[6] Lucas

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Daniela notó que, aunque él aún se veía algo débil, su apariencia había mejorado considerablemente. Casi… seducía. Casi. ¿Cómo era su interior? ¿Qué clase de bárbaro era él?

—Entonces —la despertó el muchacho—, me terminás el tratamiento y luego me devolvés mi pistola, ¿cierto?

Dany bajó del auto y fingió no escucharlo: ¿realmente quería meterse a su casa con él… a solas? Sacudió la cabeza, rechazando la alerta: en ese momento, sintiéndose tan abatida como se encontraba, la vida no le importaba demasiado.

Cogió uno de sus bonsáis y se lo acomodó en el brazo izquierdo, pero al intentar coger el otro, con una sola mano, lo encontró excesivamente pesado. Por instinto, miró al muchacho detrás de ella, pidiéndole ayuda, pero él no se movió ni medio centímetro. Miró también al conductor del auto, pero él, con los brazos cruzados y mascando lentamente su chicle, tampoco parecía tener intenciones de auxiliarla. Expulsó el aire por la nariz, cansada, y se las arregló para hacerse de sus dos arbolitos.

—¿Viste entrar a mi marido? —preguntó al argentino, comenzando a preocuparse por lo que dirían sus vecinos si la veían entrar a su casa con otro hombre mientras Antonio no se encontraba en casa…, aunque, ciertamente, no podría dejarlo entrar si él estaba.

—¿Un viejo choto en un Mercedes negro? —tanteó él, yendo lento detrás de ella.

¿Viejo choto? Pues sí… era un viejo.

—Sí —maldición, ¿y ahora cómo le hacía para meter al muchacho a su estudio?

—No ha llegado —soltó él, sonriendo de lado, revelando su mala broma.

Dany odió su sonrisa; era burlesca, cruel, retorcida… pero sus dientes blancos, perfectamente alineados y muy blancos, lucieron preciosos en conjunto con sus labios rosas.

—¿Me ayudarías con uno de estos árboles para que pueda sacar las llaves de mi bolso, por favor? —intentó distraerse.

Y él cogió solamente uno, y aunque no se disculpó por no haberla ayudado antes, Dany se conformó. Con dificultad, buscó sus llaves y abrió el portón del garaje —había llegado por la puerta trasera—; ella entró y él la siguió sin tener invitación para pasar. Dany suspiró para sus adentros, ¿él estaba siendo grosero deliberadamente o simplemente era un maleducado?

Dejó su pequeño arbolito sobre la mesilla de herramientas y siguió rumbo a su estudio. Él dejó el otro arbolito junto al que llevaba Dany y la siguió.

Esa noche, teniéndole un poco más de miedo, Daniela le hizo su curación en completo silencio —no solo era el temor por el daño que él pudiera llegar a hacerle, sino que, cada vez que lo miraba, lo encontraba viéndola directamente a los ojos—, y lo despachó rápidamente —cerrando con llave después, y luego revisó toda su casa, con un cuchillo en mano—. Más tarde, mientras comenzaba a llover, se recostó a esperar a su marido sobre el mismo sofá donde el argentino estuvo inconsciente antes, pero Antonio no llegó y ella se quedó dormida, sin pretenderlo.

*

Un fuerte ruido, semejante a un golpe seco, la despertó. Daniela se incorporó y quiso atribuir el sonido a algún trueno, pues estaba cayendo una tormenta, sin embargo, la alarma de un auto —dentro de su casa— comenzó a sonar.

Sintió que algo se contrajo en su vientre al recordar que Antonio no estaba en casa —y que su auto no podía ser porque lo había dejado en el hospital—. Su respiración comenzó a acelerarse a la par que su pulso, y mientras cogía el teléfono para llamar a la policía, la alarma se calló y hasta su estudio llegó el murmullo de un montón de maldiciones.

Cuando las Estrellas hablan ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora