Parte 3

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Parte 3

Cuando el dorado sol apareció por el horizonte, Olintheo sacó sus rebaños a pastar. Lemúnaco observaba desde el cielo. Le pareció que el anciano estaba más deprimido. Esperó a que se sentara, se posó en una rama, cerca de él, y le explicó lo que pretendía.

-¡Oh, anciano pastor. Mi nombre es Lemúnaco, y soy mensajero de mi oscuro señor, Hades! Tus desdichas han encontrado oídos en su reino, donde sus habitantes conocen tus desdichas y se indignan. Ante ello, mi señor se pregunta porqué no le rezaste a él, pidiéndole su ayuda.

-En verdad, sabía que vendrías, Lemúnaco ¿Para qué me voy a engañar? Pero temí que su venganza fuera terrible y desproporcionada. Igualmente, temí que mis amigos los pescadores, que tanto suelen pasar por aquí, fueran víctimas inocentes del castigo destinado a esos pérfidos poetas.

El oscuro cuervo, mensajero, le respondió a ello:

-¿Y no es de sentido común, dialogar primero? Todo en éste mundo puede hablarse y llegar a un acuerdo satisfactorio. O así es como lo veo yo.

-Dices gran verdad, perdona. No había caído en ello. Tan cegado me hallo con mi problema.

-Si tal cosa te interesa, hablemos ¿Qué quieres, exactmente? Pues algo desearás, pienso yo.

El pastor no era ignorante, e imaginaba que Hades le pediría alguna cosa a cambio de su protección.

-¿Qué deseo? Si de desear se trata, dame juventud e inmortalidad ¿No habrá sitio en el Urano para un nuevo dios? Concédeme también un enorme palacio, ricamente adornado. Esclavas de maravillosos cuerpos y de colorido pelo. Una guardia de broncínea y brillante armadura, con crines rojos como las del rey de Mosikas. Un carro de bronce, tirado por alados caballos, no habrán de faltarle a un dios como yo. Asimismo, cóncavas naves de guerra con las que desafiar a los fenicios y los persas. Y un inmenso tesoro que no quepa en un almacén de 4.000 estadios. Todo eso quiero yo.

Lemúnaco, sonrió.

-Grandes cosas quieres, en verdad, pero no encontrarás quien te las conceda. Habla en serio, ya. Hades puede enojarse ante tales peticiones absurdas.

-Si me fuera concedido el favor de volver a ser joven y bello, sin dudarlo, lo pediría, más de no poder ser así, todo lo que pido, es vivir tranquilo lo que me resta de vida, sea mucha o poca.

Volvió a contestarle el oscuro mensajero alado:

-Cosas como esas, solo las conceden los dioses a sus privilegiados, y no por ello son más felices. Creo poder asegurarte, que vivirás en paz la vida que te queda. Pero tendré que negociar si tus amigos los pescadores podrán venir por aquí.

-Ahí está la cuestión. Tal y como imaginaba, mi petición no es gratis. A cambio de vivir en paz, un precio habré de pagar ¿No?

A tal respuesta, el alado mensajero dijo estas palabras:

-No te voy a engañar, que de astucia andas muy sobrado. A Hades le interesa tu isla, pero será respetuoso con tus decisiones.

-¡Ah, injusticia! Qué regateo le haces a un pobre hombre, que por algún tipo de azar, tiene un poco de tierra que anteriormente perteneció a su familia ¡Cuánto más le habréis de regatear a un pobre infeliz que no tiene un solo palmo de terreno donde fallecer!

Nada respondió el cuervo a esas palabras, y tras un rato de silencio, exclamó:

-No seas ingenuo ¿Qué es éste mundo, sino un cuartel de mercenarios? Todas las justicias que veas, tienen intereses detrás. No lo digas en voz muy alta, que los jueces podrían enfadarse. Marcho al infierno a contarle al oscuro Hades nuestros acuerdos y negocios.

Tras el informe, se acordó una reunión de los dioses en el Urano. Y allí marchó Poseidón, transportado en su carro con delfines voladores. Igualmente fue Hades, en su carro, empujado por grises demonios alados.

Zeus ordenó que Olintheo pasara en paz sus últimos días, que por cierto, estaban cercanos. Hades y Poseidón, quedaron en garantizar que tal cosa se cumpliera. Pese a ello, le prohibió al dios del mar, provocar tempestades destinadas a hundir los barcos que fueran allí, pero le fue permitido que numerosos tiburones rondaran las naves en busca de algún infeliz que durante el trayecto, cayera al agua. Baco, dios del vino, protestó ligeramente, pero acató lo ordenado.

No sucedió así con Atenea y Afrodita, siempre rivales en decisiones, pero amigas por ésta causa.

-Dejar una isla sin gobierno, es absurdo ¡Que se habite y expanda la civilización! ¡Habítese y culturice para favor de los hombres y orgullo de la humanidad! Tal fue la opinión de Atenea.

-¿Privar un hermoso sitio del gozo y disfrute de unos nobles poetas, a favor de un viejo loco, al que poco queda para pudrirse en las entrañas de la tierra? Conviértase tal sitio en un jardín de maravillas, cuanto antes, al precio que sea. Exclamó la enojada Afrodita.

Como quiera que no se pusieron de acuerdo, ambas marcharon en silencio, y amenazaron con contar lo hablado a Hermóstidas en cuanto llegara la cercana primavera. Así estaría prevenido, e invadiría la isla cuando las condiciones le fueran favorables. De todo ello, informó el cuervo al desdichado pastor, quién ya veía con buenos ojos una cruel venganza. La injusticia cambió su carácter.

En cuanto a las dos diosas, cada una de ellas, estaban en sitios distintos. Y como quiera que Hades y Poseidón recibieron el encargo de impedirles que contaran nada al tirano, decidieron que lo mejor era no dejarlas salir de donde se encontraban. Atenea, en Creta, y Afrodita, en Lesbos. Le tocó al veloz Lemúnaco la tarea; para la cual, el dios del mar autorizó a sus elementos a obedecer al negro cuervo en dicha misión.

La isla de los falsos poetas (la olinthiada)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora