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Él sonrie y desliza el pulgar hasta mi boca. Mientras recorre la línea del labio inferior me escruta como si fuera algo comestible.

Estamos así más de un minuto; claro que es muy posible que yo ya haya perdido por completo la noción del tiempo. Abro los ojos. Los de Nash son del azul más bonito que he visto en la vida.

-Puedes besarme, Nash.

Espero casi cualquier cosa, excepto que aparte la cabeza al tiempo que su mirada se ensombrece.

-Ya sé que puedo -dice con voz tirante-. Lo que no sé es si debo.

La desazón procedente del centro mismo de mis entrañas empieza a extenderse. Solo hay una forma de aliviarla.

-Bésame, Nash.

Sus ojos se oscurecen un poco más, pero no los aparta de los míos.

-No debería -dice, y desliza la mano hasta mi nuca mientras introduce un dedo por el cuello de la camiseta de tirantes sin apenas rozarme-. Pero ahora mismo me importa un cuerno.

Antes de que pueda asimilar sus palabras, su boca ya roza la mía.
Esa nueva forma de contacto resulta tan poderosa como la de sus manos, pero al mismo tiempo igual de delicada.
Separa los labios y su gemido retumba en mi pecho; y, entonces, sin tiempo para plantearme si debo no debo hacerlo, coloco una pierna sobre su regazo, porque, más allá de todo lo racional, cualquier distancia entre ambos me parece excesiva.

Con su lengua contra mi lengua, su pecho contra mi pecho y sus manos sujetándome como si estuvieran tan ávidas como las mías, me pregunto si se trata de uno de esos momentos que la gente recuerda con una sonrisa incluso en sus días más negros. Solo que a mí no me arrancará una simple sonrisa; me hará andar haciendo piruetas hasta el día de mi muerte.
Deslizo las manos por dentro de su camisa y asciendo por el torso hasta que no me queda otro recorrido posible que volver a bajar.
-Nash...

Y de repente....

-______!

-______!

Y abro los ojos.
Estaba dormida.
Todo era un sueño.

-¿Que pasa Nash?

-Has dicho mi nombre es sueños.

-¿Que hora es?

-Las tres y media de la madrugada.

Recuerdo haber cenado con todos, subir aquí y ponerme a ver la tele con Nash, debí haberme quedado dormida.

-Espera...-Digo cayendo en la cuenta de que la última vez que estaba consciente en el sofá, tenia todavía mi ropa puesta, y ahora tengo una camiseta de Nash.

-¿Por qué has dicho mi nombre en sueños?-me pregunta divertido.

-No me digas que me has puesto esto.

Empieza a reirse descontroladamente y yo estoy a punto de matarlo.

-Te mato!-Le digo mientras me tiro encima de él e intento pegarle.

Pero es más rápido y me para la mano antes de que ésta roque su cara.

-No cariño, eso no se hace.

-Estúpido.

-He llamado a Mahogany para que te pusiera esta camiseta, ya que era imposible despertarte y ella me ha dicho que no encontraba tu pijama por ninguna parte.

-Júralo.

-Lo juro. Nunca te desnudaría... sin tu permiso.

-Esto...

-¿Por qué has dicho mi nombre en sueños?

-Nada...-Le respondo mientras me sonrojo al acordarme del sueño.

-Espera... ¿Por que te pones colorada?

-No lo estoy.

-¿Que soñabas?

-Nada.

-¿Soñabas que me estabas besando?

-Déjame-Le digo mientras me suelto de su agarre y me voy al lado opuesto para dormir.

-Eso no tienes por qué soñarlo ____. -Dice seriamente antes de que yo oiga como se da la vuelta para ponerse a dormir.

Nash y túDonde viven las historias. Descúbrelo ahora