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Un señor de tez morena salía de la habitación mientras cerraba la puerta tras de sí con lentitud para evitar hacer ruido. Su mujer, quien era de complexión robusta y tez clara (aunque no blanca), se abrazaba así misma con nerviosismo y preocupación. Al ver a su marido salir, de inmediato bajó los brazos y se acercó a él. Su cabello negro azabache caía como cascada sobre los hombros donde las canas aún no habían hecho su presencia.

—¿Cómo está? ¿Se recuperará? —Preguntó en un susurro de forma apresurada.

—Tranquila Ivana —dijo posicionando sus manos sobre los hombros de ella mientras la miraba con ternura—. Él está bien. Aunque perdió mucha sangre logré hacerle un pequeño estudio para detectar cuál era su tipo. Para su suerte, el A-negativo era el último suministro que me quedaba.

El hombre con canas casi invisibles y de cabello castaño oscuro le sonrió para tranquilizarla. Sus ojos eran cafés que bien podrían hacerse pasar por negros, mientras que los de Ivana eran azulados como el mar cuando se observa desde lejos, o cuando está el cielo completamente despejado.

Ella se llevó una mano al pecho y dio un suspiro de alivio.

—Dios Albert, nunca me había alegrado tanto como hoy de que fueras doctor —dijo mostrando una sonrisa preocupada que trataba de ocultar—. Hay que bajar, Adalia debe estar muerta de nervios.

Él asintió y tomó a su esposa de la mano para bajar juntos a la cocina, que era donde se encontraba su hija preparando el desayuno.

La casa era pequeña a pesar de ser de dos pisos. Estaba decorada con sencillez como algunos cuadros familiares, frases y pinturas que daban alegría y comodidad al hogar. La cocina estaba casi unida con la sala, lo único que los separaba era un comedor cuadrado de madera con cuatro sillas. En la parte de arriba había tres habitaciones muy ajustadas a penas para una persona. Cuatro, si se cuenta el consultorio del padre de Adalia.

Ella levantó la vista cuando vio a sus padres bajar, apagó la llama donde estaba el sartén y comenzó a servir el omelette en los tres platos que estaban ahí.

—¿Está bien? ¿Qué pasó? —Preguntó preocupada y mirándolos a ambos con nerviosismo.

—Si estar bien es estar vivo, entonces sí, está bien —respondió su padre acercándose a ella junto con su madre.

Adalia sintió que el gran peso que cargaba desapareció con aquellas palabras de Albert. En lo que quedaba de la madrugada no había podido dormir debido a que había ayudado con la recuperación del chico, y además estaba demasiado preocupada por la vida de él puesto que se veía tan débil y pálido que creyó que no aguantaría llegar hasta su casa.

—¿Lograste sacarle las balas? —preguntó con un tono más aliviado.

—Sí, no estaban demasiado hundidas en la carne. Por el momento está anestesiado pero en un rato más se despertará.

—¿Tiene alguna identificación o algo? Debemos avisar a sus padres, de seguro están preocupados.

Una vez que terminó de servir los platos, los pasó a la mesa con ayuda de su madre.

—No traía nada. Sólo una navaja y doscientos dólares.

El cuerpo de Adalia se tensó.

Ella era una chica que se preocupaba demasiado por cosas que no debería y tomaba responsabilidades que no le correspondían. Tenía la idea que debería ayudar cuanto pudiera sin pensar en sí misma, y el sólo hecho de imaginar a los padres del pobre chico llenos de preocupación y angustia, hizo que comenzara a pensar en otras alternativas para avisarles.

Adam [¡DISPONIBLE EN FÍSICO!]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora