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2. Solo uno

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Me había quedado sin palabras, lo que decía mucho de por sí.

Resultaba chocante. Desde que tenía memoria, pasé horas leyendo sobre el internado, fantaseando con cómo sería recorrer sus pasillos legendarios, y estar allí era incluso mejor.

El salón de entrada parecía agrandarse con cada paso que daba y era como caminar sobre historia. Honestamente, cabrían los estudiantes de todos los países y sus familias en él. Además, era tan silencioso que temí que mis pensamientos que se escaparan de mi mente y se escabulleran por los pabellones como susurros de fantasmas.

La ornamentación artística de la cúpula y las pinturas de laboriosas cinceladas que retrataban a las épocas antiguas del interior de la Academia Black causaron que me quedara embelesada. El edificio en sí era similar a los dibujos de templos clásicos que había estudiado, con sus simétricas columnas internas de granito. Mi grupo de Construidos yacía bajo la lujosa araña de cristal, aguardando las instrucciones.

―Como ya les he dicho, este sitio es denominado el gran salón. Aquí es donde se darán las galas a las que cada mes podrán asistir sus familiares, invitados especiales y principalmente algunos miembros del Consejo. Su propósito es prepararlos para el futuro, darse a conocer ante el mundo y aumentar sus habilidades diplomáticas como políticos ―mencionó Luvia Cavanagh con un tono de voz adusto y distinguido que solo se obtenía con lecciones de etiqueta.

Una joven rubia de cabello corto y semblante redondo que lucía un par de otoños mayor que yo se encaminó en dirección a Luvia. La chica iba vestida con un uniforme negro que tenía bordado en su delantal blanco el número 433, su distintivo. Las reglas indicaban que la servidumbre no se podía mezclar con los superiores y esa fue la razón de darles números en vez de nombres, se les consideraba tan poco que no valía la pena recordar su identidad. No concordaba con esa idea, no obstante, yo no podía eliminarla de todas las mentes del mundo, ni aunque quisiera. La señorita le susurró algo a la directora y se despidió a la brevedad, permitiendo que el recorrido de bienvenida continuara.

El gran salón tenía dos desembocaduras a sus costados. Por un lado, un pasillo con una colección de salas históricas que contenían objetos que tuvieron una importancia crucial durante la Gran Caída, siendo los pocos elementos de la época preguerra que conservaba nuestra sociedad para estudiar. Transitamos por los salones y sus diversas intersecciones en busca de adentrarnos más hasta que doblamos.

Y por el otro, había un largo y protegido pabellón sin aberturas que nos guiaba hacia un espacio abierto al aire libre. Fue muy notoria su finalidad: un campo de entrenamiento. Los terrenos de la academia eran varios, por lo que, olvidando los jardines y el bosque, cada clan y su respectiva generación contaba con uno aquí. Pero, nosotros, los Construidos de esa generación, entrenaríamos juntos.

―Obviamente, aquí tomarán sus clases de adiestramiento físico a diario. Y allí están los demás instrumentos necesarios para su rutina. ―Ella señaló una puerta con las palabras «sala de armas» marcadas.

Nos introdujimos de nuevo en el interior, nos desplazamos a través del atrio, y la caminata prosiguió hasta culminar frente a la imagen colosal del conjunto de las torres conectadas entre sí. A diferencia de los pocos edificios que vi en el trayecto desde mi casa, ninguna de ellas contaba con un color distintivo. Mostraban de lo que estaban hechas: piedra. Aun así, su encanto críptico producía la sensación de que eran más antiguas de lo que en realidad eran. Allí esperaba de manera silenciosa 433.

―Mañana inspeccionarán los edificios de sus clanes y las aulas donde estudiarán. Por ahora irán a la Torre de Construidos, un lugar exclusivo para ustedes y las demás generaciones. Maureen, es decir, 433 les enseñará sus respectivas habitaciones. Deseo que sean de su agrado. Volveremos a vernos durante la cena oficial ―se despidió la directora.

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