Capítulo 13

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Maldita Joey.

Suspiré cuando terminamos la estúpida entrevista. Apenas había hablado. Todo lo había dicho Vivian, que no dejaba de colgarse de mi brazo, sonreír de forma encantadora y parpadear varias veces seguidas al presentador, que tenía las orejas sonrojadas y se trababa al hablar por culpa suya.

En cuanto terminamos y Joey nos dejó marcharnos, suspiré y me quedé sentado en el asiento del conductor unos segundos más de los necesarios. No quería volver a casa. Sabía quién estaría ahí.

Y, por si fuera poco, hoy teníamos una fiesta en casa de Lana.

Sinceramente, como se pusiera algo parecido al vestido negro del año pasado... la pobre Sue tendría que limpiar muchas babas del suelo.

Puse mala cara inconscientemente cuando escuché que la puerta del copiloto se abría y se cerraba. Vivian se sentó a mi lado con una sonrisita.

—Hola, Ross —saludó como si nada.

Ella estaba más delgada que la última vez que la había visto, y también más maquillada. Ninguna de las dos cosas eran necesariamente malas; ahora tenía una nueva maquilladora y un entrenador personal. Vivian realmente quería sentirse una estrella del cine, ¿no?

Me pregunté si yo debería hacer lo mismo, aunque enseguida descarté la idea.

—¿Qué haces en mi coche? —pregunté lentamente.

—He pensado que podrías llevarme a casa.

—Tienes tu propio conductor.

—Tú también podrías tenerlo.

—No necesito conductor. Tengo coche. Sé conducir.

—Oh, vamos, Ross. Es solo para pasar un ratito juntos. ¿Cuánto hace que no hablamos?

—Desde que te aprovechaste de mí cuando estaba colocado.

Hubo un instante de silencio en el que, al menos, ella tuvo la decencia de ponerse colorada.

—Eso no fue... exactamente así —musitó—. No pensé que estuvieras tan inconsciente, yo...

—Mira, Vivian, ahora mismo lo último que necesito son más dolores de cabeza. Sal de mi coche y vete con tu conductor.

Me miró durante unos segundos, dolida, pero en ese momento no podía importarme menos. Empecé a apretar los dedos en el volante, frustrado. Me dolía la cabeza, tenía la garganta seca y sentía que me era imposible estar quieto. Mi rodilla no dejaba de subir y bajar a toda velocidad.

Vivian bajó la mirada hasta ella antes de volver a subirla a mis ojos.

—¿Cuánto hace que no tomas nada? —preguntó, curiosa.

—Eso no es asunto tuyo.

—Tengo de sobra en mi casa —ladeó la cabeza con una sonrisita—. Sabes que para ti es gratis.

—No necesito esa mierda.

Era cierto, ¿por qué había dejado de tomarla?

Ah, sí, porque había estado muy ocupado pensando en cierta señorita cuyos pantaloncitos me atormentaban por las noches.

Y por las mañanas, y por las tardes...

—Bueno —ella suspiró y se puso el cinturón de seguridad—, ya le he dicho a mi chófer que se fuera. ¿Puedes llevarme, al menos?

Quería acabar con eso, así que asentí una vez con la cabeza y arranqué el coche. La cabeza me seguía dando vueltas cuando cruzamos la ciudad en dirección a su casa.

Tres mesesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora