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Una chica de cabello chocolatoso y ondulado se encontraba encerrada en su habitación escribiendo aquellos escritos que el día anterior su padre le había descubierto. Apenas podía ver su propia letra debido a que sólo faltaban unas horas para que el Sol se ocultase. Sin embargo, ella se negaba a encender su lámpara o la luz de su habitación.

—¡Reachell, es hora de cenar! —gritó su madre desde la planta baja.

De inmediato cerró su pequeña libreta y la escondió debajo de su almohada. Al salir y bajar los escalones vio a Helen, su madre, poniendo los platos, quien era una mujer de baja estatura, con rostro angelical que le daba un aire de ser amable y comprensiva. Pero era todo lo contrario. Ella no era más que una persona perfeccionista y estricta, demasiado cortante y pocas veces se le podría verse sonreír o hablar "cariñosamente".

El padre yacía sentado esperando a que las dos mujeres lo acompañaran. Varias canas disminuían el color negro natural de Ted, su rostro era siempre serio y pareciera como si estuviera analizando cualquier cosa todo el tiempo.

—Reach, ¿Qué esperas? Siéntate —ordenó su madre ya sentada y señalando con la barbilla el asiento de enfrente.

La chica hizo lo que se le ordenó sin despegar la vista de sus padres, como si esperara alguna crítica de parte de éstos.

—Odio que me digan así —respondió mirando su comida que no se veía para nada deliciosa. Su voz era tan fría e inexpresiva, pero no dejaba de sonar amable. Se oía como un susurro dicho en voz mucho más alta y clara—. Reachell, madre.

Su madre la miró con fastidio antes de responder:

—Bien, Reachell. Como te habrás dado cuenta, ayer no pude cenar con ustedes porque tenía mucho trabajo.

Helen esperó una respuesta, pero la chica siguió comiendo sin mirarla.

—Tú padre me contó lo que estabas escribiendo —prosiguió, y ésta vez Reachell levantó la mirada de su plato—. Hemos acordado de que debes ir con un psicólogo.

—¿Qué? Sólo eran relatos. No es para tanto —dijo fríamente.

—¡Relatos de asesinatos, Reachell! —gritó su padre mirándola por primera vez.

—Era tarea.

—¿Tarea? ¿En serio? Eres estúpida si piensas que me tragaré esa mentira. ¡No quiero una maldita enferma mental como hija! ¿Qué dirá la familia? Suficiente fue...

—¡Ted, cálmate! —Reprimió la madre lanzándole una mirada asesina para después dirigirse nuevamente a su hija—. Esas cosas que escribiste no eran ninguna tarea, Reachell. Y mañana es tu primera cita.

¿Fue qué cosa?, quiso preguntar, pero prefirió guardarse el comentario.

—Madre, vi un concurso, se trataba de suspenso y quería participar. Es todo. No es necesario un estúpido psicólogo —respondió tranquilamente.

Por un momento Helen y Ted intercambiaron miradas preocupadas y a la vez dudosas. ¿Estaría diciendo la verdad?

Sin embargo, Reachell seguía con su expresión seria y los miraba esperando a que creyeran en sus mentiras.

No había ningún concurso. Escribir sobre asesinatos era su pasatiempo preferido, tanto que había terminado varias libretas con escritos de este tipo. Pero un descuido de ayer le costó que su padre la descubriera.

Cuando Reachell terminaba cada libreta llena de palabras sádicas, solía quemarlas. Sabía que su padre había quemado una de ellas y eso le molestó porque aún le faltaba más de la mitad para terminarla.

Al final, su madre asintió y dirigiéndose a ella dijo:

—De acuerdo. Pero esperamos que no vuelvas a escribir...

—¿Tú crees? —interrumpió sarcásticamente el padre. Su rostro se volvió rojo en unos segundos y con un fuerte golpe dejó caer el vaso contra la mesa, donde Reachell pudo divisar una pequeña parte rota— ¡Sus escritos eran una porquería! —Miró a Helen para luego mirar a su hija— ¡Apuesto mi fortuna que nunca hubieras ganado ese dichoso concurso! Lo que debes hacer es concentrarte en tocar el piano, porque te falta mucha práctica y seguir estudiando para graduarte de abogada. ¿Entendiste? Escucha, Reachell, tú no puedes escribir. No es lo tuyo. Deja de perder el tiempo en cosas tan estúpidas en las que te crees buena para ello y no hagas que me avergüence más de lo que estoy de ti. Tenemos una reputación y un perfil que mantener.

Helen siguió comiendo como si no hubiese escuchado todo lo que acababa de decir su esposo. Reachell lo miró sin dar signos de fastidio o tristeza, unos segundos después se puso de pie acomodando su silla como si nunca hubiesen movido.

—Si me disculpan, me tengo que retirar —dijo con su habitual tono de voz.

Ted la miró confundido ya que esperaba verla llorar, gritarle algún insulto o al menos que su voz se escuchara rota. Sin embargo, ella habló como si no hubiera escuchado nada.

—¡Vuelve acá, Reachell! —gritó su padre pero ésta ya había desaparecido por la puerta que conducía a la cochera.

Al entrar, en lugar de haber un auto (el cual se encontraba fuera de su sitio, debido a que sus padres lo utilizaban demasiado y les fastidiaba estar cerrando y abriendo la gran puerta aunque ésta fuera eléctrica), había un hermoso piano negro cubierto por una manta blanca.

Las palabras de su padre aún retumbaban en su cabeza como grabadora. La verdad era que no le sorprendía su actitud ya que era algo que esperaba. Sabía que si fuera otra persona se pondría a llorar, pero hacía tanto tiempo que no derramaba una lágrima y no lo haría sólo porque su padre piensa que sus escritos son una porquería. Para él, si ella descubriera la cura contra el cáncer también sería una porquería.

Habían cosas mucho más importantes por las que realmente valía la pena llorar, y las palabras, para ella, no lo eran. Como tampoco lo era quien las decía.

Por alguna razón le dieron ganas de tocar el piano, aunque ya era muy tarde no le importó. Quitó la sábana y se sentó en el acolchonado asiento. Antes de que pensara lo que estaba haciendo, sus dedos comenzaron a moverse involuntariamente hasta hacer sonar una hermosa y angelical melodía que sólo ella podía escuchar, pues las paredes ahuyentaban el sonido.

Pero el portón no cumplía con la misma función.

Reachell seguía tocando como si estuviera dando un gran concierto y los oyentes la estuvieran escuchando con admiración.

Sus dedos pasaban de una tecla a otra con suavidad y rapidez hasta que su música fue interrumpida bruscamente cuando vio a través de una de las ventanas a un chico alto y de cabello negro, tomado de la mano de una pequeña niña de cabellos dorados que miraban atentamente a donde ella se encontraba.

Vio como la menor le decía algo al chico y éste negaba enojado. Estuvieron ahí unos largos minutos discutiendo pero ella no volvió a tocar, sin embargo se quedó observando esa extraña escena.

Reachell se preguntó qué hacían ellos a estas horas frente a su casa, y peor aún con una menor. Pareciera que el joven quería irse pero la niña insistía en algo que ella no lograba entender. Al final, éste asintió y juntos se fueron caminando. Pareciera ser que la menor había conseguido lo que quería porque no opuso resistencia cuando el chico la tomó de la mano y juntos se alejaron de ahí.

Que raro, nunca los había visto por aquí...


Muchas gracias por leer.

Adam [¡DISPONIBLE EN FÍSICO!]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora