ACTO I. NATE ARCHIBALD

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—¿No es muy temprano para ti, Nathaniel?

Tomó otro trago de whiskey. La garganta le ardía.

—Es una ocasión especial. —Contestó sin mirarlo.

El castaño caminó en silencio hasta donde se encontraba. Tomó uno de los palos de billar que se hallaba tirado en el suelo junto a otros tantos.

La habitación estaba echa un desastre. Era la que compartían en sus tiempos de adolescentes cuando después del San Judas se encerraban a fumar hachís por horas. Aquel cuarto que los había visto crecer, el cuarto del Palace. Riendo sobre sus desventuras de amor con Blair y de las malas notas que habían obtenido en literatura.

—He, que deberíamos consultar a tu amigo Humphrey. —Había dicho él.

A Nate le había causado entonces una gracia inmensa. Tal vez la droga haciendo efecto en su cuerpo.

Su amigo se acercó a la mesa y dio a la primera bola, llevándose consigo tres más.

—Sobresaliente. —Alagó Nate con una sonrisa irónica en su rostro.

Sujetó con fuerza el taco que él tenía en manos. Quería darle a la bola, pero sus movimientos ya no le pertenecían. Solo aquellos que lo incitaban a poner aquel vaso rocks sobre sus labios. Nuevamente el líquido recorriendo su sistema.

—Vamos Nate. —Siseó.

—¿Qué haces aquí, Chuck?

Preguntó serio. Soltando el palo de billar. Hizo un ruido seco que resonó por toda la habitación. Los ojos de Charles se dirigieron al sitio donde reposaba el objeto que su amigo había lanzado segundos atrás. Lo observó por lo que parecieron horas.

En cambio, Nate no dejaba de observarlo a él. Tenía sus mejillas sonrojadas a causa del alcohol que estaba ingiriendo de golpe desde el día anterior. Su boca convertida en una línea dura y sus manos echas dos muy bien formados puños.

—Lárgate de aquí. —Le susurró.

Los ojos de Chuck dejaron el palo de billar y se centraron en él. Se veía dolido, pero no más de lo que se podía ver su amigo.

Nate llevaba el cabello dorado enmarañado, como si no lo hubiera lavado en días. Sus mejillas estaban hundidas y sus ojos se encontraban tan vidriosos que con solo verlos te entraban ganas de echarte a llorar.

Y eso era algo triste de ver en Nate Archibald, nuestro chico de oro.

Chuck caminó hacia él, colocó su mano sobre su hombro y se limitó a decir; —Amigo.

Pero entonces Nate lo arrojó con fuerza. —Aléjate. Tú no eres mi amigo.

Se dio la vuelta dispuesto a irse, pero entonces la voz siseante de Chuck Bass lo hizo detener.

—Te conozco desde el preescolar, Nate Archibald. —Se escuchaba molesto, pero no lo hizo dar vuelta. —He estado contigo ahí desde que tengo memoria. Tú escuchaste sobre mi primera vez, y yo alenté la tuya aun cuando eso significara estar con la chica que amaba.

Nate no pudo evitar devolverse hacia él hecho una furia andante. Le propinó un fuerte golpe en la mandíbula, que no hizo más que destantearlo un poco.

—Sé del amor que le tienes a Serena y también sé que ella muy en el fondo te ama también. Solo son demasiado estúpidos para verlo y a mí ya no me ha quedado tiempo de encerrarlos en un elevador hasta que solucionen sus problemas de tensión sexual. Sé que piensas en el capitán y te culpas de eso, pero sabes, Nate, no fue tu culpa.

Nate le lanzó tres golpes más. Dos en el abdomen, y cuando ha logrado que Charles se incline, ha soltado el tercero en su espalda.

—Sé que te has visto con Blair a mis espaldas y sé que se han besado. Pero ambos ya pertenecen a alguien más por mucho que deseasen que no fuese así. Sé de tu temor a las alturas, de tu terror por los caballos.

Lanzó nuevamente dos en su rostro. Chuck parecía no tener intenciones de detenerse incluso cuando de su boca chorreaba sangre. Nate continuaba tan molesto y desesperado. Quería que él se detuviera, que dejara de hablar.

—Sé que te gusta el helado de vainilla, y que detestas el de limón. Estuve ahí en todos tus cumpleaños, te di tu primera droga. Nos saltábamos clases juntos. Sé que detestabas hacerlo.

No pudo lanzar otro más. Se desplomó en sus brazos. Chuck consiguió abrazarlo en el momento justo en que Nate se echaba a llorar, porque sabían lo que vendría a continuación. 

—Y sé, Nate, yo sé de tu terror por convertirte en tu padre. —Terminó bajito.

Porque no se trataba solamente de un abrazo; era su vida, desgarrándose.   

Nate se separó de él. Limpió su rostro con la manga de su traje negro y fue hasta por el vaso que había dejado en el otro extremo de la habitación. Bebió el contenido de golpe, el whisky raspando su garganta nuevamente se sentía como una tradición olvidada.

—Y eso, Nathaniel, lo sé porque somos amigos. No te atrevas a decir lo contrario.

Los pasos de Chuck resonaron hacia la salida. De un momento a otro la habitación se encontraba vacía.

Nate apartó de golpe dos lagrimas traviesas que corrían por su mejilla.

Pero no pudo evitar preguntar al aire; —¿Entonces por qué te fuiste Chuck?

Por el que se fueGeschichten, die süchtig machen. Entdecke jetzt