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Theo amablemente me dejó fuera de mi hogar sana y salva tras el acontecer de una mañana algo agitada. Pese a que no había sido mi intención, para cuando pensé que se estaba haciendo tarde el deseo ya nos había vuelto sus presas otra vez así que me dejé cazar sin más.

A base de caricias fascinantes y mucho frenesí, Matheo me había ayudado a erradicar todo temor infundado por tener que volver a enfrentarme a mis padres luego de que, de manera desconsidera, inmadura y casi inconsciente, en los albores de la pasada noche abandonara mi hogar sin dar siquiera pistas de algún posible paradero pues ni yo misma sabía si tendría uno. Y si iba a prescindir de uno. Y es que, en cuanto aquella noticia vino para darme el segundo gran golpe más doloroso de mi vida, la idea de que el mañana no tenía sentido había debilitado demasiado esa parte de mí que anhela vivir, tanto que hasta esperar por volver a contemplar la luz del sol una vez más parecía absurdo.

Ahora sé que estaba ahogándome en un vaso de agua y que transmuté la angustia y aflicción que me embargaban en una falsa agonía. Pero bien sé que me encargué de agravar mis penas cuando sólo debía esforzarme en relegar el gran miedo que se había posado sobre mis hombros, lo supe cuando, en algún momento de conciencia en medio de la noche, llegué a elucubrar en la esperanza que todo acaecimiento negativo trae consigo, aunque fuese minúscula, y que sentía no se había extinto del todo dentro de mí. Es más, sigue habiendo esperanza incluso tras procesar las palabras que acabo de oír.

Cuando nuestras últimas energías cedieron me obligué a transigir que no podría acaparar por siempre el tiempo de Matheo. No me quedó más que hacerme a la idea de que debía volver a mi hogar.

He de admitir que no es que hubiese gozado de agallas en ese instante en que toqué por fin la puerta principal de mi casa, es más, las ganas de huir y desaparecer por un tiempo se habían avivado junto con el acelero inadecuado del palpitar de mi corazón. Pero, tratando de mantener en mi mente la imagen preocupada de Matheo y las alentadoras palabras que me dedicó mientras estábamos en su auto y recobrando a la vez los recuerdos que creamos en una noche nostálgica y apasionada, me animé a marginar la cobardía y a adoptar algo de firmeza para poder continuar.

No podía huir de nuevo, mi familia no merecía más tormentos. Y creo que yo tampoco.

El primero en recibirme fue mi pequeño hermano, el cual, en cuanto abrió la puerta y descubrió que quién tocaba era yo, trasformó sus gestos alabeados por evidente agotamiento y tristeza en una mueca tan cargada de ira y rencor que el sólo verle me llenó de agrio pesar y culpa. Luego de unos instantes de escudriño furioso, acrecentó mi abatimiento descargando sin contención alguna el congojo que debió estarle hostigando en un grito casi desgarrador que reveló palabras de desprecio que, tristemente, estaban completamente destinadas a mí.

Jamás cruzó por mi mente que la voz inocente de un niño podría lastimarme, porque sí, el mundo piensa que las palabras infantiles son ingenuas, inexpertas y carentes de veracidad, todo porque esas traviesas criaturas pueden cambiar de opinión de un segundo a otro. Pero hay un factor a favor de la habladuría tan pura de un niño, y esa es la sinceridad; su valiosa y jamás despreciable sinceridad, aquella que Ian derrochó con tanta energía que fue capaz de herirme en el proceso. Y era de esperarse que eso sucediera puesto que, después de todo para mí él no es un niño común y corriente como cualquiera, sino que es un pequeño bocón con aires de adultez que, aunque no lo demuestre, ama su infancia; es un chiquillo esforzado y comprometido, dotado de grandes habilidades, inquieto y curioso a su manera, él es el centro y la luz fulgurante de nuestra familia. Él es mi base, mi esperanza, mi más y mi motivo, es mi pequeño hermanito, y temer que el odio hacia mi brotara dentro de él fue el más grande golpe tras el rastro de decepción que dejaron sus palabras. Sé que algo como aquello tiene pocas probabilidades de suceder, pero en ese momento el tambaleo de mi supuesta seguridad no me dejaba pensar con claridad.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora