VI

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P.O.V Inés

Allí estábamos. En el sofá de la casa de Irene después de haber pasado la noche juntas. Solo dormir. Pero que buen dormir.

Ambas estábamos sentadas de lado, mirándonos fijamente y con nuestro brazo derecho reposando sobre el respaldar de este.

No podía evitar sonreír. No sabía que me estaba pasando. Irene acariciaba mi rostro de vez en cuando, otras veces jugábamos con nuestras manos. El silencio no era incómodo. Era nuestro.

- ¿Te sientes bien? –me preguntó de pronto Irene.

- Muy bien –le respondí sin necesidad de pensar.

Me sonrió. Cada vez que lo hacía se me formaba un nudo por dentro que me llevaba a sentir que tenía 20 años menos.

- Irene –me atreví a decir mientras nuestras manos jugaban- Puede parecer que soy una chapada a la antigua pero estar con una mujer es nuevo para mí y...

- Inés –me interrumpió con una sonrisa compresiva- Te lo dije antes y te lo diré ahora. No vamos a hacer nada que no quieras hacer. Yo quiero estar bien y que tú lo estés. Además, entiendo perfectamente que da miedo.

- Mucho. Pero no quiero que salga mal.

Yo no reparé en el trasfondo que podían tener mis palabras pero ella, como buena psicóloga, sí que lo hizo.

- ¿Por qué te preocupa que salga mal? –me preguntó.

Me mantuve unos segundos callada. No estaba pensando. Sabía la respuesta. Estaba esperando a que llegase le coraje para decirlo e Irene me dio todo el que necesitaba con sus ojos.

- Porque nunca antes me había sentido así.

Esperé que no me preguntase cómo me sentía porque entonces iba a entrar en pánico. Sin embargo, se le notaba la profesionalidad y no dijo nada más. Se acercó y me dio un beso. Corto pero intenso.

- Yo no quiero ser yo la aguafiestas –me dijo Irene- Porque, claramente, ese es tu rol pero estamos en plena campaña y deberíamos trabajar.

Sonreí y le respondí que sí. Llevábamos un rato sentadas en su mesa de comedor. Nuestras agendas estaban encima de esta junto con varios papeles y los bolígrafos. También teníamos los ordenadores, pero, sin lugar a duda, las protagonistas de aquella mesa eran nuestras miradas. A veces levantaba la vista para mirarla y le pillaba a ella también mirándome. Sonreíamos y volvíamos a lo nuestro.

Irene soltó el bolígrafo y se estiró en la silla. No quería perderme ninguno de los gestos que hacía. Me fijé en cómo se levantaba y se ponía detrás de mí. Puso sus brazos sobre mis hombros e hizo un sonidito cerca de mi oído. Reí bajito al igual que ella. Apartó mi pelo y dejo un beso en mi cuello. Se me erizó hasta el último vello del cuerpo.

- Guapa –susurró después en mi oído.

Giré la cara para mirarla y nos encontré a las dos sonriendo.

- Tú –por primera vez fui yo la que le di el beso.

Al apartarnos aún mantenía sus ojos cerrados y sonreí. Suspiró y abrió los ojos. Me dejó un beso en la frente antes de incorporarse del todo.

- ¿Quieres tomar algo? –me preguntó- Llevamos aquí un buen rato.

- Lo que quieras.

Escuché como una llamada entraba en mi móvil. Estaba en la barra de la cocina.

- Te lo traigo –dijo Irene yendo a por él.

Salvo la distancia de escasos metros y al verlo esbozó una sonrisa que me pareció bastante cínica.

- Anda, mira. Naranjito –me dijo mientras lo cogía.

- ¿Quién? –pregunté desconcertada.

Giro el móvil para que lo viese. Leí el nombre de Albert en la pantalla. No pude evitar poner los ojos en blanco cuando ya tenía el móvil en las manos.

- Cuanta emoción –dijo Irene al ver mi reacción.

- No te imaginas cuanta –le respondí y, acto seguido, descolgué- Dime.

Albert me estaba haciendo un interrogatorio en toda regla al que no estaba dispuesta a responder.

- Albert para. –vi como Irene me miraba curiosa mientras abría dos cervezas y ponía unas aceitunas- No te interesa ni dónde, ni con quién. Lo único que debe preocuparte es que estoy trabajando. Ah, otra cosa, como sigas así, vamos a tener problemas.

Colgué inmediatamente y solté el teléfono en la mesa. Bajé la cabeza y las apoyé en mis manos. Irene dejó las cosas en la mesa y se puso detrás de mí. Puso sus manos en mis hombros y empezó a apretar suavemente.

- ¿Quieres hablar? –me dijo en un tono suave.

- Estoy cansada de él y del partido.

Dejo su tarea en mis hombros y empezó a jugar con las ondas de mi pelo.

- ¿Has pensado en dejarlo?

- No. Esto es mi vida. No sabría qué otra cosa hacer ahora mismo si no es esto.

- Te entiendo perfectamente. ¿Puedo contarte algo?

Asentí mientras seguía dejándome hacer. Cerré los ojos para disfrutar del relax que me producía que me tocase el pelo.

- En la próxima campaña será mi cara la de los carteles.

Abrí los ojos y me di la vuelta. Ella se echó para atrás dejándome hueco para levantarme y así lo hice.

- ¿Quieres decir que...?

- Exacto –sonrió con un atisbo de incertidumbre que supuse que se debería a que no sabía cuál sería mi reacción.

Me levanté y la abracé. Me alegraba mucho por ella pero también tenía miedo. Cuatro años. ¿Qué sería de nosotras de aquí a cuatro años?

- Gracias, Inés. De verdad –me dijo con una sonrisa- Eres la única que lo sabe a excepción de algunas personas del partido. Muchos de ellos ni lo saben aún.

-Soy una tumba. No diré ni mu.

Nos quedamos mirando sin decir nada. Ella retiró mi pelo y lo colocó detrás de las orejas. Dejó sus manos en mis mejillas mientras sonreía.

- Eres guapísima.

Me puse roja. Muy roja. Notaba mis mejillas arder y sentía un cosquilleo por todos lados.

- Tú también. Preciosa.

No mentía. Me pareció una mujer increíble desde el primer día. Sin embargo, nunca imaginé que acabaría diciéndoselo a centímetros de su boca. La puerta nos sacó de nuestra nube. Irene se dio la vuelta para abrir pero agarré su muñeca y la atraje hacia a mí para dejarle un beso en sus labios. Reímos y fui abrir.

- ¿Qué coño estáis haciendo? –escuché decir a una voz muy familiar. No podía ser.

Vi como Irene era empujada con la fuerza justa para apartarla de la puerta.

- ¿Qué mierda estás haciendo con esta tía? –dijo gritando.

- Lárgate de mi casa ahora mismo –dijo Irene muy enfadada a su espalda.

Di dos pasos y me puse a centímetros de él. Me sacaba dos cabezas pero no me intimidaba.

- Albert. Lárgate.

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