Capítulo 6: La conmemoración (parte II)

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El chillido de las hojas y el sonido de los gritos de quienes los perseguían comenzaban a hacerse notar con más fluidez. El repiqueteo de los gapers se hacía insoportable: por la cabeza de Germanus comenzaba a hacerse la idea de pelear. En cambio Milton, atento con su mirada en el horizonte vislumbraba un sendero que conducía a unas cuantas casas de construidas precariamente. «¿Será eso una aldea?». Los pensamientos del joven se disiparon en cuanto escuchó un gemido voraz y espeluznante. Volteó sin perder el equilibrio y logró ver a Gena gritando y guiando a quienes los seguían. El cuerpo del joven se tensó y sus manos comenzaron a transpirar, dificultando su agarre. El Ghetar montaba una bestia similar a la que llevaba al joven; pero aquella, además de ser más grande, parecía rabiosa. Su pelo estaba despeinado y sucio. Sus dientes esperaban ansiosos por cazar algo y de sus encías colgaban hilos de baba que iban quedando en el camino.
Las flechas cortaban el aire a gran velocidad ocasionando un leve silbido y al asestar en la tierra o en los arboles, comenzaba a olerse el daño que el fuego que les hacía.
Germanus, que ya había volteado hacía un tiempo, evadía los proyectiles incendiados con sus armas. No eran muchos quienes los perseguían, pero los superaban en número. La mirada de Gena lo desafiaba. «Son... —pensaba mientras los señalaba—. Tres. Siete. Nueve... Mejor dejo de contar —tomó impulso con su brazo izquierdo, para saltar de la bestia y aterrizó sobre el soldado más próximo. Ambos terminaron en el suelo; pero a diferencia de Germanus, el soldado ahora exhalaba su último aliento tendido sobre la tierra. Sacando sus dos armas de la armadura penetrada, comenzó a gritar.

—¡Uno por uno! —erguido y contrayendo sus músculos. No estaba enojado ni fuera de sí. De hecho a Milton, sus palabras le parecían burlonas—. Acabaré con todos.
Salió corriendo en busca de su próximo objetivo sin perder de vista que unos cuantos metros a su derecha estaba Gena con quien compartían un inmenso rencor.
Milton observaba con cierto fanatismo la escena y con algo de envidia también, después de todo, Germanus estaba convencido de que podría contra todos esos enemigos él solo.
Habiéndose alejado lo suficiente como para que el joven esté a salvo, la bestia se frenó. En ese momento Milton entendió: Rigal iría al combate.
Al bajarse se escondió detrás de un árbol. La bestia lo miró, como si estuviera diciéndole que se quedara allí.
Para Germanus la situación se volvía algo apretada. Si bien el continuaba luchando con la tenacidad que lo caracterizaba; se encontraba esquivando puntas de espadas que se esgrimían en su contra, sin perder de vista las flechas que caían de los árboles intentando reducirlo. Esto era observado por Gena, que estando cerca se deleitaba con la sangre que era regaba sobre las plantas.

—Se mueve bien —Kinta pensaba en voz alta mientras veía como el rebelde calculaba el momento y el lugar en donde recibiría una flecha, para usar a algún soldado de escudo.
Este comentario hizo que el Gena la mirara con odio. Se sintió desafiado.
Era muy fácil enfurecer a los Ghetar, en verdad, vivían con la ira en sus venas. Lo único que los movía era la destrucción y la dominación. El único código de honor de su raza era no meterse con los suyos, y desde el pacto, tampoco meterse con los soldados del rey; aunque esto último no lo llevaba grabado en su piel.
Ésta bestia despiadada y carente de empatía, jamás lastimaría a los de su raza sin el consentimiento de su comunidad y este se prestaba sólo en dos ocasiones. La primera era cuando se realizaba un torneo aceptado por el Jhelf y la segunda cuando algún miembro de la comunidad corrompía su propia raza. Tenían una estructura de poder particular, pero nadie, ni siquiera el mismo Jhelf, podía transgredir estas normas.

 Tenían una estructura de poder particular, pero nadie, ni siquiera el mismo Jhelf, podía transgredir estas normas

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