Capítulo 53

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Los siguientes días estuvieron llenos de diversión. La vida en el mar definitivamente era más sabrosa. Disfrutamos del sol y del mar muchas veces más, paseando por la playa, bañándonos en esas aguas tan claras o simplemente pasando el rato, llenando nuestro cuerpo de vitamina D. Conseguí un perfecto bronceado gracias a pasar el tiempo en el mar.

En uno de esos días Alex consiguió un yate pequeño que nos paseó por la costa, estando en el mar decidimos nadar. Daba un poco de miedo porque era muy profundo, nuestros pies no podía tocar nada por debajo, sólo había agua y más agua.

Después Alex pudo arreglarnos una visita a los delfines, fue un momento tan lindo y un detalle muy especial de su parte. Creo que tuvo que pagar más para que fuera un encuentro privado. Estando con los delfines sentí que cumplía uno de mis más grande sueños, jugamos con ellos, nadamos y hasta nos dieron besos. Esos animales eran increíbles, sobre todo por su inteligencia. Fue una experiencia inolvidable.

Me estuve comunicando con mis padres a través de correos, mandándoles fotos y videos de todas las cosas que podía tomar. Alex también tomaba su tiempo para llamar a su padre y su abuela, quienes lo interrogaron con infinidad de preguntas sobre lo que habíamos estado haciendo.

El viaje se estaba acabando, me habían parecido eternos esos días y no quería irme. Sería difícil levantarse y no ver el mar, ni escuchar las olas ni oler la sal. Iba a extrañar ese mágico lugar.

El último día Alex y yo pudimos sentir los estragos de la comida mexicana, pues nuestros estómagos no fueron tan resistentes como creíamos a las cosas picantes. En ese momento me arrepentía de haber comido tanto pero no podía irme sin perderme esos deliciosos manjares.

Ambos nos encontrábamos en la cama, sobándonos las barrigas y riéndonos mucho cada vez que alguien tenía que levantarse al baño. Mi recomendación de llevar un botiquín de emergencias había sido útil después de todo. Y aunque a mí también me dolía la barriga hice un esfuerzo para cuidar a Alex, pues se quejaba mucho, aunque la parte de ser su "doctora personal" me encantaba. Quería cuidar de él siempre, enfermo y no enfermo. Cuando nos sentimos mejor fuimos a la playa y nos sentamos a la orilla del mar, disfrutando de los últimos rayos del sol de aquél día, el último día. Quería llorar pues no quería despedirme de ese lugar.

Guardamos silencio, mientras nuestras manos estaban entrelazadas y el único sonido que había era el del mar. El viento soplaba y jugaba con nuestros cabellos. Habían sido días maravillosos.

—Dime que me comprarás una casa en la playa — rompí el silencio y lo miré.

Me miró  sonriente, depositó un casto beso en mis labios y peinó uno de los mechones de cabello detrás de mí oreja.

—Te compraré una casa en la playa. Aquí mismo si es que quieres.

—¿Sí?

—Por supuesto, también estoy enamorado de este lugar. Pero no más de lo que estoy enamorado de ti — pasó un brazo sobre mis hombros.

Lo miré mientras me mordía el labio. La imagen delante de mí era preciosa, Alex a la luz del atardecer, sus ojos como destellos azules y su sonrisa blanca iluminando aún más todo. No podía creer que él era mío.

—Te amo — susurré pegando mi frente con su barbilla.

Él tomó mi cara en sus manos, besó mi frente y luego elevó mi rostro para poder mirarme a los ojos.

—Te amo.

Un suspiro se me escapó y él sonrió. Luego nos besamos y como en cada beso que él me daba me volví loca. Su sabor, sus caricias, su aliento, todo era tan perfecto.

Little bit of medicine, little bit of love. [Disponible en Físico]Where stories live. Discover now