6. "Buenas noches."

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Una destartalada habitación se cubría con los primeros rayos del sol, a través de la ventana que siempre se había tapado con las acostumbradas cortinas y persianas. Pero en esta ocasión, parecía ser diferente. Una figura se ve que, en vez de salir entre las sábanas adormiladas con el objetivo de levantarse y empezar el día, aparece en la sala con movimientos calculadores, tacones en mano y vestida aún de fiesta. Hasta las más divinas cargan con sus tacones los domingos por la mañana.

Sara, deja caer sin demasiado ruido los zapatos en el suelo. Observa la cama como quien ve agua en mitad del desierto, y acto seguido, con una rapidez asombrosa, se quita el vestido para dejarlo encima de la silla y meterse en ropa interior directamente en la cama. Parece que no le importe estar a punto de entrar en el invierno y que fuera hagan cinco míseros grados.

Algo parecido ocurre en casa de la morena. Aunque con la diferencia de que no le importa montar jaleo. Nadie la va a escuchar, la casa está completamente desierta, como casi todos los días. Lanza un suspiro y sube las escaleras resignada. Cansada pero con un atisbo de felicidad y esperanza en lo más hondo de su alma. Tenía una amiga. Una de verdad, de esas que no creía haber conocido nunca. Seguramente lo mejor esté por llegar.  Esta vez, las cosas irían bien, le decía cada dolorida parte de sí.

Carlos, echado en su cama ya, no podía dejar atrás su encuentro con Sara. Había cambiado tanto... y sin embargo, parecía la auténtica Sara. No podía cerrar sus ojos, porque la imagen de un vestido caro infundado en aquella chica rubia, aquella que suponía ser su mejor amiga. ¿Alguien se ha enamorado o simplemente encaprichado?

Una Helena caminaba aún por la desierta calle con su mejor amiga, ambas afectadas todavía por los chupitos de más. Hablando... o mejor dicho, despotricando acerca de las dos chicas que ahora habían hecho una clara declaración de intenciones. Intenciones que ninguna de las dos estaban dispuestas a aceptar.

Había sido una noche movida para todos. Necesitaban descansar, dormir, que el día siguiente sería otro nuevo día. Sin disparates, ni historias difíciles de creer.

El timbre resuena por todo el piso, sin encontrar una rápida respuesta. Sara, aún en la cama, escucha el sonido, pero se limita a observar adormilada el reloj que marca las once y media. Ni siquiera habían pasado seis horas, desde que se metió en la cama. Sus padres ya se habrían ido, estaba segura, pero aún así, prefiere levantarse con rapidez para abrir la puerta. Se coloca encima una bata y sale hasta toparse con la puerta, que antes de abrir, mira por la mirilla. Suspira profundamente, y seguidamente, respira hondo. Tras pensarlo un poco más, la abre.

        — Sara...

        — No me apetece pasarme la poca mañana que tengo escuchando excusas baratas acerca de tu arrepentimiento. —Corta ella con muchísima desgana pero con modos de cabreo.

        — No me porté bien. Vale. Pero solo me lo echas en cara a mí, cuando sabes perfectamente que no tengo toda la culpa. —Protesta ligeramente él.

        — ¿Esperas que le eche la bronca a la víbora trastornada de Bárbara, la cual no es mi amiga? ¿A Víctor que es su novio-lapa? No, espera, seguro que te refieres a tu novia, esa que un día se hizo llamar mi mejor amiga.

Tras decir eso, el silencio queda entre ambos. Un silencio bastante incómodo. ¿Qué vas a decir contra eso, Carlitos? Y sí, parece que has podido engañarlos a todos, menos a ella.

¿Acaso olvidaste que es tu mejor amiga y te conoce mejor que nadie?

        — Tienes razón. —Acaba por ceder él en un breve suspiro.

        — Sé que la tengo. —Suelta ella con mucha confianza y actitud altiva.— Y también sé que estás con ella. Con Helena. Sé muchas cosas, Carlos. Aunque no lo creas, te conozco bien.

Bajo vigilancia.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora