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P.O.V Irene

Acababa de subir al coche que me llevaría de camino al debate de Salvados con Inés Arrimadas. De ella sabía más bien poco. Era contundente, buena en su trabajo, de derechas y una de mis rivales políticas. Aun así, me suscitaba una curiosidad especial. Quizá por lo que había dejado ver en sus apariciones en público o no sé.

En cuanto bajamos yo y mi asesora de aquel coche y entramos a los estudios nos dijeron que Inés ya había llegado así que lo primero que hice fue ir a saludarla.

- Hola, Inés –dije desde la puerta alegre para luego entrar.

- ¡Hola! –dejaron de maquillarla y se levantó para darnos dos besos- ¿Qué tal estás? ¿Cómo están los niños?

- Bien. Muy bien. Luego te enseño una foto.

Me senté y empezaron a maquillarme a mí. "¿Cómo están los niños?" Esa frase se repetía en bucle en mi cabeza. Era una tontería, lo sé. Probablemente solo intentaba ser educada, pero yo no lo recibí de esa manera. No sentía que fuese esa la intención con la que lo había preguntado.

El debate finalizó. Tuvimos nuestros encontronazos y nuestras coincidencias. Muchas de las cosas que dijo me sorprendieron sinceramente. Creo que, al fin y al cabo, todas las personas estamos atadas a unos estereotipos que son muy difíciles de obviar y que, en cuanto nos sacan de ellos, todo nos asombra más.

- Irene, ¿te acompaño al hotel? –me dijo mi asesora.

- No es necesario. Ve ya para casa. Yo me las apaño, pero muchísimas gracias.

Ya estaba fuera de los estudios esperando un taxi cuando salió Inés, sola.

- Vaya, ¿te han dejado tirada podemita?

"¿Podemita?" Sabía que esa mujer era muy macarra cuando quería y no me molestó para nada que me llamase de esa manera. Lo encontré agradable incluso. Sonreí para responder a su pregunta.

- Siento decirte que no. Aunque sé que te hubiese alegrado.

- No digas eso, Irene. Me caes bien. De hecho, venía a hacerte una proposición.

- ¿Política?

- Eso jamás –ambas reímos- Más bien, de relax. ¿Te vienes a tomar algo?

Mi mente se detuvo unos segundos ante esa petición. ¿Yo? ¿Tomar algo? ¿Con ella? ¿Por Barcelona? Eran miles de preguntas en un segundo de las cuales no le formule ni una.

- ¿Quiénes?

- Espera a ver –miro a los lados un par de veces y luego se miró a sí misma hacia abajo- Anda mira, pero si solo estoy yo. ¿Con quién va a ser?

Reí antes su ocurrencia.

- ¿Pero me vas a contestar ya o cuando gobierne tu partido? Véase nunca.

Volví a reír ante su ocurrencia. La verdad que estaba cansada y un momento de desconexión no me vendría mal. Aunque fuese con Arrimadas.

- ¿Y a dónde dices que me vas a llevar?

- Así me gusta –sonrió.

Después de seguirla hasta su coche, entramos en él y se puso el cinturón de seguridad para, acto seguido, mirarme con una sonrisa.

- Y bien, ¿a dónde vamos?

- No lo sé. Es usted la que reside en estas tierras -le dije bromeando.

Sonrió y arrancó. No sabía a dónde me iba a llevar pero la realidad es que me daba igual. Únicamente quería desconectar. Mi vida estaba dando muchos giros últimamente y solo necesitaba la compañía de alguien que estuviese alejado de mi entorno y me diese una buena conversación e Inés Arrimadas parecía reunir todas las características.

Después de dejar el coche en un parking estuvimos andando un rato hasta que llegamos a un pub que me pareció mágico.

- ¿Te gusta? –me preguntó con una sonrisa en su cara.

Tenía una sonrisa preciosa. Además, se le achinaban los ojos y tenían un brillo especial.

- Es una maravilla –dije mientras miraba hacia todos lados.

- Vamos a sentarnos –me dijo a la vez que apoyó su mano derecha en la parte baja de mi espalda para guiarme hasta la mesa.

Sentí un escalofrío en aquel momento. Supuse que sería por el contacto, que no me lo esperaba. Tomamos sitio y pedimos dos cañas. Nos la sirvió una camarera que, por la cara que puso al vernos entrar, Inés y yo deducimos que nos había reconocido.

- Esperemos que no llame a la prensa para vender la exclusiva. "Inés Arrimadas e Irene Montero de copas por Barcelona" –ambas reímos.

- ¿Tan terrible sería?

- ¿Estar de copas contigo? Por ahora no tengo ninguna queja, aunque llevamos poco rato.

Reí porque sabía perfectamente a qué me refería, pero prefirió contestar con su humor que, he de reconocer, que me gustaba mucho.

- No digo eso, sino que saliera por ahí que tú y yo somos amigas.

- ¿Pero somos amigas? –preguntó, pero con un tono mucho más sincero, menos cómico.

- No lo sé. ¿Lo somos? –le respondí con otra pregunta.

- ¿Te gustaría?

El tono de nuestras voces había reducido el volumen. Estábamos en un sofá sentadas y, sin darnos cuenta, cada vez nos arrebatábamos más espacio personal la una a la otra.

- ¿Querrías tú ser amiga de una roja? –le pregunté yo.

- ¿Y tú de una facha?

Creo que eran unos cuarenta centímetros la distancia que separaba nuestros rostros. Nos quedamos observándonos, en silencio. Sus ojos brillaban con la luz del local o quizá brillaban por algo más. Su labial ya no era tan intenso como cuando llegamos debido a la cerveza. Una de sus manos agarraba la caña y la otra descansaba en su muslo. Eran delicadas y parecían suaves. Tenía dos lunares; uno en el cuello y otro bajo la barbilla.

Ella suspiró y corto la mirada.

- Supongo que cosas más raras se han visto, ¿verdad? –dijo para luego darle un buche a su cerveza.

Yo la miré unos segundos mientras lo hacía y luego hice lo propio con la mía.

Cosas más raras se han visto, dice. Que me lo diga a mí.

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