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Como era habitual, los pasillos de la escuela se habían transformado en un hervidero de uniformes y voces apresuradas. El eco de los pasos rápidos rebotaba contra las paredes mientras los estudiantes se cruzaban en un caos coreografiado; algunos corrían con la urgencia de quien llega tarde, otros forcejeaban con las puertas metálicas de sus casilleros para extraer libros y cuadernos, y los más tranquilos se agrupaban en pequeñas islas de murmullos, perdidos en charlas que ignoraban el bullicio a su alrededor.

A sus diez años recién cumplidos, Jungkook sentía que el mundo entero cabía en su sonrisa esa mañana. Era su primer día en una escuela nueva y el entusiasmo le burbujeaba en el pecho, impidiéndole caminar despacio; casi parecía que rebotaba sobre el asfalto. Se ajustó las correas de su mochila de Iron Man, su posesión más preciada, sintiéndose tan valiente como el mismísimo superhéroe. No había rastro de nervios en él, solo una alegría desbordante por la certeza de que hoy conocería a sus nuevos mejores amigos.
Después de todo, su mamá se lo había asegurado mientras le peinaba el flequillo: él era un niño muy lindo y especial, y todos en su clase querrían acercarse a él para jugar. Con esa confianza ciega y el corazón latiendo a mil por hora, cruzó las puertas del edificio, listo para conquistar el patio.

Al cruzar el umbral del aula, la enorme sonrisa de Jungkook se transformó en un gesto más contenido, aunque sus ojos seguían brillando con una ilusión vibrante. El salón era un hervidero de risas y murmullos; decenas de niños correteaban de un lado a otro o se amontonaban sobre los pupitres. De repente, la seguridad que sentía en el pasillo se evaporó un poco. No quería parecer demasiado desesperado por atención, así que, apretando con fuerza las correas de su mochila de Iron Man, caminó con pasos cortos hacia un asiento vacío al fondo.

Se sentó en silencio, tratando de pasar desapercibido mientras observaba el panorama. El nerviosismo comenzó a instalarse en la boca de su estómago al notar que las piezas del rompecabezas ya parecían estar armadas: todos tenían sus propios grupos, compartían secretos al oído o intercambiaban cosas entre carcajadas. Allí, en medio del bullicio, Jungkook se sintió como una pequeña isla solitaria. Nadie se acercaba, nadie lo miraba, y las palabras de su mamá sobre lo fácil que sería hacer amigos empezaron a sentirse como un eco lejano mientras esperaba, con el corazón encogido, que alguien notara su presencia.

Con el paso de las semanas, la vibrante alegría de Jungkook comenzó a marchitarse, dejando en su lugar a un niño silencioso que habitaba las sombras de los recreos. Aquella promesa de amistades instantáneas nunca se materializó; por el contrario, el tiempo solo pareció levantar un muro invisible entre él y los demás. Cada tarde, al volver a casa, tragaba saliva y forzaba una sonrisa para contarle a su madre historias inventadas sobre juegos y risas con amigos que no existían, ocultando la punzada de soledad que le oprimía el pecho.

El punto de quiebre ocurrió una tarde gris en el patio. Armado con la poca valentía que le quedaba, Jungkook se acercó a un grupo que reía cerca de las jardineras, pero sus palabras murieron antes de salir.

—Mírenlo, ahí viene el raro —soltó uno de los niños, señalándolo con desprecio—. ¿En serio traes esa mochila de Iron Man? Qué patético, eso es para bebés.

Las risas crueles de los demás cayeron sobre él como agua helada. Jungkook bajó la mirada, sintiendo que el peso de su superhéroe favorito en la espalda ahora era una carga de vergüenza insoportable. Al día siguiente, la mochila de Iron Man se quedó en lo profundo del armario, reemplazada por una gris y sin vida. Junto con ella, se fue su entusiasmo; su personalidad brillante se apagó, transformándose en una seriedad impropia de sus diez años, convencido de que, para no ser rechazado, lo mejor era dejar de ser él mismo.

Era la hora del recreo y el patio vibraba con el alboroto habitual, pero Jungkook se había refugiado en la quietud de una mesa solitaria bajo la sombra de un gran árbol. Comía en silencio, con la mirada perdida en su almuerzo, cuando una sombra se proyectó sobre la madera desgastada. Al levantar la vista, se encontró con un chico de piel extremadamente pálida y una mirada felina, afilada y profunda, que parecía observar todo con una calma imperturbable.

Katakana - kookmin Stories to obsess over. Discover now