Epílogo

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Corría un aire helado que calaba hasta los huesos, era noche y el frío clima estaba peor. A pesar de lo ropa abrigada que llevaba puesta sentía pequeños cubos de hielo impregnados en su piel. Hacía fricción con las manos para entrar en calor y aun así no era suficiente. De todos modos, no era nada que no podría soportar.

Se encontraba sentada en una banca de metal, frente a un restaurante de comida rápida donde su única compañía era un libro de Paulo Coelho. Tenía como distracción a las personas pasar frente a ella de un lado a otro con sus ropas abrigadas. No había mucho que hacer, sólo tenía que esperar a que su amiga llegara, pero ya habían pasado quince minutos y no aparecía. No entendía por qué, ella sabía perfectamente que no toleraba los lugares con tanta gente mientras se encontrara sola.

Decidió ignorar todo a su alrededor para calmar sus nervios y las ganas de irse, así que sacó el libro de su vieja y desgastada mochila que solía usar para salidas como estas. Ahí guardaba cosas comunes de adolescentes, lo típico: celular, audífonos, estuche de lentes, libros y algo de dinero, por supuesto.

No supo si fue casualidad o coincidencia, pero en una de las páginas que estaba leyendo vio una pequeña frase que le fue imposible no pensar en aquel chico que reía de todo. En el libro se leía:

Cuando llegue a un poblado que ya conozca, entraré por un camino distinto. Estaré sonriendo, y los habitantes del lugar comentarán entre sí: «Está loco, porque la guerra y la destrucción volvieron la tierra estéril».

Pero yo seguiré sonriendo, porque me agrada la idea de que piensen que estoy loco. Mi sonrisa es mi forma de decir: «Pueden acabar con mi cuerpo, pero no pueden destruir mi alma».

Es él. Definitivamente, es él.

Sonrió con nostalgia sin poder evitarlo sintiéndose estúpida por ello. En el mismo instante que acariciaba las letras con sus ojos, su celular sonó estruendosamente con la canción Yo soy tu amigo fiel de la película Toy Story.

Debo cambiar el tono cuando tenga que salir, pensó con las mejillas enrojecidas de vergüenza buscando el aparato en su mochila. Algunas personas al pasar le lanzaban miradas desconcertadas por la canción infantil.

Cuando leyó el nombre de quien la llamaba, sintió algo romperse. Su pulso se aceleró, sus manos sudaban y los recuerdos la invadían sin piedad.

Zarek.

El nombre del chico seguía leyéndose en la pantalla todavía con las opciones de responder o colgar. Dudó. Por primera vez, dudaba en responderle a Zarek.

No sabía que podría decirle después de todo lo que pasó entre ellos. En ocasiones anteriores le pidió que ya no la buscara, que lo único que provocaba era hacer la herida más grande de lo que la había dejado. Aun así, el parecía no darse por vencido. Ni siquiera podía imaginar si todavía tenían una oportunidad para volver a empezar, o si ella podría ser capaz de olvidar todas las horribles cosas que le hizo. Y no era que lo odiara ni mucho menos, sólo odiaba el no poder odiarlo. Tal vez así sería más fácil renunciar a él y que al recordarlo no sintiera ese enorme vacío en el pecho.

Adam [¡DISPONIBLE EN FÍSICO!]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora