— Llevas semanas raro. —Le reprocha Bárbara a su novio, que está sentado en una silla de madera en la terraza y apoya los pies encima de otra que se encuentra enfrente. Ella acaba de entrar y cierra la puerta de cristal tras ella.— ¿No piensas decirme qué es lo que te pasa?

        — Ya sabes, problemas en casa.

Nuestra reina entonces conoce la barrera de su novio. Esa que no le permite seguir preguntando más allá. Los temas familiares de Víctor siempre han sido un misterio incluso para sus amigos más allegados y a pesar de haberle contado un par de cosas a su novia la diva, no se imagina que todo lo que sabe, no es ni la trigésima parte de todo. Él se acomoda ligeramente y saca del bolsillo de su pantalón con mucho cuidado una caja de cigarrillos, entre los que coge uno y lo encierra entre sus labios. Saca de entre la caja de cigarrillos, un mechero y enciende el que reposa en sus labios, para después guardar de nuevo la cajetilla y empezar a darle pequeñas caladas. Bárbara, empuja los pies de él fuera de la silla para conseguir sentarse ella allí, por lo que el chico busca un sitio alto de nuevo para acomodarse. No ve nada de su agrado en la dirección en la que mira y por eso, gira su propia silla hasta colocarse de frente a la barandilla, donde atasca sus pies entre los hierros.

        — Además, últimamente no nos vemos por las tardes.

        — He estado estudiando filosofía y acabando el trabajo de lengua con Carol.

Automáticamente, la cara de la reina suprema, se convierte en una clara mueca de asco que deja claros todos y cada uno de sus pensamientos. Víctor ni siquiera la mira. Tiene su mirada perdida en el horizonte y parece realmente más entretenido con su cigarro que con su novia la controladora.

        — ¿Os habéis hecho amiguitos o algo así? —Enarca una ceja mirándole con una atención extrema, con el corazón a punto de salirle del pecho si la respuesta fuera afirmativa.

El chico en cambio, permanece en silencio unos largos minutos, hasta que se acaba el cigarro y lo lanza pasando la barandilla para tirarlo a la calle. Desatasca sus pies de los hierros y suspira profundamente, mirándola en esa ocasión.

        — Tiene un hermano de cuatro años que me ha cogido cariño y de vez en cuando voy a jugar con él. Es relajante y nos divertimos juntos.

Esas palabras tranquilizaron notablemente a Bárbara que respira con normalidad tras quedarse en más de una vez, sin respiración. Ella entonces consigue colocar una enorme y adorable sonrisa en el rostro mientras se levanta de su asiento de nuevo, para estar con un par de pasos, al lado de él. Pasa su mano por su hombro y seguidamente por su cuello en una caricia suave y delicada. Se mueve con rapidez, consiguiendo sentarse encima de él y pasar sus manos por detrás de su cuello.

        — No te imaginas cuanto te echo de menos...

Él sonríe al escuchar las palabras de la chica que tiene encima, pero se trata de una sonrisa leve, casi inexistente. ¿Es posible que el enamorado de la reina, ya no esté enamorado? O puede que lo esté pero esta vez no de la chica que él piensa. Bárbara se acerca hasta él, acortando toda la distancia entre ambos para besarle con suavidad y él la corresponde, devolviéndole el beso con la misma suavidad. Ella va a tientas buscando los botones de su camisa para ir desabrochándolos uno a uno. ¿Dónde quedó la pasión? Quizá la olvidaste en los vestuarios, Víctor. O... ¿por qué no le preguntamos a Dani por ella, eh, Barbie?

Es Víctor quien de separa con cierta brusquedad que deja desconcertada a la chica que le mira como si estuviera loco. Él no acaba ahí, sino que la empuja ligeramente para que se levante de encima de él y acto seguido, él hace lo mismo colocándoselo bien la camisa. Bárbara que espera una respuesta a su comportamiento o como mínimo, una excusa, no sabe qué hacer o decir.

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