Record of Ragnarok: Blood of...

Von BOVerso

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Los diez milenios de existencia de la humanidad estarían por terminar por la mano de sus propios creadores. ... Mehr

ꜰᴀʙᴜʟᴀ ᴍᴀɢɴᴜᴍ ᴀᴅ ᴇɪɴʜᴇɴᴊᴀʀ
ӨBΣЯƬЦЯΛ
Harā'ēkō Bud'dha
Buddh Aur Daakinee
Taantrik Nrty
Tur Arv Valkyriene
bauddh sapane
Vakning einherjar
Yātrākō antya
Interludios: El Presidente, la Princesa y el Jaguar
Interludios: Los Torneos Pandemonicos
Interludios: Los Reclutadores y los Nipones
Libro Uno: Los Viajes de Uitstli
Ayauhcalli Ocelotl
Quezqui Acalpatiotl
Tlachinolli teuatl
Kuauchili Anxeli
Amatlakuiloli Mapachtlan
Teocuitla coronatia
Yaocihuatl
Olinki Yaoyotl
Huey Tlatoani
Motlalihtoc Miquilistli (Ajachi 1)
Motlalihtoc Miquilistli (Ajachi 2)
Motlalihtoc Miquilistli (Ajachi 3)
Motlalihtoc Miquilistli (Ajachi 4)
Interludios: La Reina, el Semidiós y los Reclutadores
Huallaliztli Yehhuatl Teotl
Yaoyotl Ueytlalpan (Ajach 1)
Inin Ahtle To tlamilistli
Maquixtiloca Teótl Innan (Ajachi 1)
Maquixtiloca Teótl Innan (Ajachi 2)
Etztli To Etztli (Ajach 1)
Etztli To Etztli (Ajach 2)
Cocoliztli Neltiliztli (Ajachi 1)
Cocoliztli Neltiliztli (Ajachi 2)
Ilhuitl Onaqui Cuauhtli Ahmo Inin (Ajach 1)
Ilhuitl Onaqui Cuauhtli Ahmo In in (Ajach 2)
𝕽𝖆𝖌𝖓𝖆𝖗𝖔𝖐-𝖙𝖚𝖗𝖓𝖊𝖗𝖎𝖓𝖌: 𝕱ø𝖗𝖘𝖙𝖊 𝖗𝖚𝖓𝖉𝖊
𝕽𝖆𝖌𝖓𝖆𝖗𝖔𝖐-𝖙𝖚𝖗𝖓𝖊𝖗𝖎𝖓𝖌: 𝕯𝖊𝖓 𝖆𝖟𝖙𝖊𝖐𝖎𝖘𝖐𝖊 𝖇ø𝖉𝖉𝖊𝖑𝖊𝖓 𝖔𝖌 𝖉𝖊𝖓 𝖘𝖛𝖆𝖗𝖙𝖊 𝖏𝖆𝖌𝖚𝖆𝖗𝖊𝖓
𝕽𝖆𝖌𝖓𝖆𝖗𝖔𝖐-𝖙𝖚𝖗𝖓𝖊𝖗𝖎𝖓𝖌: 𝖆𝖟𝖙𝖊𝖐𝖎𝖘𝖐𝖊 𝖚𝖙𝖓𝖞𝖙𝖙𝖊𝖑𝖘𝖊𝖗
𝕽𝖆𝖌𝖓𝖆𝖗𝖔𝖐-𝖙𝖚𝖗𝖓𝖊𝖗𝖎𝖓𝖌: 𝕭𝖑𝖔𝖉𝖘𝖚𝖙𝖌𝖞𝖙𝖊𝖑𝖘𝖊
𝕽𝖆𝖌𝖓𝖆𝖗𝖔𝖐-𝖙𝖚𝖗𝖓𝖊𝖗𝖎𝖓𝖌: 𝖍𝖊𝖑𝖛𝖊𝖙𝖊 𝖐𝖔𝖒𝖒𝖊𝖗 𝖋𝖔𝖗 𝖔𝖘𝖘
𝕽𝖆𝖌𝖓𝖆𝖗𝖔𝖐-𝖙𝖚𝖗𝖓𝖊𝖗𝖎𝖓𝖌: 𝖙𝖎𝖉𝖊𝖓𝖊𝖘 𝖘𝖙ø𝖗𝖘𝖙𝖊 𝖗𝖆𝖓
Tlatzompan Tlatocayotl
Libro Dos: La Pandilla de la Argentina
Capítulo 1: Los Vigilantes
Capítulo 2: Los Mafiosos
Capítulo 3: Cuatro Días Perdidos
Capítulo 4: Renacidos Sin Cobardía.
Capítulo 5: Pasar Página
Capítulo 6: Bajo la mirilla
Capítulo 7: Adiós, Sarajevo
Interludios: Academia de Magos y Hielo de Gigantes
Interludios: El Flash de Helio
Interludios: La Maldición del Hielo Primordial
Capítulo 8: Economista... Pero, en esencia, Moralista.
Capítulo 9: Nueva vida, nuevos desafíos, nuevos enemigos.

Yaoyotl Ueytlalpan (Ajach 2)

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Von BOVerso

GUERRA CONTINENTAL (Parte I)

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Embajada de la Multinacional

Queztalcóatl había dicho que solo participarían los miembros originales de los Manahui Tepiliztli; por motivos que Randgriz desconocía, él no la contaba ni a ella ni a Yaotecatl para la misión. Eso le hizo enarcar mucho las cejas y cuestionarse el por qué de esta decisión, a sabiendas que, entre menos tiempo gaste con Uitstli, más deteriorado sería el Völundr una vez llegado el Torneo del Ragnarök.

La Valquiria Real se encaminó por los pasillos del segundo piso del edificio, dirigiéndose hacia el balcón donde los aztecas le dijeron que encontraría al Dios Azteca. A lo lejos pudo verlo, apoyando las manos sobre el balaustre y oteando con una mirada apasionada la ciudad de Mecapatli. Nada más poner un pie sobre el balcón, Randgriz sintió el pesadumbroso ambiente que imponía la presencia de Quetzal. Pesada... pero luego de que el Dios Azteca se dio la vuelta y le dedicó una sonrisa afable con los brazos abiertos, esa tensión se desvaneció.

—¡Señorita Randgriz! —exclamó Quetzal. Señaló la mesita con una mano— ¿Tomamos asiento?

—Sí, por qué no —dijo Randgriz, haciendo a un lado la silla y sentándose sobre ella. Quetzalcóatl hizo lo mismo, acomodándose con las piernas cruzadas.

—Ah, como son de impresionantes las vistas desde acá —confesó Quetzalcóatl, girando la cabeza hacia la izquierda y viendo por los resquicios del parapeto la ciudad—. Igual que cuando vuelo a cientos de metros en el aire —chasqueó los labios, sin parar de sonreír—. Los aztecas han hecho una maravilla construyendo todo esto.

—Ya lo creo —dijo Randgriz, asintiendo con la cabeza.

—Yo antes quería ser fotógrafo, ¿sabes? —Quetzal señaló a Randgriz con un dedo—. Aún sigo queriendo ser fotógrafo, de hecho. Pero Omecíhuatl... —ladeó la cabeza— siempre se me puso en el camino. Destruyendo mis cuartos de polaroid, mis cámaras, mis anotaciones... Según ella, lo considera una actividad de los Miquini que nosotros no deberíamos replicar.

—Lamento mucho eso —Randgriz hizo una reverencia, y después lo miró con ojo analítico—. Veo que también tienes aspiraciones.

—¡Por supuesto que las tengo! —Quetzal cerró sus puños y estremeció los brazos en un acto de angustia— Y nada de motivaciones ambiciosas como los de ella de querer dominar el chingado mundo o algo así. Yo soy de sueños más humildes... —empezó a enumerar con los dedos— Ser fotógrafo, ser un chef, ser un escultor, ser un no sé, un orador o un poeta. Eso siempre me lo recriminó Omecíhuatl. Siempre me hizo menos por tener más actitud de "humano" que de "deidad".

—Y como resultado, los aztecas te adoran más a ti que a ella —Randgriz sonrió, divertida. Eso hizo que Quetzal sonriera también y carcajeara un poco.

—¡Así es! Es por eso que viste muchas estatuas de mí y de mi hermana Tócih por toda esta Región —Quetzal describió un amplio semicírculo con una mano—. Y ahora que estoy con ustedes, finalmente puedo ser libre y hacer lo que quiera. Y una de esas primeras cosas es... —sonrió de forma bobalicona— exacto, darle su merecido a Omecíhuatl en todos los ámbitos. En especial el Torneo del Ragnarök.

—Si es así... —Randgriz se inclinó hacia delante y ensombreció su cara— ¿Por qué no me dejas ir con Uitstli a Mexcaltitán? —posó una mano sobre la otra y apretó los labios. Quetzal se quedó mudo y sin aliento— El Dios Azteca que la gente me describió cuando llegue aquí era uno muy abierto de mente, que siempre escucha las opiniones de los demás y que no era tan autoritario como Omecíhuatl. No quiero creer que solo le haces caso a su gente... —hizo una breve pausa. El silencio que precedió construyó un muro de hielo que volvió más rígido el ambiente— Si tú eres ese Dios Azteca, y quieres que Uitstli venza a Omecíhuatl en el Ragnarök, entonces deberías dejarme estar a su lado.

Todo el ambiente carismático y despreocupado fue borrado en un santiamén, siendo devuelto al status quo de tensión, con ahora Quetzalcóatl siendo consciente del peso de su presencia. La deidad azteca endureció su semblante, y Randgriz sintió un escalofrío al ver como su cara, antes sonriente, pasaba a convertirse en una mueca de severidad gélida, abismalmente distinta a su faceta jovial y que lo convirtió en un dios totalmente diferente.

—No creo que sea necesario eso, señorita Randgriz —admitió, su tono de voz sonando más profunda y autoritaria. Randgriz agrandó las pupilas y se echó un poco para atrás— Yo no te considero una semidiosa con prudencia para las situaciones extremas.

—No... entiendo —farfulló Randgriz, ladeando la cabeza, el rostro confuso— ¿P-por qué?

—Por supuesto que no entiendes —dijo Quetzal, las cejas alzadas, la mirada penetrante—. Brunhilde te ha designado como una guardiana toda tu vida, jamás como una guerrera que controla sus sentimientos y actúa con raciocinio, no con pasión. Tú... tienes un juicio muy nublado. Y yo no puedo trabajar con personas con poco juicio.

—¿De dónde saca usted todas estas conclusiones? —Randgriz entrecerró los ojos, no pudiendo evitar sentirse blasfemada— No puede prejuzgarme así. Usted no me conoce en profundidad.

—Mucho menos Uitstli... ¿no?

Randgriz se quedó boquiabierta, y su silencio fue la respuesta que necesito Quetzalcóatl para sonreír y afirmar con la cabeza.

—Exceptuando la Segunda Tribulación y el asalto a la Conferencia de Udr —Quetzal negó con la cabeza— tú... has tenido muy poca vida como guerrera activa. Las pocas batallas en las que participaste te dejaron traumas, ¿cierto? —Quetzal hizo una pausa. Randgriz ensombreció su rostro, y su flequillo cubrió sus ojos—. Trastornos que hasta el día de hoy te siguen persiguiendo, y evitan que desarrolles por completo tus habilidades.

—Ese factor... no me detiene... —la Valquiria Real empezó a sentirse avergonzada de sí misma. Se agarró y arrugó la falda con puños impotentes.

—Uitstli y el resto de los Manahui tuvieron muchísima más vida como guerreros que tú —Quetzal se cruzó las piernas—. Pero digamos que sí te dejo ir con Uitstli y los demás. ¿Qué me garantiza que puedas hacer esta misión? ¿Cómo podrás acercarte a él... siendo que Uitstli se aleja de él?

Randgriz permaneció en silencio. Se inclinó hacia delante y alzó la cabeza, sus ojos brillando bajo su flequillo bermellón. Una mirada determinante que se ganó la atención y el respeto de Quetzal.

—Porque él es mi Legendarium —gruñó la Valquiria Real—. Porque fue asignado a mí por Su Majestad, y yo cumpliré su orden.

—Y ahí está de nuevo —Quetzal hizo un ademán con la mano y se golpeó la rodilla. Sonrió con ironía acida, y la sonrisa que esbozó devolvió su aura de carisma, pero entremezclada con su actitud calculadora. La deidad se reincorporó de la silla—. Lo siento, Randgriz, pero no permitiré que vayas con los Manahui a Mexcaltitán.

—Pero, ¡¿por qué?! —balbuceó Randgriz, volviéndose hacia él. Quetzalcóatl se detuvo en secó, y la miró de reojo— ¿Cuándo podré ir con ellos entonces?

Quetzalcóatl posó una mano sobre su hombro, y la leve presión que ejerció sobre ella hizo sentir a Randgriz pequeña en comparación al Dios Azteca.

—Cuando dejes de pensar en tu cercanía con Uitstli como una misión... y lo tomes como un acto de amor autentico.

Y se retiró del balcón con las manos en los bolsillos de su pantalón, dejando tras de sí a una pensativa y confusa Randgriz.

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|◁ II ▷|

Ciénaga de La Acuarela

El brumazón recubría toda la superficie lejana y montañosa del gigantesco claro pantanoso que servía como plaza natural para el fortín de Tlapoxichecatl. Era tan densa la neblina que no fue sino hasta unos metros dentro del lodazal que tanto Tlacuaches como Pretorianos... repararon en los cadáveres que estaban hundidos en el fango, como moscas ahogadas en un charco de agua sucia.

Eran cuerpos de Tlacuaches, tanto los de apariencia humana como los nahuales mapaches. Se contaban por varios de ellos, marcando un macabro camino que seguía en línea recta hacia el lúgubre fortín. El hedor putrefacto del fango, de mierda y de agua estancada se entremezclaba en el ambiente para formar una atmosfera de olor fétido de la muerte silenciosa, provocando muecas de disgusto y semblantes escandalosos en los rostros de los Tlacuaches que iban en coche y en caballo. De cuando en cuando se podía oír, a lo lejos, el graznido de los cóndores y sus picoteos sobre la carne en mal estado de los cuerpos, así como se podía ver las siluetas de estas aves negras volando por los neblinosos cielos.

Los Tlacuaches tenían sus armas dispuestas, apuntando hacia todos lados en caso dado de recibir un ataque sorpresa. En sus rostros de mapaches se imprimían las muecas de horror del alma de los hombres que tenían dentro. Observaron sin parar su liminal ambiente, los semblantes confusos y pavorosos de estar viendo tantos cadáveres regados por el fango y las zanjas. Algunos de esos cadáveres, al verlos de cerca, notaron su carne vuelta necrosis hasta el punto de mostrar los huesos, y sus pectorales abiertos de cuajo, como si algo hubiese salido dentro de ellos.

Una idea se formuló en la cabeza de los Tlacuaches. Todos andaban temiendo que esa horrida idea que configuraban en sus cabezas fuesen ciertas. Ninguno se atrevió a decirlo en voz alta, excepto Yaotecatl, con su rifle en alto:

—¿Están... muertos?

El rugir de los motores y el chiflar de los caballos que precedieron a su pregunta volvieron el ambiente mucho más funesto. La bruma se volvía más y más densa a medida que se internaban en ella, hasta el punto que no podían ver más allá de sus narices y de que las luces de los coches no iluminaba nada. Más graznidos de cóndores se oyeron en la distancia, seguido por el aleteo de sus alas. Plumas negras cayeron sobre el pelotón de Pretorianos y Tlacuaches, como si la muerte les estuviera dando la bienvenida a este lugar tan límbico.

—Esto... no puede ser cierto... —farfulló Xolopitli, los ojos ensanchadísimos. Reptó por los sillones hasta ponerse al lado de Zinac— ¡Zinac!

—¡No lo sé, Xolopitli! —exclamó Zinac, viendo por el retrovisor. Estaba tan alterado como él— Hace tres días ellos me dijeron que estaban bien. Es imposible que no me dijeran nada de... de... —no tuvo palabras para terminar lo que decía.

—¡Pues ahora todos están MUERTOS, CARAJO! —chilló Xolopitli. Se tranquilizó de forma forzada, y volvió a tomar asiento sobre su sillón. Se cubrió la nariz y el hocico con una mano.

—Este lugar... —Yaotecatl dejó el rifle a un lado y se abrazó los brazos. Su cuerpo temblaba de pies a cabezas, y sus colmillos repiqueteaban entre sí.

—Hey, hey, ¡pana, pana! —Xoloptili se abrazó a él con tal de hacerlo sentirse seguro— Tranquilo, ¿quieres? Tranquilo...

<<Si ese nahual mapache reacciona así con este escenario...>> Pensó Publio Cornelio, mirándolos a los dos de reojo para después voltearse y concentrarse en el fortín, cada vez más cerca. <<Imposible que Quetzalcóatl lo asigne a una misión con los Manahui>>

El semental negro del Jefe del Pretorio relinchó, y dio fuertes pisoteadas contra el fango, como queriendo anunciar algo. Los Tlacuaches y Pretorianos repararon en su seña, y al mirar al frente, se dieron cuenta de la increíble cercanía que tenían con respecto al fortín. Tlapoxichecatl, en frente de ellos... y con un aura de enigma, de muerte y de desolación envolviendo toda su derruida estructura.

El pelotón se detuvo a diez metros del fortín. Todos analizaron con sus miradas perplejas el edificio. La fachada de mampostería estaba quebrada y musgosa, y tenía muchos agujeros por los que se colaba la niebla. Los bastiones eran solo plataformas partidas en dos, y las adarves de las murallas caían en cascadas de escombros que obstaculizaban muchos caminos dentro del castillo azteca. De por sí, el fortín ya estaba así desde los tiempos de la Segunda Tribulación. Sin embargo, eran los cadáveres de los Tlacuaches hundidos en los fosos y colgando en las almenas lo que les hizo ver que algo terrible les había sucedido a estos miembros del Cartel.

Los Tlacuaches del pelotón se horrorizaron como nunca; muchos se cubrieron sus bocas con sus manos, y otros quedaron mudos, el miedo impreso en sus semblantes. Yaotecatl cerró su ojo y desvió la cabeza; Xolopitli ensanchó sus ojos, y sus labios retemblaron; Zinac mantuvo su rostro incambiable, pero se podía leer el pavor en sus ojos bajo su máscara de murciélago.

Hubo silencio por un eterno minuto. Publio Cornelio Escipión frunció el ceño, apretó los labios y respiró de forma agitada. Sus manos se aferraron con fuerza a las riendas de su caballo negro. Picó espuelas, y su montura prosiguió su avance, lo que le ganó las miradas de interés de los Tlacuaches.

—Sigamos —fue todo lo que dijo mientras su caballo avanzaba por el puente que conectaba al castillo.

Los Tlacuaches, aunque algo inseguros por culpa de la atmosfera tan tétrica, espolearon sus caballos y pisaron los pedales de los vehículos, siguiendo a ritmo lento al general romano camino recto hacia el fortín.

Publio Cornelio se vio obstaculizado por el rastrillo. Eso no fue problema para él; de una simple pero poderosa patada (montado en su caballo) tumbó la puerta enrejada, provocando que esta salga volando y choque brutalmente contra la estatua azteca que se encontraba en el centro de la plaza interior. Los Tlacuaches dieron un respingo ante su acción; jamás se imaginaron a aquel hombretón con semejante fuerza cual Superhombre.

Los caballos fueron dispuesto en los peristilos y amarrados a algunos postes que habían cerca; tres carros de combate se estacionaron alrededor de la estatua derruida, mientras que el resto se quedaron fuera del castillos (con algunos Tlacuaches y Pretorianos rezagados para proteger la retaguardia). En el momento en que bajaron del vehículo, Zinac, Xolopitli y Yaotecatl se pusieron frente a la escultura, analizándola con una melancólica mirada. Tenía reminiscencias de un hombre, vestido con una túnica azteca que cubría todo su cuerpo, un casco caoba con alas a los lados, y un brazo cortado que supuestamente debía de estar alzado como símbolo de victoria.

—Cuauhtémoc... —murmuró Zinac en un suspiró de miedo, los ojos catatónicos y fijos en la estatua, ignorando todo lo demás.

De mientras Xolopitli y Yaotecatl observaban su derredor y, al igual que los Tlacuaches que los acompañaron, quedaron petrificados del espanto y repulsión por lo dantesco que era el escenario. Habían pilas de cuerpos de humanos y nahuales mapaches amontonados en las esquinas de los pasillos; algunos de ellos estaban despellejados, otros mutilados hasta el punto de ser irreconocibles. Publio Cornelio se agachó para analizar un rastro de sangre. Lo tocó con la yema de sus dedos, y sintió la frescura del suelo.

—Esto no pasó recientemente, fue hace días —indicó Cornelio, dejando todavía más pasmados a los aterrorizados Tlacuaches.

Algunos de los nahuales mapaches reconocieron a sus compañeros. Y el verlos desollados y tirados en el suelo como trapos sucios... los destruyó mentalmente. Muchos se echaron a llorar en silencio, pegando sus rostro sobre la carne fresca de los cadáveres; los demás (incluyendo los respetuosos Pretorianos) permanecieron en solemne silencio, pagando así sus respetos hacia los muertos.

—No puedo... —masculló Yaotecatl, sintiendo arcadas subirle por la garganta, su nariz arrugada de estar oliendo el hedor tan putrefacto— Oh, Dios, no puedo...

Terminó cediendo al regurgito; el mapache tuerto tiró su rifle y se dirigió hacia un pilar cercano, e inmediatamente vomitó al suelo. Xolopitli no pudo evitar verlo con un semblante adolorido y apenado por él, sintiendo en lo más fondo de su ser que Yaotecatl... no estaba listo para este tipo de situaciones.

—¡Señor Cornelio! —exclamó un Pretoriano, quien emergió de la penumbra de un umbral al final de un pasillo. Los ojos de Tlacuaches y de Pretorianos se fijaron en él por igual— Venga a ver esto.

Publio intercambió miradas con Xoloptili. Este último asintió con la cabeza, y accionó su rifle de cuatro cañones, para último hacerle un ademán de cabeza a Zinac.

—¡Que cinco Pretorianos y cinco Tlacuaches me sigan! —exclamó Cornelio, y después se encaminó a grandes zancadas por el peristilo que llevaba al umbral donde lo esperaba el Pretoriano.

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|◁ II ▷|

Cornelio, Xolopitli, Zinac y un nutrido grupo de Pretorianos y nahuales mapaches se internaron dentro de la amplia galería que otrora fue una sala de comedor. Las mesas estaban regadas aquí y allá, y el suelo, las paredes y esquinas estaban infestadas de moho putrefacto. Pero lo que más llamó la atención de todos, e hizo que algunos Tlacuaches tiraran sus rifles al suelo para después caer de rodillas... fue la siniestra decoración que colgaba de la pared

Diez Tlacuaches empalados sobre la pared, completamente desollados y con sus rostros haciendo muecas sin energías, sin vida... solo una indiferente muerte. Colgaban de la pared haciendo poses de cruz, conformando en conjunto una línea de estrellas sangrantes que ornamentaban pútridamente el muro, manchándolo de sangre y sesos ya secos. Los nahuales mapaches sollozaron y enmudecieron sus gritos de dolor al golpear repetidas veces el suelo con sus puños.

—Oh, ¡dioses! —exclamó uno de los pretorianos, cubriéndose la nariz con el brazo y viendo al otro lado— ¿Esto lo hicieron los Coyotl?

—No... —replicó Xolopitli, los ojos agrandados en una mueca de horror absoluto. Dejó caer su fusil al piso, y avanzó a paso lento, su mirada fija en el techo— No fueron ellos... —estiró un brazo hacia arriba, señalando algo. Zinac, Publio y los Pretorianos alzaron sus cabezas, y todos ensancharon los ojos al ver el grafiti pintado en lo alto del muro.

El dibujo estaba tintado con la sangre de los Tlacuaches. Tenía forma de disco con múltiples líneas conectándose en complejos entramados. En el centro había una calavera de expresión airada y psicópata, mostrando sus cuadrados dientes y sacando la lengua en un macabro gesto burlón. Los Pretorianos fruncieron el ceño, incluido Publio. Pero Zinac sintió un escalofrío correrle por la espalda al ver aquel grafiti.

—Xolopitli, ¿eso es...? —balbuceó.

—Sí, Zinac... —dijo Xolopitli, el vello de todo su tembloroso cuerpo erizado— Ese es el símbolo del Culto de Mictlán.

—No, no, no, eso no puede ser... —Zinac se llevó las manos a la cabeza y empezó a caminar de un lado a otro— ¡No puede ser! ¡Si se supone que los matamos a todos! ¡¿Cómo es posible que sigan vivos incluso en este lugar?!

Xolopitli se quedó mudo, la mirada derrotada y cabizbaja.

Hubo silencio por unos momentos; solo se oyó las pisadas de un angustiado Zinac, y los golpes en el suelo de los Tlacuaches derrotados. De repente se oyó un pisotón, y todos vieron a Publio Cornelio Escipión caminar hasta ponerse a dos metros frente a la pared, su mirada sagaz fija en el símbolo del Culto de Mictlán.

—Uitstli me dijo... que Omecíhuatl trajo a todos sus enemigos del Nifelheim —explicó el general romano—. Una Suprema como ella puede traer a quien quiera de ese lugar, incluyendo una organización tan fuerte como esta.

—¿Y tú qué sabes de eso, ah? —lo increpó el alterado Zinac.

—Porque yo experimente de primera mano los asaltos del Nifelheim —la revelación de Cornelio dejó mudo a Tlacuaches y Pretorianos por igual. Publio miró a Zinac por encima de su hombro—. Ese maldito infierno trajo de la muerte a enemigos que yo juré haber derrotado. Las pesadillas fueron revividas, y yo me altere tanto como ustedes —se dio la vuelta, oteando su capa al aire y dándole un aspecto magno y regio ante los ojos de todos—. Por poco fui derrotado por mis enemigos del pasado, pero pude sobreponerme a ellos nuevamente, incluso en este nuevo mundo. Y todo aquel que esté pasando por la misma penuria que pasé yo...

Cornelio emprendió la marcha fuera de la estancia, pasando de largo de Xolopitli, Zinac y todos en la estancia, dejando tras de sí un aura de magnificencia y poder que motivó a todo el grupo a seguirlo. Sin que ninguno se diera cuenta, Cornelio esbozó una poderosa mueca de determinación militar. Xolopitli y Zinac sintieron particular respeto hacia él cuando dijo las siguientes palabras:

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3
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Embajada de la Multinacional

Uitstli se había quedado por casi una hora entera observando una botella de whiskey dispuesta en la mesita pequeña de su cuarto. Y en todo ese lapso, se debatió duramente consigo mismo sobre si todo lo que estaba haciendo ahora mismo era correcto o no. Y si no lo era, ¿entonces valdría la pena inundarse a sí mismo en el alcoholismo con tal de calmar esas penas?

El silencio de la habitación era absoluto, hasta el punto de incomodar a cualquier otra persona. Pero no a Uitstli. No era el silencio lo que lo incomodaba. Él tenía sus propios enemigos silenciosos que lo incomodaron durante esta hora entera. Desde inseguridad por no saber si será capaz de afrontar los nuevos desafíos que se le vienen encima desde que escuchó la misión que le asignó Quetzalcóatl, de incertidumbre por no tener la seguridad de poder enfrentarse a los dioses en el Torneo del Ragnarök, de querella por no tener idea de lo que quería exactamente con Yaocihuatl... ¿Por qué sufría estos constantes pensamientos? No tenía certeza del todo.

Pero sí tenía la certeza de que toda esta inundación de pensares malhechores empezaron cuando cruzó miradas por primera vez con Randgriz.

El pensar en ella le hizo fruncir el ceño e hinchar las venas de sus sienes. Suspiró con gran exasperación, y se pasó una mano por el angustiado rostro, por su barba y bigote rojo y por su cabello lacio, desordenándoselo un poco. Se inclinó hacia delante sobre la silla donde se sentaba, y volvió a quedarse viendo la botella de whiskey sobre la mesita, las manos cubriendo su nariz y sus labios.

Oyó el toqueteo de la puerta. Uitstli lo ignoró, y recluyó la espalda sobre la silla. De repente la puerta se abrió, y del umbral emergió Tepatiliztli, entrando en la habitación y cerrando tras de sí la puerta. Uitstli siguió ignorándola, sus ojos fijos siempre en la botella de whiskey.

—¿Qué es lo que te pasa, hermano? —gruñó Tepatiliztli, el rostro con una mueca airada— ¿Por qué no estuviste en la demostración del Tlamati Nahualli de Zaniyah?

Uitstli se quedó mudo. Tepatiliztli apretó los labios; no le gustaba para nada ver a su hermano taciturno tanto como a Yaocihuatl. La médica azteca se sentó en el borde de la cama, sus ojos siempre fijos en su hermano. Por culpa de la rabia que sentía ahora, no era capaz de ver la mueca decaída de la cara de Uitstli.

—Uitstli, ¡Quetzalcóatl le dio un reconocimiento honorifico a tu hija! —exclamó—¡Debiste ver su cara de felicidad si tan solo hubieras estado aquí!

Uitstli volvió a no responder. El silencio que vino con la pausa de Tepatiliztli le hizo ver a esta última, por fin, el semblante melancólico que su hermano portaba en su rostro. Como si estuviera cansado mentalmente de algo que ella desconocía. Pronto la rabia la abandonó, reemplazándola con consternación.

—¿Qué sucede contigo, hermano? —inquirió, la voz preocupada— Has estado muy raro estos últimos días. Ya nos tienes demasiado preocupadas. ¡No nos dices nada! —Tepatiliztli se acomodó en el borde de la cama, desplazándose con tal de acercarse lo más que pudo a él— Uitstli, no puedes estar peleando esto tú solo. Por favor... dime que te pasa, y déjame ayudarte.

Uitstli tornó la mirada hacia ella, el ceño fruncido y la mirada catatónica. Ambos hermanos se quedaron viendo el uno al otro por unos segundos. Lapso de silencio total, pero en donde se comunicaron tanto sin pronunciar palabra alguna que, antes de que Uitstli comenzara a hablar, ella ya comprendía bien el sentimiento que asolaba a su hermano:

—¿Recuerdas la misión que me dio la Reina Valquiria con tal de oficializar Mecapatli? —dijo Uitstli, desviando la mirada. Tepatiliztli apretó los labios, se puso de pie, se fue a la ventana y apoyó los brazos sobre el alfeizar— Desde hace poco que viene a mi mente como un ariete de asedio. Ella me manipuló al decirme que eran demonios los que iba a matar. Me deje llevar por la pasión del Jaguar Negro, y cuando repare en lo que estaba haciendo... —alzó un tremuloso brazo e intentó acercar su mano a sus labios— Centeotl... estaba en el suelo, moribundo y desangrándose por culpa de mis zarpas. Fue ahí cuando supo que había cometido un crimen... uno del cual jamás podría sacarme de la cabeza... ¡Siempre llevándome al limite mental cada vez que pienso en eso! —se golpeó la cabeza con ambas manos y se jaló los cabellos. Sus dientes rechinaron, y su semblante cambió a uno de malestar— ¡Sueño con eso! ¡Viene y va! ¡Viene y va de mi cabeza!

—Eso fue hace cien años, hermano —apostilló Tepatiliztli, su mirada fija en la ventana—. Eso fue hace cien años. Pensé que... lo habías superado.

—No... n-no creo haberlo superado —farfulló Uitstli, golpeándose el pecho y jadeando— A-aún pienso en eso. Aún pienso... en el monstruo en que Brunhilde me quiso convertir —se volvió a golpear el pecho—. Yo no estoy... s-seguro de poder hacer esa misión de Quetzalcóatl. N-no estoy listo... para matar otra deidad.

Tepatiliztli cerró los ojos y ladeó la cabeza. Se encogió de hombros y apretó los dientes.

—No me lo puedo creer, Uitstli... —dijo, y ladeó la cabeza— ¿Me oyes? —se dio la vuelta y encaró a su hermano con una afilada mirada— No hay vuelta atrás. No lo hay —se encaminó hacia Uitstli, se puso frente a él y se inclinó hasta su altura—. ¿Se supone que te tengo que tratar como un loco inestable ahora? ¿Ponerte una camisa de fuerza y hacerte terapia? ¿Ah? —Tepatiliztli chirrió los dientes y frunció el ceño con molestia— ¡¿CREES QUE LOS MACEHUALZTIN TE HABRÍAN TRATADO ASÍ LUEGO DE MATAR AL JAGUAR NEGRO CUANDO TENÍAS QUINCE AÑOS?!

—Esto n-no es lo mismo... —farfulló Uitstli, los labios temblorosos, sus ojos nerviosos fijos en los de Tepatiliztli.

—¡¿CREES QUE NO PASASTE LO MISMO CUANDO CAYÓ TENOCHTITLAN?!

—Para... —Uitstli apretó los labios y cerró los ojos, su frente arrugándose de cólera explosiva.

—¡LA SEGUNDA TRIBULACIÓN ACABÓ! —Tepatilizti lo tomó de los hombros de forma brusca— ¡DEJA ESO EN EL PASADO! Otra guerra se nos viene encima, Uitstli. ¡Tienes que prepararte mentalmente!

—¿Prepararme? —Uitstli abrió los ojos y clavó su mirada de rabia sobre su hermana.

—Sí, carajo, como yo lo hice —masculló Tepatilizti, sintiendo la furia de su hermano venir de sus ojos alterados— Se lo prometiste a nuestra gente. ¡TIENES QUE CUMPLIR!

—¡¿Cumplir?! ¡¿CUMPLIR?!

Uitstli se abalanzó sobre Tepatiliztli, agarrándola por el cuello y y empujándola brutalmente contra la pared. El choque provocó que varios objetos cayeron al suelo y se partieran (vasos de vidrio sobre todo), generando un estruendo todavía más sonoro. La médica azteca dio un respingo por la embestida, pero mantuvo control de sí misma, incluso con el griterío descontrolado que Uitstli que vino después de este ataque:

—¡YO NO SOY COMO TÚ, HERMANA! ¡¿ME OYES?! SE LO PROMETÍ A MI GENTE, ¡¡¡PERO NINGUNO DE USTEDES SABE LO DIFÍCIL QUE ES ESTO!!!

Uitstli cerró los ojos, se mordió el labio, y rugió con una angustia titánica; el sonido que produjo fue tan grueso que se asemejó al de un jaguar. Tepatiliztli se sintió acorralada, aplastada por su fuerza y por sus gruesos músculos. Sin embargo, a pesar de que sabía que él era infinitamente más fuerte, ella se sentía segura en su entorno, incluso en este escenario tan extremo. Porque ella sabía que Uitsti no sería capaz de matarla. A su propia hermana.

—Hermano... hermano... —mugió Tepatiliztli nada mas sentir la fuerza de su hermano menguar. Lo tomó de las mejillas y lo hizo alzar la cabeza para que volviera a verla a los ojos— Yo estoy igual de rota que tú, ¿me oyes? ¡Yo estoy igual de rota que tú por la jodida guerra! Pero yo... —sus labios retemblaron y sus ojos se volvieron llorosos al igual que los de Uitstli— yo tengo que mentirme a mi misma todos los días que lo he superado. Tengo que mentirme... o sino... ¡Estoy acabada!

Uitstli la agarró de los brazos con tanta fuerza que le dejó marcas. Tepatiliztli soportó el dolor, ignorándolo, solo concentrándose en el tacto afligido y la cercanía que tenía con su hermano ahora. La médica azteca lo agarró del cuello y de su cabello, y lo jaló hacia delante, acercándolo al espejo que tenían en frente.

—Mírate, hermano —murmuró Tepatiliztli al oído de Uitstli. Ella también se veía al espejo con el mismo dolor espiritual— Mírate al espejo... ¡MIRANOS! —reafirmó su agarre sobre su hermano, como un depredador teniendo a su presa atrapada en sus fauces— Mira en los adultos que nos... hemos vuelto... ¿Crees que nuestro padre no estaría orgulloso de lo que nos convertimos? ¡¿Crees que Tzilacatzin estaría decepcionado del guerrero que te has vuelto, por más traumas que tengas?!

—Todos ellos están muertos, hermana... —masculló Uitstli, un lágrima cayendo por su mejilla.

—Y por ellos hay que seguir peleando en esta nueva guerra. Por los vivos que luchan a nuestro lado, y por los muertos que rezan por nosotros en el más allá —Tepatiliztli jaló a su hermano y lo colocó frente suyo. Ambos se volvieron a ver a los ojos, y ambos se cautivaron de verse llorar mutuamente—. ¡Reconstrúyete, hermano! Porque yo también tengo que hacerlo para seguir adelante.

Uitstli se abrazó a su hermana y aplastó su rostro en su hombro, eliminando todas las lágrimas y ocultando con vergüenza su rostro afligido. Tepatiliztli correspondió al abrazo con el mismo amor y la misma querella personal que su hermano. Y por primera vez en muchísimo tiempo... ambos se sintieron como niños dándose un fraternal abrazo.

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4
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ᴠᴏʟᴜᴍᴇ : ▮▮▮▮▮▮▯▯▯

|◁ II ▷|

Cuahuahuitzin

Castra Praetoria

Eurineftos jamás había sentido un encontronazos de sentimientos como los que estaba teniendo ahora mismo.

Oculto a la vista de los demás y del pueblo azteca de Cuahuahuitzin al estar transformado de su forma de vehículo, Eurineftos aprovechó todo este tiempo de paz para poder para observar y analizar la actividad humana de esta nueva civilización en la que renació. Cuahuahuitzin resplandeció al caer la noche, con luces fosforescentes y brillos lejanos de los edificios altos que, incluso con haberlo visto ya varias veces, dejaban totalmente pasmado al Metallion. Esto, todo esto... era nuevo para él.

También al caer la noche se incrementó la actividad humana. En las plazas publicas, en los restaurantes, en los parques, en los tempos donde rezaban a las estatuas de sus dioses... Cual extranjero que llega a un país exótico del que jamás había oído hablar, Eurineftos no dejó de fascinarse a sí mismo con cada vista satelital que daba a la ciudad. Este pueblo, estos aztecas, le recordó en cierta manera a otros pueblos que él conoció en su pasado como señor de la guerra... y que extinguió por su propia mano.

Nostalgia, melancolía, congojo y regocijo... Estos sentimientos eran nuevos para él y para su Sphítaftón. De todos estos sentimientos que batallaban dentro de su propia alma (no inteligencia artificial), la que más primaba era la de la fascinación de estar viendo a tanto seres humanos... disfrutar de su día a día. Padres viendo a sus hijos jugando en las plazas, gente dando ofrendas a las estatuas de sus dioses, personas disfrutando de exquisitas comidas de los restaurantes... Eurineftos, en su inmensa capacidad de almacenamiento, nunca pensó que el estar viendo algo que más había visto en su vida lo llevaría a cautivarse, y a reflexionar.. como un ser humano.

Eso fue lo que Tesla y Cornelio les dijo cuando lo reanimaron. Que ahora en esta nueva vida, él no sería un señor de la guerra, ni nadie lo trataría como uno. Atrás, en más de cuatro mil años, quedaron sus rastros como genocida y como un bárbaro sediento de lucha. Su armazón, sus habilidades, e incluso su propia alma... Todo ello constaba un nuevo Eurineftos, renacido de la chatarra, y que ahora sería un defensor de la humanidad.

<<Esos serán tus dos objetivos primarios, Eurineftos>> Dijo la voz de Sirius en su compleja red de memorias. <<El primero, es ser un ser pensante. Y el segundo... es ser el escudo que defienda a la humanidad, como yo>>

Y eso haré, Sirius —dijo Eurineftos, su robótica voz sonando como un suave susurro—. Seré un escudo para la humanidad. No importa las distinciones...

Sus sensores de ultrasonido detectaron repentinamente una perturbación sonora en el ambiente. Y antes de que pudiera determinar de lo que se trataba ese tenue sonido... se escuchó un poderoso estruendo explosivo viniendo de la lejanía. Viniendo del centro urbano de Cuahuahuitzin.

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ᴠᴏʟᴜᴍᴇ : ▮▮▮▮▮▮▯▯▯

|◁ II ▷|

Sus radares hallaron el lugar donde se produjo exactamente la explosión de carácter de artillería. El estruendo del estallido vino acompañado de lejanos gritos de horro y de sorpresa viniendo de los aztecas. Su vista satelital se puso en acción, y las mismas gentes a las que hace poco había visto disfrutar de sus momentos familiares o personales... ahora estaban en un inmenso estado de pánico, corriendo de aquí para allá y tratando de ayudar a sus familiares mientras eran arrollados por densas humaredas y polvo viniendo del lugar de explosión

Todo el cuartel general se puso en alerta con la explosión. Eurineftos velozmente se transformó en su forma humanoide y se dirigió hacia el rellano principal. Por los puentes y pasadizos del segundo piso vio a todos los Pretorianos corriendo con gran apuro, armándose con sus lanzas-rifles, pistolas-espadas y escudos de plasma. Los pisotones de Eurineftos hicieron retemblar todo el hangar, y cuando finalmente llegó a la galería donde se encontraba la Capsula Supersónica, se colocó en el centro de la estancia y emitió un potente pulso de fuerza que se esparció por todo el rellano, empujando a Pretorianos y científicos por igual y deteniéndolos de la carrerilla que andaban haciendo.

—¡¿Que es lo que haces, Coronel?! —exclamó el comandante en jefe al tiempo que se reincorporaba del suelo.

¡Que ninguno de ustedes salga de aquí! —ordenó Eurineftos, estirando un brazo y describiendo un semicírculo con él, señalando así a todos los hombres que estaban desperdigados por el rellano— Quédense aquí y defiendan la Capsula. Yo iré a encargarme de esto.

Ningún soldado u oficial objeto ante su orden. Es más, el comandante en jefe, recordando las últimas hazañas que hizo el Coronel, comprendió que este Mecha sí tendría la capacidad de encargarse de la situación.

—¡Ya oyeron al Coronel! —vociferó el comandante, agitando su pistola-espada en gesto de orden— ¡NUESTRA MISIÓN ES DEFENDER LA CAPSULA!

Eurineftos le hizo un ademán de agradecimiento con la cabeza al comandante, y vio con satisfacción como todos los Pretorianos se ponían manos a la obra y comenzaban el protocolo de fortificación de la Castra Praetoria. El Metallión entonces se volvió hacia la salida, corrió hacia ella, y nada más atravesar el umbral, dio un salto y en medio del aire se transformó en un caza de combate. Los propulsores de la aeronave rugieron, y el vehículo volador salió disparado a toda velocidad hacia el cielo, siendo perdido de vista por los Pretorianos del cuartel.

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ᴠᴏʟᴜᴍᴇ : ▮▮▮▮▮▮▯▯▯

|◁ II ▷|

El caza de combate sobrevoló los cielos de la ciudad. Lo primero que hizo fue analizar el perímetro donde se produjo la explosión: vio como el humo se había producido de un edificio de cinco pisos que se desmoronó totalmente, produciendo toda la ola de polvo que inundó más de dos kilómetros cuadrados de un barrio cercano. Con su visión periférica, Eurineftos alcanzó a ver a paramilitares del Cartel de los Coyotl produciendo una terrible balacera por toda la zona, barriendo indiscriminadamente con todos los aztecas que se cruzaban en su camino.

Un odio terrible y titánico creció en el interior de Eurineftos, a tal grado que bufó internamente. No pudo soportar el ver como los hombres, mujeres y niños aztecas eran masacrados sin piedad alguna. Eso le trajo una breve visión del pasado remoto, de como los Ctónicos también producían genocidios en masa contra los humanos. Eso despertó la furia interina de su Sphítaftón...

Y con esa rabia indómita quemándose dentro suyo, desplegó los bordes de sus alas, y el caza de combate se abalanzó a una velocidad vertiginosa hacia la avenida donde estaban los pelotones de Coyotl.

En medio del aire se transformó de nuevo a su forma humana. Eurineftos estiró un brazo, convirtiéndolo en un cañón de riel y disparando poderosas descargas eléctricas contra sus enemigos. Los Coyotl fueron tomados por sorpresa, y sus cuerpos fueron pulverizados y convertidos en polvo al contacto de los millones de voltios de electricidad. Justo en ese instante, Eurineftos aterrizó sobre el asfalto y derrapó sobre él, abriendo surcos en el suelo y generando un potente estruendo de piedra siendo destruida.

Eurineftos miró su derredor, y detectó la presencia de más Coyotl en la zona. Persistió en el uso de su cañón de riel, pero esta vez usando menos cargas por como ahora estaba siendo objeto de mira del pueblo azteca y tenía que tener cuidado de no hacer daños colaterales.

Oyó un silbido venir detrás suya, y fue golpeado brutalmente por las explosiones de cinco proyectiles de RPG. Eurineftos velozmente se dio la vuelta, disparó, y su descarga eléctrica paralizó y noqueó a los cinco Coyotl que se ocultaban dentro de un callejón. Sus sensores sintieron a más nahuales zorros corriendo por los techos; viéndolos de reojo, los observó apuntando más lanzacohetes hacia él. Fugazmente desenfundó su espada de plasma naranja y, dando un ágil giro de 360 grados, cortó en dos los cuerpos de todos los Coyotl antes de que estos pudieran disparar los RPG.

Un último Coyotl apareció saliendo de detrás de un árbol y disparando su RPG contra él. Eurineftos se movió hacia la izquierda y contraatacó al instante con un disparo de su cañón de riel. El Coyotl salió volando por los aires. Eurineftos entonces oyó un chillido detrás suyo. Se dio la vuelta, y vio con sorpresa como el cohete estaba a punto de impactar contra una familia azteca que justo estaba cruzando la calle.

Los padres se abrazaron fuertemente a sus niños y esperaron la inminente muerte. La explosión estalló en sus oídos... pero no los exterminó. Padre, madre e hijos abrieron sus ojos, y descubrieron con alivio y perplejidad a Eurineftos protegiéndolos con su escudo de plasma.

¡Rápido! ¡Huyan!

La familia azteca se lo agradeció profundamente. Atravesaron la calle y se esfumaron yéndose por un callejón.

Eurineftos se reincorporó y analizó una vez más su derredor. todos los aztecas de la zona ya estaban lejos de la zona de peligro, y no notó más presencia de los Coyotl por el perímetro demarcado por su radar. Pero entonces, al fijar su visión en el edificio desmoronado por la explosión de un coche bomba, su radar volvió a titilar con la detección de otro nahual zorro. Uno particular, por como este incluso exudaba una radiación electromagnética particular

<<Tonacoyotl...>> Pensó Eurineftos. Sus propulsores se reactivaron y, de un abrir y cerrar de ojos, desapareció de la zona con un impulsó supersónico.

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|◁ II ▷|

Los vehículos circundantes al área donde detectó a Tonacoyotl se detuvieron, se dieron la vuelta con gran pánico y condujeron por el mismo camino por donde vinieron. Eurineftos apareció en la encrucijada en un abrir y cerrar de ojos, sorprendiendo a todos los aztecas circundantes con su enorme altura de cinco a seis metros. El Metallion giró sobre sí mismo, analizando los edificios y las plazas que tenía a su alrededor. El radar le indicaba la presencia de Tonacoyotl en el parqueadero que tenía a su izquierda. Al cambiar su visión al del ultravioleta, pudo determinar exactamente en que zona del edificio del parqueadero se encontraba.

Redujo su tamaño a dos metros y se abalanzó hacia el edificio del parqueadero, destruyendo en el proceso los ventanales, las paredes y las compuertas enrejadas. Por suerte no se encontraba ningún hombre o mujer allí, por lo que no hubo coste de vidas humanas.

El seguimiento al lugar donde le indicaba su radar lo llevó al interior de una bodega abandonada, en penumbras y completamente vacía... De no ser porque, frente a él, se encontró a un Tonacoyotl sentado sobre lo que parecía ser un altar con forma ovalada.

Tonacoyotl frunció el ceño en un exagerado gesto confuso. Estiró los brazos hacia ambos lados, los ojos ensanchados.

—¿Acabarse? ¿Esto? —dijo, y después se echó a reír. Se pasó una mano por la arrugada frente y le dedicó una mirada severa al Metallion— No. Esto solo está comenzando.

Eurineftos dio un paso adelante y extendió su brazo, desensamblando de sus placas su cañón de riel. Apuntó su arma al Jefe de los Coyotl.

Un disparo, y toda esta pesadilla se termina —dijo, las corrientes eléctricas entrechocándose entre los rieles.

Tonacoyotl no borró su sonrisa maniática de su cara. De hecho, la agrando al ver de cerca el cañón de riel apuntar directo a su rostro.

—¿Te digo algo? —manifestó, apretando los labios y señalándolo con un dedo. Eurineftos permaneció en silencio— Jamás, en toda mi vida, he odiado a alguien tanto como tú. Y que gracia tiene, porque estoy odiando ahora mismo un chingado robot consciente —ladeó la cabeza y se golpeó las rodillas con sus palmas—. Pero un robot que se cree un humano. Ahhhh... eso es lo más gracioso de todo

Mucho mejor que ser un inmundo zorro que mata por placer —gruñó Eurineftos, dando otro paso hacia delante.

Se hizo el silencio por cinco segundos. Tonacoyotl bajó la cabeza y su rostro se ensombreció. Y entonces... empezó a cuchichear risitas maquiavélicas.

Eurineftos frunció el ceño, y entonces apretó el gatillo, disparando una potente ráfaga que... atravesó el cuerpo de Tonacoyotl y terminó chocando contra la pared. Un agujero se abrió, y la luz se filtró en el cuarto...

Revelando la imponente ojiva nuclear donde estaba sentado Tonacoyotl.

—Yo no... estoy aquí, Eurineftos —murmuró el nahual zorro, aún cabizbajo.

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|◁ II ▷|

El cuerpo de Tonacoyotl se deformó por unos breves segundos, mostrando estática azul que chirrió en el ambiente, como si fuera un holograma... No, ERA un holograma. Eurineftos entonces sintió algo que por primera vez no sentía desde su renacimiento: perplejidad y terror. Terror contra quien se supone es quien debía de tenerle miedo ahora. Derrapó uno de sus pies hacia atrás al ver el objeto ovalado con más claridad. Trató de buscar alguna información de este en su inventario... pero no fue capaz de encontrar algo relativo a ello. Y entonces su terror se convirtió en algo que lo hizo todavía más humano.

El miedo a lo desconocido.

¿Qué demonios... es eso...? —murmuró Eurineftos.

El aura alrededor de Tonacoyotl se volvió pesado, y la atmosfera se tornó siniestra. Como si de una pesadilla límbica venida de Mictlán se tratara, la calavera de Mictlantecuhtli apareció detrás del nahual zorro. Tonacoyotl alzó la cabeza, y le dedicó su más macabra y descarada sonrisa a Eurineftos.

—Eurineftos, el más fuerte de los Metallions... —profirió el Jefe de los Coyotl, sus ojos tornándose negro e inhumanos— Veo que no entiendes en verdad a los humanos. Puede que yo sea un nahual... pero sigo teniendo el alma de un hombre dentro de mí. Déjame decirte una verdad absoluta de nosotros...

Tonacoyotl se paró de la ojiva nuclear. Dio un paso adelante, se llevó una mano al bolsillo de su abrigo anaranjado y de allí extrajo un control remoto. El Jefe de los Coyotl esbozó una mueca digna de un demonio, mientras que el Metallion, dando otro paso hacia atrás, esbozó una expresión de sorpresa e incertidumbre; incluso teniendo solo una ranura como sus ojos, su semblante era más humano que nunca.

—¡Nuestra capacidad para hacer el mal supera a los dioses! —vociferó Tonacoyotl, alzando el control remoto por encima de su cabeza.

Fue en este instante que Eurineftos conoció el verdadero terror al saber la verdad del hombre. Una mirada fue todo lo que bastó para que el robot, más humano que maquina, comprendiera que el nivel de poder de maldad que poseía Tonacoyotl se comparaba tanto como el de los Generales del Apocalipsis que sirvió durante la Thirionomaquia.

Uno, dos, tres pasos... Tonacoyotl avanzó lentamente, la sonrisa de oreja a oreja.

—Si en verdad tienes un alma —dijo el holograma, su cuerpo volviendo a producir estática—, ¡espero enviarte al infierno CON ESTO!

El tiempo se ralentizó. Los propulsores de Eurineftos rugieron, y el Metallion se abalanzó hacia la ojiva nuclear.

<<Increíble...>> Pensó Eurineftos al tiempo que atravesaba el holograma de Tonacoyotl, este último presionando justo en ese momento el control remoto. <<Sí... esto es increíble, Sirius...>>

Hubo un estallido de luz cegador, tan potente que todos los radares de Eurineftos se estropearon en un santiamén. Las placas de su cuerpo fueron arrancadas de cuajo por la inmensa fuerza de las ondas de choque, y los vientos huracanados ocasionados por la supersónica explosión trataron de empujarlo, pero Eurineftos fue mucho más veloz, y combatió contra el viento y la marea para volver a su tamaño original y aplastar la ojiva nuclear con su cuerpo.

<<Estos nuevos humanos... son peores... que los Ctónicos...>>

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|◁ II ▷|

El resplandor surgió de la nada, y en medio de todo el centro urbano de la ciudad. Refulgiendo tan fuerte como el mismísimo sol, tomó desprevenido y cegó permanentemente a cientos de miles de aztecas a más de quince kilómetros a la redonda.

Primero se formó una cúpula naranja que abrió un gigantesco y profundísimo cráter en la tierra. Seguido de ello, vino una onda expansiva que se abalanzó a toda velocidad por los quince kilómetros cúbicos de la ciudad de Cuahuahuitzin. Los aztecas no pudieron escuchar nada debido a que también quedaron sordos, pero los que más lejos estuvieron de la explosión vieron, con gran consternación, como se levantaba lentamente un titánico hongo de casi seis kilómetros de altura, perforando el firmamento, barriendo con las nubes y siendo visto por los más de cuatro millones de aztecas de la urbe.

Cientos de aztecas fueron incinerados. Familias enteras no tuvieron tiempo de darse un abrazo antes de convertirse en polvo y cenizas. Barrios enteros fueron consumidos por la onda expansiva, la cual luego de unos segundos emitió un ensordecedor bramido explosivo que terminó por romper los tímpanos de más aztecas. Rascacielos se vinieron abajo, inundando plazas en cascajos y océanos de escombros que aplastaron a más personas y también coches. El tráfico se accidentó cientos de veces; motos y automóviles chocaron entre sí, y camiones de petróleo se estrellaron contra casas y gasolineras, produciendo con estas últimas cadenas de explosiones que fulminaron con los barrios más lejanos a la explosión.

Relativamente alejados de la zona de la explosión, los Pretorianos de la Castra Praetoria quedaron mudos e inmóviles al ver, en la distancia, el inmenso hongo nuclear alcanzando los cielos y empezando a tintarlo de un naranja oscuro. Los científicos se fijaron en la explosión igualmente, y algunos se quitaron las gafas para poder ver, con mayor miedo y estupefacción, la torre de humo radioactiva inaugurándose como el inicio de la pesadilla de los aztecas.

El comandante en jefe del cuartel vio el hongo nuclear a través de la ventana, misma que estalló en una explosión de vidrio cuando la onda expansiva alcanzó el edificio. Todas las ventanas del hangar restallaron en cientos de vidrios, y muchísimos soldados e ingenieros cayeron con estrepito al piso. Estructuras del hangar se vinieron abajo, como vigas, abanicos de techo y pilares, aplastando a muchos y matando a otros. Rápidamente el edificio se llenó de gritos de auxilio y alaridos de dolor infernal. Los Pretorianos se ayudaron entre sí para reincorporarse o para poder ayudarse entre sí y levantar los objetos que aplastaban a sus compañeros o a los ingenieros.

<<Eurineftos...>> Pensó el comandante en jefe, la mirada traumática viendo el hongo nuclear mientras era ayudado por sus hombres a ponerse de pie. <<¿Falló...?>>

Dos de los Pretorianos de las afueras del edificio s encaminaron al hangar. No obstante, justo antes de entrar... recibieron dos disparos silenciosos en las nucas que los mató al instante.

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5
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Otros dos Pretorianos que corrían por el sendero adoquinado los vieron caer, y antes de poder coger sus radios y reportar el peligro, dos Coyotl aparecieron detrás de ellos y les cortaron los cuellos de cuajo con sus garras. Otros dos Coyotl aparecieron en donde estaban los cadáveres de los otros dos Pretorianos. Los cuatro juntos arrastraron los cuerpos lejos de toda visibilidad, al tiempo que, a lo lejos, se pudo ver una larga caravana de coches blindados y autos con torretas descendiendo por las colinas en dirección a la Castra Praetoria.

Ningún Pretoriano dentro del cuartel general pudo notar la presencia de la caravana paramilitar; estaban tan ocupados ayudándose entre sí que no tuvieron tiempo ni de ver a esa misma caravana estacionarse en el lado oeste del edificio, cerca de la recámara donde se encontraba resguardada la ahora indefensa Cápsula Supersónica.

Los más de veinte coches blindados se estacionaron uno detrás del otro, formando un amplio anillo que rodeaba un cuarto del perímetro del hangar. Sus compuertas se abrieron de par en par, y de ellos emergieron nahuales zorros armados hasta los dientes. Los Coyotl se desplazaron en zigzag por el laberinto de automóviles, formando grupos que se ocultaron detrás de los armazones. Todos los Coyotl intercambiaron miradas, transmitiendo la seguridad con la que estaba yendo esta misión.

El último de los Coyotl bajo de la única camioneta de la caravana. Caminó por el dédalo de coches hasta alcanzar la vanguardia, donde lo estaba esperando su grupo de Coyotl con sus rifles y lanzagranadas en mano. La mirada filosa del verdadero Tonacoyotl se paseó por los rostros de todos los Coyotl que tenía cerca, y estos últimos, sin miramientos, alzaron sus armas al cielo.

Seis segundos de silencio. Tras ese lapso, Tonacoyotl dio la orden con un ademán de cabeza, y diez de los Coyotl dispararon sus fusiles al firmamento. Tres rondas de disparos al unísono, lo suficientemente sonoros como para llamar la atención de los Pretorianos del cuartel general. Tonacoyotl arrugó la nariz negra, mugió en silencio, y apoyó sus manos sobre la culata de su subfusil de asalto, a la espera de que los Pretorianos salieran.

Las compuertas del segundo piso del hangar se abrieron, y de ellos emergieron Pretorianos con sus escudos de plasmas en alto y sus pistolas-espadas saliendo de los resquicios entre los escudos. Una fila entera de veinte Pretorianos se formó en el balcón de metal del segundo piso, y el último de ellos en salir fue el comandante en jefe de la Castra Praetoria, oteando el surreal panorama con una mirada consternada y sus labios boquiabiertos.

—Tú... —farfulló el comandante en jefe, su cuerpo tiritando de miedo. Tornó la cabeza hacia la derecha, y miró el hongo nuclear recortado en el horizonte urbano de la ciudad— ¡MONSTRUO! ¡¿Tú hiciste esto?!

—¡ROMANOS! —vociferó Tonacoyotl. El comandante en jefe ensanchó los ojos al pirlo gritar su nombre— No tengo ni las ganas ni el tiempo de gastar las energías en matar a más perra gente. Así que lo diré claro y preciso —extendió un brazo y señaló al comandante en jefe con una garra—: dame lo que está dentro de la Capsula Supersónica, y toooooodooos tus hombres podrán salir vivos de aquí.

Romanos frunció el ceño y apretó la mandíbula. Miró de reojo el hongo de humo nuclear en la distancia. En ese instante se oyeron otra cadena de explosiones que derrumbaron varios edificios.

—Ya estamos muertos por la radiación —anunció, y ladeó la cabeza en gesto de decepción—. ¿Tan lejos has llegado para matar al Coronel Eurineftos?

—Les dije que les iba a declarar la guerra —gruñó Tonacoyotl, la saliva de la rabia babeando de sus colmillos—. Les dije que todas las Regiones Autónomas se arrodillarían ante mí. Los dioses verán de lo que seré capaz... —extendió el brazo de nuevo y apuntó a Romanos con su dedo— una vez tenga el núcleo de la Capsula. Entréguenmela, y les juro que en un futuro no los mataré.

Romanos puso una cara de disgusto y de odio impotente. Apretó los labios y, como respuesta a su amenaza, desenfundó su pistola-espada. Tonacoyotl respondió con una sonrisa hastiada y una risotada breve.

—¿Quieres ir por ese camino? —exclamó. Respiró hondo y se encogió de hombros— Muy bien. ¡EN SUS MARCAS, PORQUE VOY A CONTAR! ¡DIEZ! —los Coyotl alzaron sus rifles— ¡NUEVE! —Romanos accionó su pistola, y la hoja de la espada se afiló— ¡OCHO! —Tonacoyotl empuñó su rifle con ambas manos y desvió la cabeza hacia atrás, haciéndole una ceña con las cejas a sus Coyotl— ¡SIETE...!

Tonacoyotl arrugó su rostro entero en una expresión de furia indomable. De un palmazo accionó la palanca de su subfusil, apunto directo a la cabeza del comandante, e hizo caer una lluvia de plomo sobre él.

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6
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La lluvia de plomo cayó sobre Romanos y los pretorianos, obligando a este último a agacharse y buscar cobertura bajo los escudos de plasma. Los Pretorianos respondieron disparando sus pistolas y rifles, pero los Coyotl conseguían escabullirse de sus tiros escondiéndose detrás de los vehículos blindados, para después contraatacar desde posiciones donde no podían verlos. Romanos consiguió reincorporarse y, entre el temor y la valentía (ambos luchando en su corazón), empezó a disparar su pistola-espada.

Tonacoyotl accionó el segundo gatillo de su subfusil, y el cañón del lanzagranadas disparó su proyectil contra el balcón. La explosión tomó por sorpresa a los Pretorianos; el puente se partió en dos, y varios Pretorianos cayeron a más de diez metros de altura. Otros Coyotl repitieron su hazaña disparando más granadas de sus fusiles de asalto, inundando así a los Pretorianos del pánico máximo y obligándolos a meterse dentro del cuartel.

Varios nahuales mapaches dispararon lanzacohetes, y los proyectiles generaron una explosión con efecto dominó que termino abriendo un gigantesco boquete al interior del hangar. De dentro salieron varios Pretorianos, escondidos tras sus escudos y formando una muralla de plasma. La estrategia duró poco, puesto que Tonacoyotl y varios de sus paramilitares dispararon lluvias de granadas sobre ellos. Los Pretorianos salieron volando por los aires y cayeron con estrepito al suelo, inconscientes o muertos.

Con el camino despejado, Tonacoyotl y su ejército paramilitar se encaminó al interior del hangar, con el primero avanzando en la vanguardia cual abrumador señor de la guerra.

<El lobo alfa pierde la autoridad de la vida...>> Pensó Tonacoyotl, al tiempo que se agachaba y se cubría de los disparos de los Pretorianos que estaban en el segundo piso. Los Coyotl se dispersaron por todo el rellano como relámpagos, y algunos de ellos dispararon a los Pretorianos por detrás. Sus cadáveres cayeron y se estamparon encima de cajas o de vehículos de carga. Por todo el hangar llovieron ráfagas de plomo incesantes y descontroladas, algunas de ellas incluso llevándose consigo la vida de varios científicos.

<<Y con él, toda la manada llora su muerte y aúlla en venganza>> Volvió a pensar Tonacoyotl. A lo lejos vio la silueta de la Capsula Supersónica, dispuesta y vulnerable para él. Siendo seguido por todo su regimiento paramilitar, el Jefe de los Coyotl se encaminó con paso apurado hacia él, mientras que los Pretorianos caían muertos como moscas a su alrededor.

De repente una lluvia de ráfagas reptó por el suelo hasta casi alcanzar sus pies. Dos Coyotl lo alejaron del camino, y fueron acribillados hasta la muerte. Tonacoyotl y el resto se cubrieron detrás de pilares y cajas. El primero asomó la vista, y vio al comandante en jefe sobre una torreta, en el segundo piso, disparando a diestra y siniestra a todo nahual zorro que veía. Se notaba en su rostro que el miedo ya lo dominaba, pero su valentía seguía luchando por su causaa, aunque esta fuera perdida.

Con paciencia, Tonacoyotl esperó a que desviara su ráfaga mortal hacia otro lado. Le hizo un ademán con la cabeza a un grupo de Coyotls para que fueran a tomar otra cobertura. Ellos así lo hicieron, y en el camino fueron acribillados hasta la muerte por Romanos. Tonacoyotl vio su preciado momento: salió de detrás del pilar donde se escondía, apunto al pecho del comandante en jefe, y apretó el gatillo. Una breve ráfaga cayó sobre Romanos, y los proyectiles acribillaron su pecho. Romanos paró de disparar y se llevó una mano al pecho, viendo la sangre tintarse en sus dedos. Su última mirada, de pavor absoluto, se la dedicó a Tonacoyotl, y este último correspondió con una sonrisa vanidosa.

<<Cuetlachtli, ¿estás viendo esto, no?>> Pensó Tonacoyotl, reavivando la marcha justo cuando el cadáver del comandante cayó del segundo piso al suelo. Los Coyotl siguieron su andar. Ya no había ningún Pretoriano a la redonda que pudieran detenerlos; solo estaban los ingenieros, oculto detrás de cajas o en las esquinas, escondiéndose patéticamente y en vano de ellos. Tonacoyotl le hizo un ademán de cabeza a sus Coyotl, y varios de ellos se separaron del grupo con tal de buscar a los ingenieros que los ayudaran a extraer el secreto que esconde la Capsula Supersónica.

El Jefe de los Coyotl enfundó su subfusil a la espalda y fue el primero de todos los Coyotl en acercarse a la Capsula Supersónica. Su sueño finalmente se estaba haciendo realidad, y con ello, su ego lo hizo sentirse como el más poderoso de todas las Regiones Autónomas. 

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