Suguru Geto, aclamado por los dioses como el más hermoso y deseado, y Satoru Gojo, el más fuerte y hábil de todos, bendecido por la diosa de la sabiduría.
Se enamoraron profundamente y formaron una familia. Sin embargo, un acontecimiento trágico los...
—Algo no está bien —murmuró Gojo con la mirada fija—. Veo el fuego, pero no hay humo.
—Debemos atacar —propuso Kenjaku con firmeza—. No tenemos tiempo que perder, saquémoslos y tomemos lo que necesitemos.
—No —interrumpió Satoru con decisión—. Yuji, ven conmigo. Tú y yo iremos. Con suerte, encontraremos algo. Los demás esperen aquí.
—No sabes lo que encontrarás ahí —le replicó Kenjaku.
—Dame hasta el amanecer —le aseguró el albino—. Si no volvemos, estos seiscientos hombres pueden quemar todo.
Aunque reticente, Kenjaku asintió, convencido por sus palabras.
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Todos los barcos descansaban en las orillas de la isla, sus tripulaciones tomando un respiro mientras Satoru y Yuji se aventuraban al interior en busca de alimento.
La caminata fue larga y tranquila, pero sin rastro de comida. Esto tensaba a Satoru, quien sujetaba con fuerza su espada, temeroso de que el hambre terminara por condenar a su tripulación.
—Relájate un poco, amigo mío —comentó Yuji con una sonrisa, al notar la rigidez del albino.
Satoru frunció el ceño, confundido.
—Te estás poniendo nervioso, lo veo —añadió Itadori—. Hazte un favor y relájate.
—Ya lo estoy, Yuji —respondió Gojo con seriedad, continuando el camino hasta que Yuji lo detuvo con una mano firme.
—Piensa en todo lo que hemos enfrentado. Sobrevivimos entonces y lo haremos ahora —dijo Yuji, guiándolo más adentro del bosque—. Sé que estás cansado de la lucha, pero ¿es así como quieres vivir? Con solo ver cómo empuñas esa espada, lo dejas claro: "Es mejor dar que recibir". Tal vez podrías confiar en alguien más, bajar un poco la guardia. Un futuro mejor empieza con pequeños cambios, así que inténtalo.
Satoru permanecía serio, pero Yuji continuaba hablando con una sonrisa optimista.
—La vida es grandiosa si la recibes con los brazos abiertos. Pase lo que pase, podemos superar cualquier cosa si lo enfrentamos con el corazón.
Mientras avanzaban, fueron interrumpidos por unas pequeñas criaturas de ojos grandes y brillantes, cuyos tonos rosados contrastaban con la penumbra del bosque.
—¡Hola! —saludaron con voces agudas.
Satoru reaccionó al instante, desenfundando su espada y poniéndose en guardia.
—¡Quédense atrás! —les advirtió, su mirada afilada.
Las pequeñas criaturas retrocedieron asustadas.
—Vamos, Satoru —murmuró Yuji—. Abre los brazos al mundo.
—Estamos aquí por comida —interrumpió Satoru, directo. Su tono era seco, pero las criaturas entendieron la urgencia.
—Hay cientos de hombres en la playa esperando nuestro regreso. Si no volvemos a salvo, ellos convertirán este lugar en cenizas —añadió.
Una de las criaturas se adelantó y ofreció una fruta, brillante y atractiva.
—¿Lo ves? —sonrió Yuji al albino—. La vida siempre te sorprende cuando te abres a ella.
Satoru observó la fruta con sospecha. La sostuvo unos segundos antes de abrirla, revelando semillas que brillaban intensamente.
—Esto no es normal, Yuji —dijo con cautela—. Esta fruta... es un loto. Te atrapa y no te deja ir. Esto es lo que ganas si recibes con los brazos abiertos.
Yuji, ignorando la advertencia, se inclinó frente a una de las criaturas.
—Lotófagos, ¿podrían ayudarnos a encontrar otro tipo de alimento? —preguntó con gentileza.
—La cueva... —respondieron ellos, aunque susurraron entre sí: "la cueva más aterradora".
—Perfecto, iremos allí —dijo Yuji con entusiasmo, mirando de reojo a Satoru, casi burlón. —¿Hacia dónde debemos ir?
—Al este... por allí —indicaron las criaturas.
—Gracias —respondió Yuji, con su habitual sonrisa.
Satoru lo observaba en silencio, aun sosteniendo el loto, mientras Yuji regresaba a su lado, irradiando optimismo.
—La vida es hermosa si la aceptas con los brazos abiertos. En tu rostro hay tanta culpa y en tu corazón tanto peso. Reemplaza el dolor con luz, esa luz que puede hacer el mundo mejor —le dijo Yuji, manteniendo el ánimo.
—Recibe al mundo con los brazos abiertos... —murmuró Gojo, repitiendo las palabras de su compañero.
De repente, un dolor punzante lo atravesó. Satoru soltó la fruta al suelo, haciendo que Itadori se preocupara.
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