i. Distracciones

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—Supongo que ya no hay reglas que nos digan lo que se nos permite hacernos los unos a los otros.

Estiro la espalda y al miro con la cabeza bien alta.

—Everdeen. —Sus ojos me miran sorprendidos por el uso de su apellido. — Está usted en mi equipo porque así lo he querido. Yo elijo las reglas, y debemos tener todas las posibilidades en cuenta. —Aprieto los labios antes de añadir algo más. — Además, ¿no dicta Snow sus propias reglas para sus propios Juegos? —Ella asiente, mirando al suelo, probablemente intimidada por la mirada de todos los presentes alrededor de la mesa sobre ella más que por mis palabras. — Pues es nuestro momento de mover ficha.


Los aerodeslizadores se colocan en formación mientras descienden sobre el Distrito Dos. Miro por la ventana, viendo los edificios más altos que no podría haber nunca imaginado desde mi cama con el MP3 encendido. Se alzan, potentes y tristes, frente a las montañas, bastas y feroces.

Aterrizamos en un lugar seguro, y Boggs y yo descendemos los primeros. Gale y Katniss nos siguen de cerca.

Un hombre armado nos da la bienvenida en el suelo.

—¡Bienvenidos al Distrito Dos! —Le doy la mano. — Soy el cabo Homes. Por aquí, por favor.

Agarro mi rifle con más fuerza.

Caminamos entre los escombros hasta que nos sorprende una explosión. No ha caído cerca, pero todo mi equipo se ha agachado por acto reflejo. Homes nos mira sin inmutarse y sonríe.

—Tranquilos, así dan los buenos días los leales al régimen.

Intento resoplar, pero todo lo que sale de mi boca es aire caliente que choca contra el frío de la mañana.

Llegamos a la mesa central, donde los rebeldes del Dos tienen su punto de partida. Está en los soportales de un edificio que aún se mantiene en pie. Boggs y yo nos quedamos cerca del resto de los generales de la misión. Se supone que él debe de dirigir a nuestros hombres en combate y yo debo de mirar todo con ojo crítico y evaluar las decisiones: tanto bélicas como tecnológicas; aquí los dos campos se dan la mano.

—Presidenta Coin, estamos en deuda con usted por los refuerzos y por el Sinsajo —le dice la comandante del Dos a la presidenta a través de una videollamada—. Pero no estoy segura que ninguna persona que no sea del Dos sepa a lo que nos hemos enfrentado —añade con tono menos amable—. Esto es el Hueso. —Un holograma de las montañas se extiende en la pantalla de la mesa. — El cuartel general del Capitolio para todas las operaciones ofensivas. El personal está formado de militares y civiles del Distrito Dos. Como puede ver, la fortaleza se adentra tanto en el lecho de roca, que es intocable. —Siento la mirada de Katniss en mi perfil. — Ayer intentamos tomar la puerta noreste, el enemigo contraatacó y tuvimos que retirarnos... Sufrimos muchas bajas.

—Podríamos engañarles —sugiere otro militar—, enviar tropas hacia una puerta y atacar al mismo tiempo por otra.

Otra general, Baylor, carraspea.

—¿Y qué tropas sugiere para engañarles, comandante?

Coin alza la voz al otro lado de la pantalla.

—Tenemos al Sinsajo y a mi comandante personal, la señorita Walsh. No las subestimen.

Espero que todos miren a Katniss, pero la mirada de los generales y comandantes se clava en mí. Inflo el pecho, intentando que parezca que doy la talla para el título, y hablo.

—Katniss podría intentar hacer cambiar de opinión a los fieles, minar el apoyo —sugiero.

Un hombre de la edad de mi padre, mayoritariamente calvo, pone los ojos negros en blanco.

—Son ambas unas niñas —se queja—; ¿quiere dejar esto en sus manos?

Estoy a punto de decir algo, pero la General del Dos se adelanta.

—Lleva usted demasiado tiempo bajo tierra, señora Coin —le dice—. Eso no es como el resto de Panem: el apoyo al Capitolio aquí es muy fuerte.

Coin le sonríe sínicamente.

—Entonces, todas las vidas sacrificadas serán pocas. —Pausa. — Tenemos que controlar el arsenal que alberga esa fortaleza —declara—. Incluso juntándonos con todos los Distritos nos aventajan en armamento.

—No pondré en peligro a mi gente sólo para saquear armas —responde Baylor.

—Comandante Baylor, su gente ha sufrido más que nadie a manos del Capitolio.

—Y por eso no aprobaré un suicido colectivo.

—Si no tomamos el Distrito Dos, no entraremos en el Capitolio.

—¿Bastaría con inutilizar la fortaleza —interrumpe Gale, ganándose todas las miradas, incluyendo la mía— en lugar de tomarla?

—¿Y quién es este? —Dice el calvo.

Dios, qué hombre más insolente.

—Gale Hawthorne —digo—. Distrito Doce. Segundo al mando del Capitán Boggs y también bajo mi mando.

—¿Qué tienes en mente? —le pregunta Baylor, pero él me mira a mí.

Suspiro y muevo la cabeza para que hable.

—Hay que verlo como una guarida de lobos —dice él—. No es posible entrar por la fuerza, así que hay dos opciones: atrapar a los lobos dentro... u obligarlos a salir. De no atacar directamente, no podríamos utilizar nuestro aerodeslizador para acercarnos a las montañas, atacaremos puntos débiles en las cimas.

—Podríamos diseñar la secuencia de detonación —aporto yo— utilizando datos sísmicos.

—Provocar avalanchas —adivina la general del Dos.

—Bloquear las entradas, cortarles el suministro, imposibilitar que ningún aerodeslizador pueda salir —dice Gale.

—¿Enterrarlos vivos? —pregunta Baylor.

Katniss parece tan disgustada con nuestra idea como ella.

—Perderíamos la oportunidad del controlar el armamento —dice Coin.

—Pero nos enfrentaríamos a un Capitolio debilitado —respondo.

—Allí dentro hay civiles —dice Boggs mientras me mira—. Deberían de poder rendirse. Se podría usar uno de los túneles para los evacuados.

—Es un detalle que no tuvieron con vosotros cuando bombardearon el Doce —escupe Gale.

Le miro con dureza, y parece rendirse ante mi mirada dura.

—El Capitolio no tiene detalles con nadie, en eso estamos todos de acuerdo, Gale —digo—. Pero esto no es el Capitolio. —Me giro hacia los demás. — Propongo que intentemos la avalancha con nuestras bombas de implosión.

—Pero nos olvidaremos del túnel —dice Coin, la miro frunciendo el ceño—. Los civiles correrán a la plaza donde nuestras tropas esperarán su rendición.

Suspiro, es, al menos, mejor que nada.

—Deberíamos proporcionar atención médica —dice Baylor.

—¿Y si no se rinden? —pregunta la general del Dos.

—Necesitaremos una voz convincente que les persuada —dictamina Coin.

A STORM LIKE HER ━ Gale HawthorneDonde viven las historias. Descúbrelo ahora