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—La familia Camilleri nos espera, Reachell —habló Ted demandante y mirándola con el ceño fruncido.

La castaña alzó la mirada de su libreta encontrándose con los ojos verdes de su padre. En ellos había un vacío interminable, como un abismo que provocaba escalofríos.

—No iré —respondió por enésima vez aún postrada en su cama y volviendo su vista a su cuaderno mientras escribía.

—Claro que irás. Cada año nos comprometemos en ir a cenar con ellos.

—Y cada año he ido —su voz sonaba distante y fría, como era habitual en ella—. Después de lo que pasé, no me siento preparada para salir de casa.

Incluso para ella sonaba patético y estúpido lo que había salido de sus labios, pero tenía que encontrar una excusa para quedarse con Zarek, con quien ya tenía un vínculo especial. No solamente eran las odiosas hijas de los Camilleri la razón por la que no quería ir, sino que sus padres pensaban dejar al chico solo en la casa, ya que el hecho de que Ted haya engañado a su madre no sería una buena imagen para ellos.

—Además —habló nuevamente interrumpiendo la respuesta de su padre—, tengo que hacer los trabajos faltantes.

—Son vacaciones, ya no es necesario.

—Sí que lo es. Ahora, vayan tú y mamá. Zarek y yo nos quedaremos.

—Reachell...

—No me siento bien, ¿de acuerdo? No querrás que los Camilleri me miren rara y piensen mal de ustedes cuando se den cuenta que algo me pasó.

Ted soltó un suspiró de rendición mientras asentía y se dirigía a la entrada de la habitación.

—De acuerdo. Te la dejaré pasar sólo por esta vez —dijo dando un fuerte portazo al salir.

Reachell ni siquiera se inmutó y siguió escribiendo sus relatos. Su cabello estaba enmarañado puesto que en todo el día no se peinó, ni siquiera se había quitado el pijama con estampados de discos que traía. Era la primera vez que se había librado de una ida con los Camilleri, lo cual era bastante bueno. Tal vez, eso era lo único que podía agradecerle a Adam.

Adam.

No había pensado mucho en él, pero no negaba que sentía una rara sensación de perdición. Como si el chico fuera la respuesta a algunas preguntas que ella tenía en mente y él era el único que podía ayudarla, pero que ahora se había ido.

Desde aquel incidente en la pequeña cabaña no lo había vuelto a ver. Ni a Liv, ni a Scott.

Pareciera que sólo ayer todos estaban con ella corriendo peligro, amenazándola y peleando, pero ahora simplemente se habían esfumado dejándola desconcertada y con la mente llena de preguntas.

Alguien tocó la puerta sacándola de sus pensamientos y escondió la libreta entre las cobijas que la cubrían.

—Adelante —dijo apenas en un susurro, sin embargo, fue suficiente para que el chico pelirrojo entrara.

—Tus padres acaban de irse —anunció con las manos metidas en los bolsillos—. Digo, por si quieres bajar.

—¿Dijeron algo?

—Además de tu madre diciéndome que si su imagen se manchaba sería mi culpa, no, no dijeron nada.

—Bien —respondió mientras dejaba las cobijas de lado y comenzaba a doblarlas—. Estamos solos, entonces.

—¿Siempre han sido así?

—No lo sé. Pero desde que me acuerdo, sí. ¿Te sorprende?

—Un poco. Por cierto, ¿quieres que hagamos una cena nosotros? Ya sabes, por navidad. Con mi madre solíamos ordenar pizza, hacer spaguetti o lasagna. Un par de veces hicimos pavo.

Adam [¡DISPONIBLE EN FÍSICO!]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora