Capítulo 6: La conmemoración (parte IX)

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Los ya no tan leves resplandores de sol, comenzaban a molestar en sus pómulos y ojos a Rigal. A medida que iba tomando consciencia, empezaba a sentir el aroma y el cotilleo habitual de los bosques. Un sonido, en principio sereno, como el choque de piñas o el crujiente descascaro de un árbol; hacían volar la imaginación del Mythier mientras daba pequeños golpes sobre su cuerpo para animar a sus músculos a despertar. Este conjunto de sonidos se manejaban en una sincronía, como todo en el bosque. Todo era armonioso. La naturaleza era armoniosa.
Sus oídos ya podían afilar al máximo su sentido mientras Rigal intentaba incorporarse, y fue en ese momento en que noto algo raro en la "canción del bosque", como el la llamaba. Los graves y los agudos se entremezclaban de una manera poco natural, según su percepción y esto lo ponía a alerta. No se escuchaban animales terrestres por la zona. Sólo se distinguía el aleteo de algunos pájaros.
El ruido de una caída, según imaginaba Rigal, robó su concentración e hizo desaparecer sus pensamientos. Notó que sus compañeros no estaban allí, con él. Al levantarse, se dejó guiar por los ruidos que iba encontrando y para su sorpresa, encontró el motivo por el cual los animales no estaban saludando su amanecer. Estaba acostumbrado a despertar en los bosques y sentir que los seres que los habitaban, le daban la bienvenida. Día tras día.
La sonrisa comenzaba a dibujarse en él. Sus ojos recorrían todo el escenario, no podía creer lo que le estaban mostrando. Intentó no hacer ruido; pero para cuando se percató ya era tarde. Lo habían visto. Ver a Oriana entrenar con Milton le producía una infinita emoción y esperanza.
Como dos nenes vergonzosos, al darse cuenta de que estaban siendo observados, cubrieron las espadas de rama en sus espaldas y sonrieron.

—Lamento haberte despertado —decía la guerrera. Permanecía erguida y no se la notaba agitada; no así quien estaba a su lado. Tenía su rostro con tierra y masajeaba sus hombros intentando sentirlos—. Terminamos —dirigiéndose ahora a Milton—. Por cierto... estuviste muy bien.
Oriana se alejó, dejando una alegría en el joven que no podía disimular. A pocos metros se recostó y Rigal cambió el enfoque de su mirada para concentrarse en Milton.

—¿Estás cansado?

—Sí... —respondía encorvado, intentando recobrar el aliento—. Realmente sí —esta aclaración causaba gracia en Rigal que se sentaba enfrente de él.

—Entonces meditemos —haciendo un ademan de invitación con sus manos—. Eso podía ayudarte.
Por la cabeza del joven pasaban distintos pensamientos. Estaba cansado. Quería descansar no meditar.

—Es que... —tímido—. Realemente me duele el cuerpo, habré caído y rodado por el suelo unas —haciéndose el que pensaba—. ¿Cinco veces? ...

—Ocho —se escuchaba la voz de Oriana a lo lejos.

—Sentate —mostrándole la palma de la mano en señal de que se callara. Milton obedeció, después de un resoplido no descortés—. Quienes dominamos la meditación, podemos hacer lo que queremos con ella. Podemos ir a lugares a en los que nunca estuvimos e incluso volver a vidas que no vivimos. Entenderás su importancia pasado tu entrenamiento —hacía una pausa—. Por eso la importancia de que aprendas esta técnica es fundamental. Con el correr del tiempo no necesitarás largas horas, dominarás tus emociones y podrás controlar el exterior a tu antojo —volvía su mirada con cierta tenacidad hacia el joven—. Lo cual conlleva una gran responsabilidad.

Milton no quería interrumpir a quien empezaba a tomar como su maestro; pero sentía los músculos de sus piernas doloridos y acalambrados, por lo que involuntariamente movía su cadera intentando aliviar el peso que caía sobre estas.

—Esto que te enseñaré hoy, en una persona entrenada puede causar la disminución del dolor... pero en los Mythier, puede hasta curar ciertas heridas de gravedad. Quiero que te concentres en tus músculos doloridos, entiendas porque te duelen— Rigal hablaba mientras que Milton seguía cada una de las palabras con sus ojos cerrados—. Ve como sanan.
Pese al esfuerzo, el joven no lograba más que visualizar fragmentos de su vida. Él sabía que debía concentrarse aún más cuando sucedía eso, pero no lo conseguía. Sólo incrementaba su dolor y por consiguiente, aumentaban su desconcentración.

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