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En los anales del tiempo, cuando los mortales aún rozaban la piel de lo divino, se tejió una leyenda que susurraba sobre un amor tan puro, tan avasallador, que incluso los dioses del Olimpo temblaron ante su fulgor. Dicen que existieron dos jóvenes, de almas gemelas y nombres predestinados: "Luna y Sol". Su conexión era un fuego etéreo, un vínculo que desafiaba la comprensión, y se amaron con una intensidad que eclipsaba la mismísima gloria de los inmortales.
Desde las cumbres resplandecientes del Olimpo, Afrodita, la diosa de la belleza y del amor, observaba con ojos esmeralda, consumida por una envidia voraz. ¿Cómo era posible que dos simples mortales pudieran amarse de una forma tan absoluta e inquebrantable, superando incluso su propio dominio sobre el afecto? Su orgullo herido la impulsó a descender a la tierra, decidida a demostrar que aquel romance no era más que una efímera ilusión, un mero espejismo de pasión.
Experta en el arte sutil de la seducción, la diosa desplegó todo su encanto ante el mancebo, su figura envuelta en un aura de divina perfección. Intentó conquistarlo con promesas de placeres celestiales y caricias dignas de un dios, pero él, inquebrantable en su devoción, la rechazó con una vehemencia que resonó en el corazón de la diosa. "Mi señora", proclamó el joven, su voz firme como el roble, "sin duda es usted la mujer más bella y más dulce que existe. Pero mi corazón es solo de mi amada Luna. Ella es para mí más deseable que el mismísimo oro, más preciada que todas las joyas del universo".
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Un eco en dos corazones
Aquella dulce leyenda de amor lograba arrebatar los más grandes suspiros de los labios de un pequeño castaño llamado Jungkook. Cada noche, su abuelo, con la voz curtida por los años y el amor en cada sílaba, se encargaba de narrar la mágica historia para que su pequeña adoración, su nieto, lograra conciliar el sueño. Para el abuelo, no era más que un cuento, una antigua leyenda griega que intentaba explicar el amor de una forma peculiar. Pero para el pequeño Jungkook, aquella historia era oro puro ante sus ojos inocentes. Cuando escuchaba el inicio del relato, su corazón latía con una fuerza desmedida, y en sus pensamientos infantiles, anhelaba con toda su alma algún día encontrar a su propio Sol, a la persona que encendería su mundo.
Mientras tanto, en un lugar lejano, oculto bajo el manto de las estrellas, un pequeño rubio escuchaba la misma historia. Sus ojitos brillaban con una luz inusitada, y su corazón se regocijaba mientras sus padres leían aquella fascinante leyenda. Para la mente pura e inocente del pequeño Park, la historia era completamente verdadera, una verdad innegable que hacía que su corazón latiera desenfrenado. Deseaba con toda el alma encontrar su propia Luna, aquel ser que iluminaría sus noches y le daría sentido a sus días.
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La cruel ironía del destino
Furiosa por no haber sido capaz de doblegar la voluntad del mortal, y con su orgullo herido hasta lo más profundo, Afrodita desató su ira divina. Mandó separar a los amantes para siempre, con una condena tan cruel como poética. Convirtió al joven en el astro que iluminaría el día, el Sol, condenado a reinar en la luz. Y a la mujer, en el que iluminaría la noche, la Luna, destinada a vagar en la penumbra. Jamás coincidirían en el vasto firmamento; sus caminos estarían eternamente separados. Afrodita estaba segura de que así, con la distancia y la imposibilidad de un encuentro, su amor se extinguiría, se volvería cenizas en la memoria del tiempo.
Pero el amor de Luna y Sol era de una estirpe diferente. Era un amor que desafiaba las leyes impuestas por los dioses, que se nutría de la distancia y se fortalecía con el anhelo. Al ver que su enamoramiento sobrevivía a la crueldad del tiempo y la distancia, que su vínculo no se rompía, Zeus, el padre de los dioses, intervino. Compadecido, o quizás asombrado ante tal devoción, decidió otorgarles un breve resquicio de esperanza. Así, permitió que el Sol pudiera, al menos, rozar de nuevo el rostro de su amada. Esto ocurre en los días de eclipse, cuando los dos amantes, por un milagro cósmico, vuelven a fundirse en un solo cuerpo, aunque solo sea por un breve y precioso instante, un suspiro de eternidad en medio de la soledad.
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Lo que aquellos pequeños e inocentes corazones, el de Jungkook y el de Jimin, aún no podían comprender, lo que omitían en su pura visión de la leyenda, era la cruel y trágica ironía inherente al destino de la Luna y el Sol. Ellos, los amantes más famosos de la mitología, jamás podrían estar juntos de forma permanente. Su unión siempre sería un instante fugaz, un encuentro prohibido, un recordatorio constante de la separación impuesta. Un amor condenado a la belleza de la imposibilidad.
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Proyecto Zeus. (Kookmin) ✨
FanfictionCuando la Tierra se convirtió en un eco lejano, la última esperanza de la humanidad navegó las estrellas a bordo de la nave Artemis. En la vasta soledad del cosmos, dos almas, Jimin y Jungkook, están destinadas a encontrarse. Mientras su vínculo flo...
