Su mandíbula se apretó y sentí a mi madre tensarse aún más en mis brazos, temblando. Eche un vistazo a Jesse y vi que estaba intentando levantarse. Aún tenía en la cara marcas de la paliza de la semana anterior que le había dado Jason, y ahora con los golpes que le habían dado mis padres, a su rostro no le esperaba otra que empeorar.

Me di cuenta que la cantidad de golpes y abusos que había sufrido, en consecuencia del odio que sentía mi padre hacia él, era mayor de la normal.

Envalentonada por saber que mi padre había sido todo el causante del dolor de Jesse, volví a mirarlo.

Esa vez me di cuenta de la forma en la que realmente miraba a Jesse, porque así era como me estaba viendo a mí. Con odio y rencor puro. Como si mi traición fuera imperdonable. Y seguramente lo era, pero me daba igual.

—Suelta a tu madre —me ordenó. Yo, en cambio, como respuesta, tiré de ella hacia mí aún más y pegué más las tijeras a su cuello. Eran suficientemente grandes como para causar impresión, a pesar de ser simples tijeras. Y tampoco tenía otra cosa a mano.

—Déjanos ir —le ordené yo de vuelta—. Y como se te ocurra llamar a la policia, yo–

—Tú ¿qué? —se burló de mí con crueldad—. No sobrevivirás un día sin nosotros, niña del demonio —me espetó.

A pesar de que sabía que, probablemente, era verdad, no le di el gusto de admitirlo, e internamente, quería creer que la realidad era distinta.

—No tienes ni idea —dije enfadada apretando el cuello de mi madre aún más, que cada vez le costaba más respirar—. Y si llamas a la policía, tal vez les interese a ellos un chivatazo por irregularidades, ¿verdad?

Eso pareció sorprenderlo, pero si era tan astuto debería haber sido precavido y no haber dejado documentos que le relacionaban con Jason en aquella carpeta de su oficina. Ni dejar un cajón cerrado a la vista de una curiosa como yo. Confió tanto que se le fue de las manos.

—No te atreverás —me amenazó implícitamente.

—Y tanto que sí, David —escupí su nombre como si de un desconocido se tratara. Jesse estaba de pie detrás al fondo de la habitación, y cuando me di cuenta de lo que tenía en las manos, no me lo podía creer.

Un revólver.

Tenía el brazo extendido con el arma empuñada a escasos centímetros de la cabeza de mi padre, que estaba tan enfrascado en la discusión, que ni se había dado cuenta de lo que estaba pasando a su alrededor.

—Señor Faye —murmuró grave por los golpes previos—, hágale caso y deje de marear —le amenazó esta vez Jesse.

Yo tragué saliva porque no sabía si Jesse sería capaz o no de disparar, y tampoco quería arriesgarme a dejar huellas ni a ser cómplice de un crimen. No me parecía justo dejar a mi madre sola con todo este peso sobre sus hombros.

A pesar de que ella sabía sobre todo esto, no me cabía duda de que lo que mi madre estaba haciendo era ser una sumisa bajo el control de mi padre. Él era el culpable principal de todo esto. Ella solo era otro títere que mover en este teatro tan absurdo y, amaba tanto a mi padre, que no veía el mal en él. Eso era lo que más pena me daba de todo. Mi padre no se merecía, en absoluto, el amor y adoración que mi madre sentía por él, después de todo.

—Prefiero que Scarlett vea con sus propios ojos el tipo de escoria que eres, Jesse Stevenson —comentó sardónicamente mi padre sin apartar la vista de mí. Como si se pudiera permitir el jugar de esa manera. O es que tal vez sabía que Jesse no sería capaz de disparar y solo estaba provocándolo para que lo hiciera. Eso sería bastante ruín por su parte, siendo sincera.

—No —suplicó en bajo jadeo mi madre—. Por favor, no —repitió esta vez, un poco más alto, tal vez asegurándose de que la escuchamos.

—Maryanne, tú déjame a mí– —la calló mi padre. Pero mi madre nos sorprendió a todos una vez más.

—¡No! —gritó ella por encima de su voz. Mi padre no tuvo más remedio que callarse, ya que tampoco se esperaba ese repentino arrebato de ella—. Se acabó, David —habló entre sollozos—. Déjala —dijo refiriéndose a mí—, deja que se arruine la vida ella sola, pero acabemos con esto de una vez. Yo ya no puedo más.

Y entonces rompió a llorar. Yo le hice una señal a Jesse con la cabeza asintiendo para que cogiera mis cosas. Mi decisión estaba tomada y nada cambiaría eso. Mucho menos ahora que sabía toda la mentira en la que había estado viviendo. Jesse cogió mis bolsos, que estaban apilados, a pesar de ser solo tres, y los lanzó fuera del balcón haciéndolos caer en el jardín mientras él aprovechó para bajar.

Yo me quedé allí asegurándome de que mi padre no hiciera nada estúpido, como volverse a lanzar sobre él, y sin soltar a mi madre. A pesar de la compasión que sentía por ella, no me iba a arriesgar.

Yo la solté y la empujé hacia mi padre, que se chocaron, y mi padre la rodeó con sus brazos mientras ella sollozaba en su hombro. Él no apartaba la vista de mí. Esa mirada tan llena de odio que tan familiar me era a estas alturas.

Yo retrocedí sobre mis pasos en vez de darle mi espalda, no fiándome de ellos. Aún tenía las tijeras en mis manos y no pensaba soltarlas hasta sentirme segura lejos de aquí.

Cuando llegué al balcón, divisé a Jesse abajo que se inspeccionaba los moratones, y volví a girarme para encarar a mi padre.

—Recuerda —le advertí—, si llamas a la policía puede que el que se encuentre entre rejas al amanecer seas tú.

Pasando las piernas por encima de la reja, bajé en cuestión de segundos. En el rostro de mi padre, antes de que lo perdiera de vista, vi un destello cuando se dio cuenta de que no era la primera vez que hacía eso.

Yo me di cuenta de que no había nacido para complacerle. A él ni a nadie. Y ya, sin poder dar marcha atrás, era cuando empezaba mi vida de verdad. Sin mentiras, sin velos tupidos que me impidieran ver la realidad. Solos yo y Jesse. A pesar de que el mundo estuviera contra nosotros.

#2 Implicit. ©Tahanan ng mga kuwento. Tumuklas ngayon