Capítulo 15

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Capítulo 15

¿Como había llegado a esa situación? Él era un hombre tranquilo, felizmente casado, con hijos, rutinario y pasivo. Se contentaba con poco; un trabajo relajado en la oficina, un buen paquete de tabaco, trasnochar los fines de semanas, ir al estadio al ver el partido o pasar algo de tiempo con los pequeños. Entonces, ¿como se había desvirtuado todo en unos pocos días? Sus años como detective hacía mucho que habían pasado, no debería estar sentado en esa mesa, ante ese hombre, con esa presión.

Por alguna razón recordó los meses posteriores al fallecimiento de Pizu, como Simón había caído poco a poco en el abismo del alcohol, rechazando casos, o dejandole a él solo frente a los que si aceptaba. También le vino a la mente el día que llegó a casa y tras años de insistencia de su esposa, le comunicó que sí, que iba a dejar puesto como detective privado para volver al cuerpo policial. Fue una decisión dura, pero a la que se acostumbró rápido, ganaba menos dinero, pero tenía más tiempo para los suyos.

Y ahora estaba allí, tomando el último sorbo de café y charlando de temas triviales con Juanjo Harriero, hermano de Rosa, un hombre importante en el departamento con el que no dialogaba desde hacía varios meses, y con el que solo había compartido unas palabras esporádicas de tarde en tarde.

¿De qué estaban hablando? Sí, de uno de los alijos de droga que se había incautado dos años atrás cuando acababa de regresar al servicio anti-drogas. Fue un trabajo bien realizado, detuvieron a un sicario importante relacionado con el entonces concejal de salud publica, obteniendo titulares y reconocimiento en todo el país. Pero, ¿por qué le contaba eso?

Primero le había preguntado por la familia, como si le importase lo más mínimo, luego pidió su opinión sobre el estado de los agentes que trabajan con él, si se sentían a gusto y ese tipo de cosas, con el perfecto disfraz del jefe policial que quiere saber como están de moral sus hombres. Por último rememoraba tiempos mejores y grandes incautaciones de droga.

—Sí, fue un gran caso —recapitulaba Juanjo—, Pero ninguno como el de «peñas» ¿Eh? Ese si fue grande. ¿Cuantos kilos fueron? ¿Dos mil? ¿Dos mil quinientos? Sí, y todo gracias a vosotros, a Simón y a ti, dos mil quinientos kilos de cocaína pura lista para distribuir en la ciudad, y les cogisteis con las manos en la masa. Fueron meses duros para los yonkis —rió—, los precios subieron y las calles padecían escasez de esa mierda asesina.

Jose Carlos no dijo nada, solo asentía con una sonrisa forzada, nerviosa. Él también se acordaba de cosas, como aquella vez, ocho meses atrás, que logró detener a un camello de barrio que almacenaba en casa doce kilos de heroína perfectamente embalada en paquetillas de un gramo. Recibió la enhorabuena del propio Juanjo Harriero, encargado de tramitar el caso, así como de su hermano y de Carlos, el tercer inspector. Pero cuando llegó el juicio los doce kilos de droga no eran tales, sino que el juez solo pudo ver una fracción del total, solo mil quinientas de las dosis en lugar de las más de doce mil que él había obtenido. Sí, también recordaba claramente el coche nuevo con el que había llegado a comisaría unos días después el afamado inspector.

—¿Y como está Simón? —siguió hablando Juanjo—. Ese viejo borracho, ¡ja! No cambiara nunca ¿eh? Apuesto a que ahora mismo está durmiendo la cogorza de anoche en el suelo de su apartamento.

Era evidente que el inspector conducía su monólogo poco a poco en una dirección concreta, pero Jose Carlos no iba a decir nada, estaba demasiado acongojado y sus palabras sonaban intranquilas, sospechosas. Era más fácil responder con monosílabos o frases cortas, así que, como pudo, aceptó el supuesto de Juanjo y miró la hora. El tiempo pasaba despacio, deseaba que dieran las once para salir disparado de allí, pero aún faltaban unos minutos.

La profanación (Paralizada)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora