parte 2

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Parte 2

En cuanto a Hermóstidas, al día siguiente, recibió con desprecio la petición de Olintheo.

-Atrevido es en verdad ese pastor. Le dije que no soñara con reinar, y mira el mensaje que pone en boca tuya. Pero lejos estoy de enojarme, porque la pérdida de ese miserable no son malas nuevas, sino buenas. Temiendo enojar a los dioses lo dejé vivir con la condición de que soportara las fiestas de mi hijo. Llegado el momento es, de que cada uno coja lo que es suyo, y por derecho de rey, pasará esa isla a ser mía. Y si ese viejo loco, aún se resistiera, en persona lo mataría yo, y arrojaría su podrido cuerpo a mis perros.

A lo que el impresionado Alcíbidas, exclamó:

-¡Oh, poderoso rey! Cuánto lamento haberte informado mal: No es sino culpa mía, que no me hayas entendido. No nací ilustrado, y hacer de mensajero no es lo mío. Te digo que Olintheo solo pretende vivir en paz lo poco que le queda de vida, y te pide que ésta primavera retengas a tu hijo y no le permitas ir a su isla. No aspira más que a eso.

-Gran mensajero, sin duda eres, Alcíbidas, aunque ilustrado no naciste. Por los dioses, demasiado pide ese viejo ¿Acaso no es reinar lo que quiere? ¡Cuanta insolencia tiene! No dudes de que mi hijo, lo visitará. Pero cuando regrese, seré yo el que vaya. Dime, oh mensajero ¿Crees que con doscientos hoplitas de brillante armadura, bastará para derrotar al ejército de cabras y ovejas del rey Olintheo?

El pobre pescador nada dijo. Sin duda alguna, el tirano se burlaba de él. No reaccionó como su tío, el impulsivo Filemio el poeta, que se encontraba presente.

-¡Oh, rey! Infórmote, que las armas dan la victoria al que las usa diestramente, más nadie derrotará a los dioses. A ellos no se les escapan las injusticias de éste mundo, y hablar en términos hostiles contra un anciano desarmado, no debe dejar de ofenderles.

Se enojó el tirano al oír aquellas frases arrogantes, pero se aguantó a duras penas de castigar a su ofensor.

-Vas a librarte de mi ira, oh Filemio, porque a semejanza de mi hijo, eres poeta. Poco habría de gustarle que castigara tu insolencia, y no estoy de humor para aguantar sus reproches. Pero no vuelvas a tentarme. Marchad de inmediato, e informad a ese viejo, que vaya repartiendo sus bienes, porque mi paciencia se ha terminado y mi cólera es inmensa. Disfrute lo poco que le queda, y enterradlo antes de primavera, o mis perros se darán un festín. Los dioses no pueden ver con malos ojos como un rey hace suya una isla salvaje, cuyo dueño es un viejo loco que ha bautizado con su nombre a una isla que dejará de pertenecerle ¡Olinthea! ¡Pero qué mal suena!

Se fueron ambos, y a los pocos días llevaron las malas nuevas al infeliz pastor.

-Borracho debió estar cuando así os habló. Dijo éste.

-Tal es mi pensar, que no andaba muy lúcido. Exclamó el poeta.

-Igualmente, andabas mal de la cabeza. Poco faltó para que el tirano te la cortase por insolente. Dijo su tío.

Filemio no quiso dejar su boca callada, y replicó.

-Pero qué poco me gustó que me dijera que su hijo goza del arte de la poesía. Tampoco me agradó que me comparara con el. Lo conozco, y no es de mi agrado oír como el libidinoso canto de un macho en celo, es llamado poesía, en tanto que los poetas legítimos somos ignorados. Tan necia es la gente.

Otra tarde más, la pasaron a la sombra del pino, animando al viejo Olintheo, y una vez más, estaba el negro cuervo entre sus ramas. Al despedirse de ellos, el pastor echó a llorar.

-¡Oh dioses! ¿Cuánto daño debo seguir soportando? Ni en mis últimos momentos seré feliz. Aunque veo al sol, todo en mi, son tinieblas ¿Dónde está la justicia, que mis lagrimosos ojos no la ven? ¡Oscuridad, ábrete y deja salir a todo lo que escondes dentro! Ruiseñor ¿Porqué cantas? ¿No ves que hoy es un día de luto? Pronto, éste sitio será un refugio de villanos ¡Y yo que siempre ayudé a los pescadores, en lo que pude en su infinita lucha contra los terribles elementos! ¡Sol! ¿Me oyes? ¡Te prohíbo brillar! ¡No, delante mía! ¡Márchate! Tu luz siempre me trajo esperanzas, pero eres un traidor, como tantos otros.

Entonces, voló el oscuro cuervo durante un buen rato, sin parar. Llegó por fin a tierra, a un alto y oscuro monte donde nadie moraba. Allí, había un enorme agujero. Por él, entró, hasta llegar a una cueva oscura. Cancerbero, el monstruoso perro guardián, le dejó pasar. Ya lo conocía. Entró a una enorme estancia, iluminada por infinidad de antorchas. En medio, hallábase un enorme trono. En éste se hallaba sentado un hombre corpulento de broncínea piel. En el extremo, gigantescas criaturas armadas con lanzas y escudos, vigilaban la estancia. Hades, aguardaba.

-¿Qué me cuentas ésta vez, oscuro Lemúnaco?

El negro y alado córvido, contó todo lo que había escuchado. La insolencia del tirano, irritó al infernal dios.

-¡Esto ya no se llama justicia, sino locura! ¿Quién es ese necio, que confiando en su poderío, pretende reafirmar su dominio en un reino que no es suyo y está indefenso?

A lo que el oscuro Lemúnaco, respondió.

-Te digo, sombrío Hades, que eso es algo muy común entre los hombres mortales. No pocos juegan a ser dioses. Sobre todo si se trata contra gente indefensa y desprotegida.

-¿Ah, sí? No seré yo el que le permita tal atrevimiento. Vuela hasta Zeus, e infórmale de lo que viste. A ver si ésta vez, da su aprobación. Luego, corre hacia la isla de Rhodas, busca a las sirenas e infórmales de mi respuesta y la de Zeus, para que el ilustre Poseidón la oiga.

Prontamente voló Lemúnaco hasta el cielo, donde el ancho e infinito Urano, morada de los dioses, se halla. Su brillante y espectacular estructura pronto quedó a la vista del alado y oscuro mensajero de Hades. A su llegada, vio que Zeus estaba informado de lo acontecido.

-Oscuro Lemúnaco, sé lo que me vas a decir, pues mi querido Apolo se te adelantó, y por ello te respondo que no ha sido muy acertada la respuesta de Hermóstidas. Ahora comprendo la paciencia de ese viejo pastor, pero no por ello autorizo una descomunal venganza, que ni él mismo pretende, y le honra. Hágase lo que se deba hacer, pero no, sin el consentimiento del ofendido. Tampoco deba planearse una venganza, sin que antes algún mal ocurra, ya que aquel que gobierna Mosikas, estaba enturbiado. Más aún así, mostró su cordura al no castigar a ese joven poeta que lo ofendió.

El oscuro córvido preguntó al padre de los dioses:

-Injusticia es, oh, eterno Zeus, castigar al que no daña. Pero dime ¿Debe permitirse que un enfermo no goce de paz en sus últimos días?

Y Zeus el que amontona las nubes le contestó:

-¿Has oído algo de ello en mis palabras? Jamás permítase privar a un moribundo de su última voluntad. Que caiga mi maldición para quien se atreva a permitirlo, y para toda su descendencia. Nunca tal cosa suceda.

Tras lo acontecido, fue a informar a las sirenas, las cuales a su vez, lo contaron a Poseidón.

Hades, el temido dios infernal, reflexionó. Tras lo cual, dijo a su alado mensajero:

-Deberás ir junto al pastor, hablarle y convencerle.

-Desde luego, señor de la oscuridad. Se encuentra solo y triste en estos momentos. Sus sentimientos son ahora más favorables hacia la venganza.

-No, ahora no. Es de noche y se podría asustar. Háblale por la mañana, mientras cuida sus ovejas.

-Así lo haré, señor. Argumentos sólidos no me faltarán para convencerle.

La isla de los falsos poetas (la olinthiada)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora