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No había visto antes a una mujer que a su edad se conservase tan sublimemente hermosa; su atuendo, sus rasgos mayormente caucásicos, sus gestos, sus movimientos, todo, absolutamente todo en ella desbordaba delicadeza y elegancia

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No había visto antes a una mujer que a su edad se conservase tan sublimemente hermosa; su atuendo, sus rasgos mayormente caucásicos, sus gestos, sus movimientos, todo, absolutamente todo en ella desbordaba delicadeza y elegancia. Ella, a pesar de poseer una vasta cantidad de años que se empeñaron en grabarse en su rostro, goza de vitalidad y de belleza, pero sobre todo, de sofisticación, realmente en su persona vi un claro ejemplo de ese concepto, pero también no pude evitar descifrar en su mirada un dejo de frialdad y distancia. Había una barrera invisible entre su personalidad y todo aquello que la rodea.

Sentí su lejanía sólo con saludarla.

Pero con mi rubio amigo era muy diferente, su actitud cambió en cuanto se percató de la presencia de Dylan a mis espaldas luego de abrirnos la puerta. Sus delgados labios se ensancharon en una sonrisa y sus ojos centellearon por el sólo hecho de verle nuevamente. El instante en el que el malcriado se perdió en sus brazos cual pequeño niño, fue una escena tan conmovedora que fue una terrible tortura disimular la presión en mi garganta y mantener aprisionadas unas cuantas lágrimas emotivas en mi organismo.

No quería interrumpir el bello momento que se llevaba a cabo frente a mis ojos con mi sensibilidad absurda.

El abrazo se deshizo en breves segundos, Dylan había recordado mi presencia y me presentó a su abuela para luego dirigirse raudo a su habitación, preparar sus cosas en unos minutos y además despedirse de Tatón, su adorado hámster, por supuesto.

Tal vez se debió a que no nos conocíamos, quizá al idioma o no sé, pero en el momento en que Dylan se marchó, su abuela adoptó nuevamente la actitud con la que me había recibido, y sólo se dedicó a inspeccionarme detenidamente; yo, por mi parte, sólo fingí que no notaba su mirada inquisitiva sobre mí. Gracias al cielo que junto a nosotras también se encontraba Nani, quién se encargó de romper —o al menos agrietar— el grueso hielo impuesto en el ambiente hablando por separado con una o con la otra.

Al salir del departamento de Dylan mi necesidad de comentarle todo aquello que cruzaba por mi mente deseando fervientemente fugarse fue demolida por su «después hablamos».

Ahora sólo admiraba el paisaje a través de la ventana, algo trastocado por la velocidad que había adquirido el vehículo, con la imagen de la abuela de Dylan incrustada en mi memoria, en reemplazo de la preocupación que desprendió mi madre cuando nos despidió. Realmente no podía dejar de pensar en su rostro y en lo inusualmente agotado que lucía, hasta que conocí al fin a un pariente de mi queridísimo amigo, el que en estos instantes ocupa mi hombro como almohada, desde ese momento la figura de la mujer mayor es la que acapara mis cavilaciones, aunque, no del todo.

Me gustaría decir que los cantos eufóricos que colapsan el espacio en el trayecto hacia a la casa de Sophie amenizan el viaje, pero en realidad, causan el efecto contrario.

Los tortolitos, Zaray y su novio Raimundo, no han parado de cantar desde que fueron por nosotros ésta mañana a mi casa, y vaya que me gustaría decirles que sus desafinaciones alimentan la contaminación acústica del mundo, pero para qué quebrar esa alegría tan característica que los colma.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora