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—¡Reachell baja de una vez, se hace tarde! —gritó Ted bastante molesto al ver su reloj y darse cuenta que llegarían tarde.

La castaña se miró a sí misma pensando si estaba bien la ropa que llevaba. Su madre le había dado un hermoso vestido rosa pastel de encaje de un reconocido diseñador, tenía tirantes y se ajustaba bastante bien a su cintura. Sin embargo, el color rosa en la ropa no le gustaba; así que sacó uno de sus vestidos viejos color púrpura, con magas cortas y liso que le llegaba un par de centímetros arriba de la rodilla, a esto lo combinó con unas medias negras y botines del mismo color.

Quería mirarse al espejo y saber cómo lucía, pero desafortunadamente no le gustaba mucho hacerlo. Tenía esa idea de que al ver su reflejo éste le recordaría a la chica sola y extraña que todos pensaban que era. Algo que prefería no confirmar.

Al bajar los escalones su madre la miró con la boca abierta aterrada por la terrible apariencia de su hija.

—¡¿Pero qué te has puesto, niña estúpida?!

—Sabes que odio el rosa en la ropa —respondió serena sin tomarle importancia al regaño de Helen.

—¡No me interesa! ¡Todos irán con sus mejores galas! ¿Cómo es que no has tirado ese trapo viejo?

—Lo escondí. Además, existe la opción de dejarme en casa, madre. Ya saben que odio las reuniones familiares.

—¿Y que piensen que somos unos padres irresponsables que dejan que su hija haga lo que le plazca? ¡Ni hablar! —Helen negó enérgicamente su cabeza con enojo.

Ted se encontraba en el marco de la puerta observando furioso a Reachell, conteniéndose por no darle un buen regaño porque eso implicaría perder más tiempo, y es que una de las cosas que más odiaba era llegar tarde.

—No hay tiempo para que se cambie —dijo molesto—. La puntualidad es esencial, no debemos quedar mal.

Salió a grandes zancadas dando un portazo dejando a las dos mujeres.

—Ésta la pagaras, Reachell —apuntó su madre con acritud saliendo presurosa de la casa.

Reachell puso los ojos en blanco antes de salir y cerrar con pestillo.

Cada fin de mes, Reachell y sus padres iban a esas reuniones familiares, cosas que le parecían patéticas e innecesarias. La razón de ello es que toda su familia era igual: presumida, altanera, adinerada y para nada amables. La saludaban por compromiso pero se veían tan hipócritas como ella al responder que "le alegraba verlos". Sus tíos alejaban a sus hijos de ella con pretextos estúpidos que ella prefería ignorar. No le prestaban mucha atención a decir verdad, era como una estatua en medio de una plaza: las personas pasaban y no le ponían la más mínima atención. Ellos sabían que había "algo" ahí, pero ese algo era tan extraño y aburrido que lo mejor que podían hacer era alejarse y fingir no ver nada.

Algunas de sus primas se acercaban a ella sólo para burlarse y presumir "su ropa de diseñador" y "accesorios exportados de quien sabe dónde". Reachell simplemente se limitaba a alejarse a un lugar más solitario, tranquilo y silencioso.

Sólo hasta mitad del camino el silencio que inundaba en el auto se rompió cuando Ted se dirigió a su hija advirtiéndole lo mismo de siempre.

—Reachell, como recordatorio: No te acerques a Scott. Tu primo.

—Ya lo sé.

—Es un chico... bastante extraño. Y peligroso. Estás advertida.

— Igual que yo —murmuró entre dientes, sin embargo sus padres no la escucharon—. Me gustaría saber por qué debo alejarme. Siempre me dicen eso pero nunca por qué tengo que hacerlo. Él no se ve "peligroso".

Adam [¡DISPONIBLE EN FÍSICO!]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora