¿Por qué a mi?

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Era curioso como los días de otoño parecían ser más cálidos que los de verano. Quizás era el mismo frío de la ciudad que te obligaba a buscar un calor interior.

Las gotas que la suave llovizna de hace un momento había dejado, se encontraban reposando sobre el cristal. Algunas competían en una carrera cada que el auto se encontraba en marcha, pero al final siempre se unían por el mismo trayecto que habían dejado las anteriores y se convertían en una gran gota, después, caían al suelo.

Yo iba sentada en la parte de atrás mientras que mamá manejaba; porque aunque solo fuéramos nosotras dos, a papá le pertenecía el asiento del copiloto y a Hanabi y a mí el espacio trasero. Eran nuestros lugares asignados silenciosamente.

—Es salsa barbecue. —

— ¿Eh? —

—Sí, la que hizo tu tía para bañar las costillas en el cumpleaños del abuelo. Justamente de la que le advertí a Hanabi no manchar su abrigo porque era difícil de quitar, y por un demonio, el blanco; Justamente fue el abrigo blanco el que se manchó. — Sentenció mi madre con un deje de molestia en su voz, deteniéndose al ver la luz roja del semáforo.

—Oh... — dije de manera ausente mientras trazaba figuras imaginarias con mi dedo sobre la ventana, que a diferencia del parabrisas, no se dibujaban ya que el cristal no estaba empañado.

El camino transcurrió en calma hasta llegar a nuestro destino. Si bien mi madre no era precisamente callada, ella estaba metida en sus propios asuntos. Lo sabía porque de vez en cuando miraba de reojo al abrigo que ahora ocupaba el asiento de mi padre y fruncía el ceño, denotando la incomodidad que le causaba la pequeña mancha de salsa. No había presión para entablar una conversación.

Una vez apagado el motor mi madre tomó el abrigo y salió del auto, las ráfagas del viento movían su corto cabello sin delicadeza. Era lacio y negro azulado, como el mío, solo que ella lo llevaba a la altura de la barbilla; su corte la hacía verse más estilizada y la combinación que hacía con su nariz respingona y sus largas pestañas hacían que pareciera una parisina, jovial y elegante.

—Vamos cariño—dijo después de abrirme la puerta con un poco de esfuerzo, llevaba el abrigo debajo de su brazo derecho y las llaves del auto y un café que había comprado de paso en Starbucks en su mano izquierda. Bajé del auto y me dirigí hacía la tintorería, no sin antes acomodar mi falda del instituto y subir una de mis calcetas que se había deslizado hasta media pantorrilla.

Si bien el establecimiento era algo viejo y olía a humedad mezclada con vapor caliente, era al que siempre asistía mamá; siempre que papá le insistía en ir a un lugar "con más clase", ella le reprendía diciéndole que ninguna de las lujosas tintorerías que le había recomendado quitaba una mancha de vino tinto como lo hacían ahí. Al igual que siempre, mamá tenía razón, y no sólo porque era mamá.

Después de dejar el abrigo, salimos de la tienda, topándonos de nuevo con la baja temperatura. Si bien aún no comenzaba a nevar, podía ver mi aliento haciéndose visible en pequeñas nubes de vapor.

Mamá caminó un tramo de la acera hacia la derecha, para tirar su envase del café en la basura. Me sonrió tiernamente y me hizo una seña para que la siguiera. Caminamos unos metros hasta la esquina y se detuvo enfrente de una panadería.

—Tu padre dice que no es como el pan que compramos en le petit château, pero yo te puedo decir que es igual, o mejor. —dijo mi madre sonriente y luego empujo con su menudo cuerpo la pesada puerta del lugar.

Lo primero que mi nariz captó fue el olor a pan recién horneado y un leve toque dulce en el ambiente. El lugar era más bien grande y sin mucha decoración, las paredes estaban pintadas de azul tenue con algunas manchas de humedad y agujeros que había dejado la pintura al desprenderse.

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⏰ Dernière mise à jour : Jul 30, 2017 ⏰

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