Capítulo 4

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Guy respiró profundo para intentar renovar las fuerzas que sentía que las perdía a medida que iba contado el relato. El Conde aprovechando la pausa, se levantó un momento de la silla y fue a buscar a uno de los guardias que estaban atrás de la puerta, después de un par de minutos, volvió a entrar y se sentó en su habitual silla. Revolvió unos papeles y le mostró la carta que el joven asistente había enviado al cónsul según los deseos de su señor.

— ¿Esta es la carta, verdad?

—Así es señor Conde, esa es la misma que yo redacté a solicitud de mi señor y se la entregué al mensajero personalmente, no sin antes averiguar que fuera de suma confianza y que gozara de la seriedad y responsabilidad necesaria para llevar a cabo esta encomienda.

El Conde le pasó la carta al escribano quien luego de hacer una anotación la puso a un lado. Guy estaba cansado, pero sobre todo, deseaba salir de ese lugar y ver a su señor. Por un momento se tapó la cara con ambas manos, las lágrimas comenzaron a salir sin poder evitarlo al pensar en cómo había acabado su amado señor y él no pudo hacer nada para salvarlo. Quería ser condenado a la horca por no haber cumplido su deber de ayudar al duque Jacques, su señor y el único hombre que amaría jamás.

El cuerpo de Guy había muerto para cualquier hombre o mujer que lo deseara, él sentía que había muerto por dentro.

De pronto, el cónsul le habló:

—Por favor sigue con tu relato, es importante lo que a continuación nos dirás ya que de esa forma no habrá duda alguna sobre quién fue el real responsable en este asunto. Su majestad está ansioso que le lleve tu testimonio y así poder determinar quién es el culpable de lo que le ocurrió a su hermano.

El joven asistente, retiró sus manos sin importarle que sus lágrimas se dejaran ver, ya nada le importaba. Solo asintió y bebió de un pocillo agua fresca que estaba frente a él y continuó con su relato con la voz un poco quebrada.

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El Camino al destinoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora