso... -mi gesto se tornó serio pensando que iba a cancelar el plan de nuevo- No, no –rio al ver mi cara- Vamos a comer, pero primero tengo que pasarme un momento por el despacho. Si quieres te mando la dirección y vas yendo tú.

- Me parece perfecto –sonreí aliviada.

- Nos vemos entonces.

- Hasta después.

Salí del congreso y mi móvil vibró. Era la dirección.


Llegué a la calle del restaurante y lo localicé rápidamente. Parecía muy agradable. No me apetecía esperar dentro sentada sola en una mesa así que opté por entrar a una librería que había justo al lado. Entré y la dependiente me saludó amablemente y yo hice lo propio. Siempre me han encantado las librerías. Su olor y los mundos que en ella se esconden.

Vislumbré a lo lejos la sección de economía. Me acerqué a ella despacio como si me fuesen a pillar haciendo algo malo. Empecé a leer los títulos de los libros hasta que di con el autor que buscaba. Lo cogí, pero antes me aseguré de mirar a todos lados para comprobar que no había nadie cerca. Abrí el libro después de un rato inspeccionándolo. Empecé a leer.

- La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista... –me sobresalté al escuchar la voz detrás de mí y el libro cayó al suelo.

Me giré y vi como Irene se agachaba a recoger el libro que había estado en mis manos segundos antes. Mi mano derecha permanecía en mi pecho fruto del susto.

- Vaya, vaya. ¿Qué hacías tú leyendo a Marx? –preguntó con una sonrisa juguetona mientras sujetaba el libro a la altura de mi cara

- Na... nada –dije intentado quitárselo en vano ya que lo echó hacia atrás unos centímetros.

- ¿Segura?

- Sí. No. O sea, solo era por curiosidad –dije poniéndome lo más seria que podía.

- Ya, claro. Y que al enemigo hay que conocerlo desde dentro, ¿verdad? –preguntó levantando una ceja.

- Efectivamente. ¿Puedes devolverme ya eso? –le pregunté cruzando mis brazos.

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