Capítulo 14

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—¿Ross?

Gruñí algo, medio dormido, y volví a notar que me movían el hombro.

—Ross, despierta, vamos.

Finalmente abrí los ojos. La cabeza me dolía como si me la estuvieran martilleando, pero no fue nada comparado con la punzada de dolor que sentí en el cuello al incorporarme de golpe.

Naya estaba agachada a mi lado con cara de sueño.

—¿Qué haces durmiendo aquí? —preguntó, extrañada.

Me froté la nuca con la mano, intentando acordarme de cómo demonios había terminado durmiendo en el maldito pasillo.

Ah, sí... Jen. Mierda. 

Me entraron ganas de darme con la cabeza en la pared.

Naya intercambió una mirada entre mi expresión y la puerta y levantó las cejas.

—Oh... —murmuró, sin saber qué decir.

—¿Qué haces despierta? —pregunté, confuso.

—Tengo hambre —puso una mueca—. Venga, ven conmigo. Debes estar muy incómodo ahí sentado.

Acepté su mano y me puse de pie, con la espalda y el cuello doloridos. 

Naya fue tan felizmente como siempre al salón. Intenté que se me contagiara un poco de su felicidad por el camino, pero la verdad es que no lo conseguí. Fui directo al sofá y me dejé caer en él, mirando el techo. Escuché que ella rebuscaba por la cocina y volvió con un tarro de galletas de chocolate.

—Para cuando terminen estos nueve meses voy a engordar doscientos kilos —murmuró, sentándose a mi lado en el sofá de piernas cruzadas—. Pero la verdad es que me da igual.

Sonreí un poco y negué con la cabeza.

—Enhorabuena —murmuré—. Lo siento, todavía no te había dicho nada.

—Ah, no pasa nada —me dijo con la boca llena—. Bueno, ¿quieres hablar de lo que ha pasado o mejor fingimos que somos todos felices comiendo galletas y hablando de mi embarazo?

—Me quedo con la segunda opción.

—Como quieras —me ofreció el tarro y robé unas cuantas galletas. La verdad es que tenía hambre.

Pero, claro, no había dado dos mordiscos a la galleta y ya había cambiado de opinión.

—Soy un gilipollas —murmuré.

Ella me miró, pero no lo negó.

—No tanto como un gilipollas —aclaró—. Solo... um... cuando estás de mal humor eres un poco... ejem... ogro.

—Vaya, gracias.

—¡No te lo tomes como algo malo! Eres mi ogro favorito.

—Naya, a veces no sé si me estás halagando o insultando.

—Si te quisiera insultar no sería tan creativa —me aseguró, todavía devorando galletas.

La observé unos segundos antes de hablar de nuevo.

—Si tú discutieras con Will... mhm... y dijeras algo de lo que te arrepientes mucho... ¿cómo lo arreglarías?

Naya me dedicó una mirada pensativa mientras cerraba el tarro de galletas. Se había comido casi la mitad en tiempo récord. Ni siquiera sabía dónde podía meter tantas galletas teniendo un cuerpecito tan pequeño.

—Bueno —dijo al final—, yo me iría a dormir, intentaría calmarme y luego, por la mañana, cuando los estuviéramos más calmados... intentaría explicarle que estaba cabreada y dije algo sin pensar. Will lo entendería.

Tres mesesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora