Capítulo 25: (¿Qué pensaste la primera vez que me viste?)

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El suelo se sentía frío. Nunca había estado en un lugar tan oscuro que me provocara este tipo de soledad abrumadora como lo había estado en aquel lugar.

Había quedado alrededor de media hora en aquella lamentada posición, que mis huesos exigieron movimiento.

Salí, necesitada de aire para mis pulmones, un poco de vida, un poco de realidad.

Tenía que hablar con Kathe, aunque ya era muy tarde para exigirle.

Luego estuve fuera intentando disimular el dolor ardiente que me martillaba el pecho. Muchas veces tuve que respirar hondo para ahuyentar las ganas de dirigirme hacia casa junto a Ian y abrazarlo la noche entera; sentirme refugiada, porque estaba expuesta a cualquier dolor en esos momentos.

Jeanine llegó a mi lado, pero no pude articular palabra alguna, puesto que era un tema que le tocaba a Kathe hablar. No salían de mi cabeza esas preguntas una y otra vez. En qué momento cambiaron las cosas. En qué momento cambió  ella, Alex, la persona que creí estaría conmigo. yo.

Era un completo desastre.

Necesité un buen tiempo para restablecerme,  aclararme y así enfrentar todo de la mejor manera, con la cabeza fría.

Lo resolvería, como siempre había hecho, porque siempre pude, siempre puedo y siempre podré.

Estaba apenas saliendo del colegio cuando sentí que me llamaban.

Me volví y vi a Alexis trotando hacia mí.

Mi mente se volvió un huracán de sensaciones, pero nada romantisado, no. Solo dolores punzantes, apenas tolerables.

Definitivamente lo nuestro se había roto. Lo miraba y no quedaba más que el recuerdo de lo malo, la desconfianza calcomiéndome por dentro. Todo se sentía turbio.

Llegó hacia mí, y se quedó callado por un intérvalo de tiempo que suponía, arreglaba su mente.

—Sé que te estoy pidiendo mucho pero, crees que es posible que... que tú y yo nos sentemos a hablar —me tomó desprevenida la manera en que hablaba, su tono de voz, sus palabras. Él nunca hablaba tan... ¿Sumiso? ¿Tan delicado? Siempre era como si estuviera haciendo favores, y no pidiéndolos.

Parece que hasta eso cambió en él. Por ella, no por mí.

Tragué fuerte, callándome lo que pasaba por mi cabeza.

—He tenido mucho por hoy, no quiero...

—Por favor —pidió sonando como un niño pidiendo migajas de pan y sentí cómo mi corazón se encogía.

Me quedé en silencio durante un tiempo que se sintió como una eternidad. No me sentía preparada para tener aquella conversación, pero sus ojos, su compostura. Por primera vez me pregunté cuánto le afectaría a él lo que pasó.

Sin darme cuenta, sin notar como mis pasos se dirigieron lejos, ya estaba caminando hacia la cafetería que quedaba cerca... junto a él.

Me sentía incómoda de sobre manera. No habíamos hablado nada, no nos dirigímos ni una mirada, y por mí estaba bien.

Al llegar al lugar, muchas miradas se dirigieron hacia nosotros y podía jurar que aquello no iba a pasar desapercibido, esa foto estaría mañana mismo colgada en la red. Una pizca de molestia me abrumó por un segundo al darme cuenta que mi vida era tan pública, que no importaba lo que hiciera; lo que había construido antes, me seguía hasta ahora, y no pensé jamás que iba a odiarlo tanto.

Nos sentamos en una de las mesas del fondo para pasar "desapercibidos" obviamente fue algo que no pasó.

Todos estaban acumulando información como si fueramos una obra teatral.

El inesperado clichéDonde viven las historias. Descúbrelo ahora