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Sigo pensando que es una mala idea

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Sigo pensando que es una mala idea. Sé que fue mía y que nadie está obligándome a nada, sin embargo, heme aquí.

Observo con nerviosismo la perilla plateada de la puerta del cuarto n° 672, tengo la llave de la habitación al igual que el desconocido que se encuentra dentro. Aprieto el pequeño metal con toda la fuerza que mi mano derecha me permite provocando que aquel resbalara por el sudor, se zafase de mi agarre y finalmente, cayera. Afortunadamente mis reflejos, que están inusualmente activos, me ayudaron a lograr alcanzar dicha llave antes de que tocara el suelo y generara ruido. ¡Qué susto!

Aún tengo tiempo para retroceder e irme, no le he visto la cara, no le debo nada por lo que no implicará un gran cargo de conciencia dejarlo plantado.

Estoy temblando, y a decir verdad, ha sido una real hazaña el mantenerme en pie y más el dar unos simples pasos, y lo fue muchísimo más el haber armado mi camino hasta aquí. Me siento orgullosa de mi logro: el haber llegado donde estoy sin tropiezos, pero creo que mis pies no concordaban con las intenciones de mi corazón, y es que, realmente no quiero hacer esto.

Es por ti Alan, toda esta locura la inicié por ti, me has cautivado y no quiero decepcionarte.

Hace una semana se me ocurrió, por la mañana lo medité y por la tarde del mismo día había comenzado, seriamente, a preparar mi plan. Fue nuestro primer beso el detonante de mis preocupaciones puesto que aquel contacto entre ambos que tanto ansié pronto se convirtió, durante los meses que siguieron, en el demonio que me atormentaba por las noches, porque después de ello ya sabía lo que venía.

Sí, yo no me destaco por ser una chica fácil, es más, ni siquiera podría serlo ya que soy del tipo de mujer que suele pasar desapercibida entre la multitud, una habitante más de este mundo, alguien que simplemente vive y, en cuanto a ''vivir'' se refería para mí no predominaba el tener una gran preocupación por mi apariencia física, lo cual, claramente no resultaba atrayente para los chicos.

De mi casa la universidad, de la universidad a mi casa, vigilar a mi demoniaco hermano, bueno tal vez exagero, cuidar a ese diablillo de mi hermano entonces. En eso consistía mi vida. Ni salidas ni fiestas, ni actividades extracurriculares, nada fuera de los límites de mi hogar. He de admitir que tengo la suerte de tener a mis tres amigas —está demás decir que ''una'' es varón ya que hasta a él mismo parece olvidarlo a veces—, personas que amenizan mi existencia en este mundo.

Pero mi monótona rutina fue pulverizada en cuanto su mirada chocó con la mía, cielos, sé que suena terriblemente cursi pero se debe a que soy primeriza en esto del ''amor''. Recuerdo muy bien las palabras que Alan utilizó para dirigirse a mí, no podría olvidarlas, ni el simple «hola» que ocupó para iniciar la conversación, y es que, su semblante seguro y amable cautivó al indomable corazón que solía latir egoístamente en mi pecho, ese que no solía inmiscuirse demasiado en asuntos ajenos y se mantenía siempre al margen. Ahora creo es diferente, más empático gracias a él.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora