XVI

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P.O.V Irene

- ¿Cómo que rechazado? –me preguntó Inés.

- Sí, rechazado. Pensé que te alegrarías más por la parte que te toca –reí para aliviar un poco el ambiente.

- No seas imbécil, Irene. ¿Por qué? ¿Es por los pequeños?

- ¿Por los gordos? Qué va. Mi vida sería más difícil, es cierto, pero sacaría las horas de cualquier lado. No es por eso.

- ¿¡Entonces por qué!? –dijo levantándose exasperada.

La imité y las dos nos quedamos de pie. Frente a frente.

- Relájate, Inés. Parece que eres tú la afectada directa de todo esto.

- ¡No! –dijo alzando el tono- O sea, no es eso –volvió a normalizarlo- Es que eres la más válida para estar al frente del partido. Seguiréis diciendo las mismas barbaridades, pero las diréis de la mejor manera.

Acorté la distancia entre nosotras sabiendo que me jugaba mucho.

- ¿En serio piensas eso? –le pregunté mientras mi mirada viajaba de sus ojos a sus labios.

Vi cómo se los humedecía con su lengua y asentía mientras tragaba con dificultad.

- Voy a la cocina. ¿Quieres algo?

Pasó por mi lado dejándome apreciar el aroma floral que desprendía lo cual relacioné con un cambio de perfume. No era el de siempre. Pero le quedaba igual de bien.

Agaché la cabeza y me mordí el labio. La misma táctica de hacía meses. La cocina.

- No, gracias –le respondí- Ahora sí que voy a tenerme que irme. Los gordos están con mi madre y tengo que ir a recogerlos.

- Vale –me dijo ella volviendo al salón.

Cogí mis cosas y nos acercamos para despedirnos con un beso en la mejilla. Un beso que duro mucho más de lo que dura uno de esos. Mis labios rozaron ligeramente su cachete y noté como se me erizaba cada centímetro de piel.

- Hasta mañana, Inés.

- Adiós –me dijo mientras ya estaba cerrando la puerta de su casa.



Golpeé con los nudillos en la puerta de casa de mi madre. No sabía si los pequeños dormían y no quería despertarlos. Mi madre no tardó mucho en abrir.

- Hola, cariño –me saludó con dos besos.

- Hola, mamá. ¿Cómo estás?

- Bien. Se han portado como los dos angelitos que son.

- ¿No te han dado mucho la lata? –dije riendo y lanzándome en el sofá.

- Para nada. De hecho, aún duermen desde la siesta.

- ¡Madre mía, mamá! ¡Que no me van a dormir cuando lleguemos a casa! –dije tapándome la cara con las manos pensando en la noche tan larga que me esperaba.

- Pues no te los lleves. Quédate aquí tú también. Tienes algo de ropa de cuando Pablo y tú os separasteis y te viniste unos días.

Miré a mi madre dudosa. Vi sus ojos y como me suplicaba con las manos juntas debajo de su barbilla. Solo pude reírme.

- Está bien...Me quedaré.

- ¡Genial! ¿Tienes hambre?

- No, no... ¿Mamá? –llamé su atención al ver que no me miraba a los ojos- ¿Qué pasa?

- Tienes una mancha –me dijo.

- ¿Dónde? –le pregunté.

- Ahí –dijo señalando con su dedo mi mejilla- De carmín.

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