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Camille Lanz.

Una víctima más de Adam, quien la había asesinado por el simple hecho de haberla escuchado decir por teléfono que "deseaba estar ciega porque de esa forma llamaría la atención de los chicos". Él, molesto, se acercó a ella como alguien "simpático" que la invitó a salir, y Adam era de aquellos chicos a quien era difícil decirle un no.

Adam se encontraba postrado en la cama de Liv, la cual estaba cubierta con sábanas rosas de dibujos de unicornios y almohadas negras que hacían juego con ésta. La pequeña niña se encontraba dormida mientras que su hermano la abrazaba rodeando con uno de sus brazos su cintura, con su cabeza reposando en una de las almohadas. Él la observó y sintió una gran tranquilidad el verla de aquella manera; tan pasiva e inocente. Pareciera que esa paz que había en ella se la transmitía, su cuerpo era tan cálido que incluso con los ojos cerrados se podía apreciar su belleza.

Recordó aquellos años en donde hizo lo posible para que Liv pudiera ver de nuevo. Ese era el único deseo de ella que no había podido cumplir y hasta ese momento se sentía fatal. Tan desdichado y miserable como puede sentirse al ver a su hermana menor en esa condición, sufriendo a pesar de decirle que todo está bien. Que ella está bien.

—Lo siento, Livvy —susurró en su oído.

El aliento del chico le acarició la piel provocando que la niña se removiera un poco, sin embargo, no se despertó.

Recordó una frase de Carl Panzram antes de quedarse dormido junto a su hermana: "Desearía que la humanidad tuviera un cuello, así podría ahorcarla". Y sin duda lo haría.


~~~~~~*~~~~~~


La casa era enorme, lo suficiente para tener cien personas dentro. La decoración era algo rústica y tranquilizadora con largas cortinas doradas cubriendo todas las ventanas. Las lámparas iluminaban con una luz amarillenta y del techo colgaba un candelabro dando un poco de elegancia a la sala. Los sillones estaban forrados con una tela suave color rojo haciendo juego con la iluminación. En el centro se encontraba una pequeña mesa de vidrio con algunas tazas de té y café, junto con galletas. Debajo de ésta estaba una alfombra con un bordado de un atardecer que acompañaba al acogedor lugar.

—¡Semanas, Ted! ¡Semanas! No hay ninguna señal de nuestra hija...

—La encontraremos —aseguró el hombre con su habitual expresión fría y seria mientras daba un sorbo a su copa de vino.

Los Parks estaban angustiados a más no poder, habían tratado de localizar a Reachell por todos los medios que disponían pero no había señales de ella. Era como si la tierra se la hubiera tragado.

Se encontraban en casa de la familia Coleman, quienes eran los padres de Dean. Éste estaba sentado con su barbilla recargada en una mano y moviendo el pie nerviosamente mientras observaba a los adultos con preocupación.

¿Dónde estás, Reachell?, se preguntó.

Jenna, la madre de Dean, miraba a su amiga con lástima mientras le daba un sorbo a su taza de café. Era una mujer delgada y más alta que Helen, con un cabello rubio y ojos grises como los de su hijo. Se le veía un poco mayor a pesar de que ambas tenían la misma edad.

—¿Cómo estás tan segura que no escapó? —preguntó por fin Jenna.

John, un hombre mayor y grandulón, con pocas canas y el mismo cabello cobrizo de Dean, miró a su esposa con aquellos ojos avellana que hacían resaltar más sus duras facciones.

Adam [¡DISPONIBLE EN FÍSICO!]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora