Ana a Philippa

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«De Ana Shirley a Philippa Gordon. ¡Salud!
»Querida Phil: Ya es tiempo de que te haga llegar noticias mías. Aquí estoy otra vez, trabajando de maestra rural, en Valley Road. Me alojo en «Junto al Camino», la casa de la señorita Janet Sweet. Janet es un encanto y muy bonita; alta, pero no demasiado; algo corpulenta pero con un perfil que sugiere un alma frugal que ni siquiera pierde su dominio en cuestión de peso. Tiene una mata de suave y rizado cabello castaño con algunas hebras grises, un rostro alegre con mejillas rosadas y un par de dulces ojos azules como nomeolvides. Más bien es una de esas deliciosas cocineras a la antigua, a las que no les importaba un ápice arrumar tu aparato digestivo con tal de engordarte con comidas pesadas.
»Yo la quiero y ella me quiere, principalmente, según parece, porque tenía una hermana llamada Ana, que murió muy joven.
»—Me alegro mucho de conocerte —me dijo cuando llegué—. Pero no eres como te había imaginado. Estaba segura de que serías morena, como mi hermanita Ana; ¡y hete aquí que eres pelirroja!
»Por un momento pensé que Janet no me iba a gustar tanto como creí al verla. Luego me reproché por mi apresurada insensatez al predisponerme en contra suya por el solo hecho de que me llamaba pelirroja. Probablemente la palabra "castaño" no figura en el vocabulario de Janet.
»"Junto al Camino" es un rinconcito encantador. La casa es pequeña y blanca y está en una hondonada que nace en el camino. Entre éste y la casa hay una mezcla de huerta y de jardín. El sendero que va a la puerta principal está bordeado de floréenlas; una enredadera cubre la galería y el techo. Mi habitación es muy limpia y apenas cabemos la cama y yo. Sobre la cabecera del lecho cuelga un cuadro en que se ve a Robby Burns junto a la tumba de María Estuardo, reina de Escocia, a la sombra de un enorme sauce llorón. El rostro de Robby es tan lúgubre, que no es raro que me asalten pesadillas. La primera noche que pasé aquí soñé que no podía reír más.
»La sala es pequeña y pulcra. Sobre su única ventana dan las frondosas ramas de un sauce, cuya sombra hace que la habitación tenga la verde penumbra de una gruta. Las sillas lucen respaldos magníficos, el suelo está cubierto de alegres felpudos y en una mesa redonda se encuentran, muy bien ordenados, los libros y las cartas. Y sobre la chimenea hay vasijas con heléchos, y entre éstos una "alegre" decoración de placas de ataúdes: son cinco en total y corresponden a la madre y al padre de Janet, a su hermana Ana, a un hermano y a cierto sirviente que murió aquí hace tiempo. Si un día me vuelvo loca repentinamente, "sepa el mundo por la presente" que la culpa es de esas placas.
»Pero en realidad todo es delicioso y así lo dije. Janet me quiere por esta razón tanto como detesta a la pobre Esther, quien se atrevió a decir que tanta sombra es antihigiénica y no quiso dormir sobre un colchón de plumas. Yo, por mi parte, los adoro, y cuanto más antihigiénicos y plumosos son, mejor. Janet dice que da gusto verme comer. Temía muchísimo que yo fuera como la señorita Haythorne, que desayunaba sólo frutas y agua caliente y quería que Janet renunciara a los fritos. En verdad, Esther es una joven adorable, pero algo chiflada. El problema está en que no tiene suficiente imaginación y sí cierta predisposición a las indigestiones.
»¡ Janet me dijo que podía usar la sala si quería recibir la visita de algún joven! No creo que vengan muchos. Aún no he visto un solo chico en Valley Road, excepto el peón de la casa próxima a la nuestra. Se llama Sam Tolliver y es un joven alto, delgado y pelirrojo. Vino por aquí hace poco y se sentó una hora sobre la pared del jardín, cerca de la galería delantera donde estábamos trabajando Janet y yo. El único comentario que hizo durante ese tiempo fue: "¿Quieri una minta, siñiorita? Aquí tieni, son buenas para el risfrío las minias", o si no: "¡Quí montón d' ierbas!".
»Pero por aquí hay amores. Parece que es mi destino estar relacionada más o menos activamente con los amores maduros. El señor Irving y su esposa afirman que yo "hice" su boda. La señora de Stephen Clark de Carmody persiste en estarme terriblemente agradecida por una sugerencia que cualquier otra persona le hubiese hecho en mi lugar. Sin embargo, realmente pienso que Ludovic Speed nunca hubiese ido más allá de un plácido noviazgo de no haberles ayudado a Theodora Dix y a él.
»En los amores actuales, no soy más que una espectadora pasiva. Una vez traté de ayudar y sólo conseguí embrollarlo todo. De modo que no volveré a meterme. Te lo contaré todo cuando nos encontremos.»

ANA LA  DE LA ISLADonde viven las historias. Descúbrelo ahora