[4] Compasión.

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«CÁNCER:

SIMBOLOGÍA: Es constructor del hogar. Representa el amor maternal, el parto y la familia.

CARÁCTER: amable, jovial, divertido y compasivo.»

*

El primer impulso de Daniela Sandoval fue pisar el acelerador y alejarse de él, pero… ¿iba a dejarlo ahí? Y si realmente él la había seguido, ¿no era mejor llamar a la policía de una vez? Disminuyó la velocidad poco a poco —tal vez aun probando si realmente era él—; en ése momento, ya no se sentía furiosa como antes; la desagradable sorpresa —casi susto— había hecho que esta desapareciera —pero la tristeza seguía ahí. Ésa nunca se iba. La depresión no desaparece selo deseándolo—.

Dany se detuvo a pocos metros del muchacho y, mirándolo con atención, se dio cuenta de que él jadeaba, de que estaba pálido, sudoroso y, con su mano izquierda, se cubría el lugar donde estaba la herida que ella había suturado.

Daniela se preocupaba por todos y cada uno de sus pacientes a nivel personal y también era compasiva en exceso, pero, aunque él se veía tan mal, no logró despertar más que temor en ella.

Pensó en llamar a Antonio —seguro que él llegaría más rápido que la policía, pues solo tenía que salir de casa—, pero… fue precisamente el hecho de pensar en Antonio lo que la hizo reconsiderar en llamarlo. Daniela estaba realmente deprimida y, de manera inconsciente, frecuentemente pensaba en la muerte.

Esperó un rato, con el auto encendido y sujeta al volante con ambas manos, con un pie sobre el acelerador, tal vez preparada para huir si se requería, pero entonces vio al muchacho caer de rodillas.

Daniela esperó un momento más; él no parecía poder moverse. Llevada, quizá, por una insana curiosidad… o por su depresión y deseos de acabar con su vida, ella bajó, lento —cuando Dany se encontraba especialmente triste y desesperada, hacía cosas riesgosas o dañinas para la salud que, en otro momento, no intentaría—. Se quedó ahí, observándolo con atención, al lado de la puerta abierta de su auto.

El muchacho intentó ponerse de pie, pero no pudo; estaba demasiado débil. Parecía balbucir algo. Él realmente se veía enfermo. ¿Debía llamar a una ambulancia? Dany dio un paso al frente, considerándolo, pero se dijo que él no había acudido a un hospital ni siquiera cuando creía que desangrándose. ¿Qué era lo que él había hecho? ¿Había robado?… ¿O acaso era parte de la delincuencia organizada? Sintió miedo. Si era así, Dios mío, ¡él conocía su domicilio! ¡¿Y ahora cómo llamaba a la policía?! Si lo ponía preso, sus amigos querrían venganza y… En ese momento, pensando en los amigos del muchacho, Dany miró a su alrededor, alarmada, ¡¿y sus amigos?! ¿Acaso estaban por ahí, escondidos? Dio un paso atrás, preguntándose porqué alguien dejaría a su compañero de crímenes morir fuera de la casa de la doctora que lo había ayudado la primera vez. «Precisamente por eso —se dijo—. Porque lo ayudé. Porque no llamé a la policía.»

¿Y ahora qué? ¿Llamaba a una ambulancia y a la policía, lo ponía preso y luego era víctima de represalias…, o lo ayudaba y terminaba luego atendiendo a cada hampón en la ciudad? Vaya opciones tenía —ella nunca parecía tener opciones aceptables…, por eso siempre dejaba su destino en manos de las sabias estrellas—.

Armándose de valor, apretando los dientes, se acercó a él muy lento, cautelosa, pero ni siquiera tuvo que tocarlo para darse cuenta de que él estaba ardiendo en fiebre. También notó algo más: él era muy joven… ¿veintidós? A lo sumo veinticuatro. Se preguntó, por primera vez, si una persona de su edad podría hacer un mal tan grande que prefería arriesgar su vida a acudir a un hospital como un paciente regular.

Cuando las Estrellas hablan ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora