Capítulo 8: De comienzos y finales (parte I)

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La luz que penetraba por la ventana de la sala, permitía observar lo meticulosamente ordenado que permanecía todo allí. La alargada mesa de madera, sin rastros de polvo, permanecía escoltada por diez sillas en las que los Rasats esperaban la llegada del rey. La silla de éste, lo aguardaba en la cabecera. Tenían en sus apoyabrazos un pequeño y acolchonado cojín del mismo color que el almohadón del asiento: rojo. El respaldar era de la misma altura en todas las sillas; excepto la del rey, que además de ser unos cuantos centímetros más elevado, se encontraba tallado de tal manera, que simulaba las ramas de un árbol.
Las personas allí presentes se echaban ojeadas y revoloteaban su mirada con un deje de ansiedad; pero no emitían palabra. Dos guardias se encontraban parados con su mirada al frente, sobre la puerta que apuntaba a la mesa. El silencio resultaba incomodo, de esos en los que el mínimo movimiento parece un estruendo; de esos, en los que hasta es posible oír a alguien tragando saliva.
La sala estaba adornada con cuadros de diversos tamaños y algunas repisas que contaban con libros ordenados temáticamente. El suelo de cerámico parecía haber sido pulido ese mismo día, daba la sensación que uno podía reflejarse en el.

Unos sonidos, comenzaron a aventurarse como leves chasquidos sonando por lo lejos. Luego se convirtieron en palmadas que retumbaban por la habitación, hasta que finalmente fue posible distinguir el golpe de los talones anunciando el paso.
Poco a poco a esto se fue sumando el carraspeo, algunas exhalaciones y toses hasta que el silencio finalmente se disipó. También sonaban algunos intentos bajos de palabras, como si estuviesen preparando sus gargantas para una exposición.
El golpeteo de los pasos fue zumbando más y más, hasta que por fin desapareció. Luego de unos pocos segundos, un crujido agudo, irritable como un alfiler adentrándose en un dedo, dio la señal de que la puerta comenzaba a abrirse. Instantáneamente el silencio volvió a reinar en la sala y quienes aguardaban sentados ahora mejoraban su postura e intentaban disimular su nerviosismo. Cuando las puertas estuvieron abiertas por completo, Taniel comenzó a caminar hacia la mesa. No iba acelerado, en verdad, iba paso a paso observando las caras de sus Rasats; quienes permanecían mirando al frente ya que era descortés mirar al rey antes de que éste diera la palabra para iniciar la junta. A su paso, volvían a cerrarse las puertas mientras los guardias hacían una solemne reverencia y se retiraban.
Antes de sentarse, rozó con sus dedos el respaldar de su asiento observando dos sillas que se encontraban vacías. Una de estas se encontraba intacta, mientras que la otra tenía los apoyabrazos arrancados. Se trataba de la silla de Gena, que para poder sentarse, necesitaba que estos no estén.
El inmaculado color blanco que portaba el vestido del rey, resplandecía con los rayos de sol que penetraban la ventana. Su pelo, se movía de una manera conjunta mientras se reposaba sobre su silla. Inclinándose algunos centímetros, dejó caer sus brazos sobre la mesa, relajando sus hombros. Entrelazó sus dedos y comenzó a hablar.

—El imperioso motivo por el cual los reuní con anterioridad a la fecha pactada—algunos cuellos comenzaban a descontracturarse y las miradas a buscarse. Como si las palabras del rey hubieran permitido cierta libertad en la sala—. Como espero, deben saber, la amenaza —escupía sus palabras como si tuviera pelos en la lengua—. La escoria rebelde, no ha sido eliminada por completo.

Uno de los Rasats, que se encontraba al final de la mesa, sobre la izquierda de Taniel, esperó a que éste terminase para decir unas palabras. Dio unos toques con el dedo índice sobre su garganta, intentando controlar la ansiedad. Luego de unos segundos y asegurándose de no interrumpir a su rey, volteó una mirada solemne hacía él y dijo:

—Señor rey —la voz de éste se oía como la de una persona cansada, sin ánimos de discutir. Quizá era por su edad; aunque aparentaba muchos más años de los que en verdad tenía—. Me atrevería a decir —las palabras salían de su boca de una manera lenta y firme; como si pensase cada frase. Era de esas personas, que se esconden bajo un velo de madurez para emitir sus opiniones—. Que las fuerzas de resistencia a su legítimo mandato son ínfimas. Hormigas esquivando lo inevitable del volcán —alardeaba ondeando sus brazos—. Saben que pueden caminar; pero eventualmente se quemaran —estiraba una sonrisa, marcando que su intervención había finalizado.

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