Capítulo 20 | Un paso a la vez

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Los nudillos de Santiago estaban blancos a raíz de lo mucho que había apretado la mano de Abril —quien para ese momento no sentía ni su antebrazo— durante la última la hora, y ella no había querido zafarse de su agarre: sabía lo mucho que él necesitaba sentir su apoyo. Y aunque no se habían dicho nada en el tiempo que llevaban en la sala de espera, sí que se lanzaban miradas de vez en cuando.

Después de que él le pidió ayuda, Abril le prometió que lo acompañaría como su amiga durante todo el camino que hiciera falta. Así que lo acompañó a hablar con Rosa y a pedirle disculpas por lo mal que se había comportado, y lo egoísta que había sido con ella durante todo el proceso que habían vivido. Ambos lloraron, y la pelirroja tuvo que ahuyentar su mirada para no hacerlo también. Y un par de días después lo acompañó a buscar ayuda psicológica. Amber le habló de una amiga suya que era muy buena, así que allí estaban, esperando a que la mujer hiciera pasar al muchacho.

—Nunca antes había ido a un psicólogo —dijo Santiago, rompiendo el silencio.

—Yo sí —confesó—. Cuando mamá murió estuve en terapia con la psicóloga del colegio para superarlo.

Él la miró.

—Vaya, algo que no sabía de ti.

Ella sonrió.

—A veces nunca terminamos de conocer a las personas —aunque no soltó con malicia esas palabras, sonaron como un cuchillo filoso, y supo que su acompañante lo notó de inmediato—. No quise decirlo de ese modo —se disculpó.

—No importa, puedo entenderlo.

Abril hizo una mueca.

—¿Funcionó? —Inquirió él, procurando dejar atrás el tema—. La terapia, quiero decir.

—Mamá nunca me dejará de hacerme falta, lo sabes. Pero sí, supongo que sí funcionó. Su pérdida fue llevadera.

—Espero suceda igual conmigo.

Ella se giró hacia él, y lo miró a los ojos.

—Lo hará. Si tú pones todo de tu parte, sé que lo hará, Santi.

Él asintió, y con su pulgar acarició la mano de Abril que sostenía.

—Gracias de nuevo.

—Siempre.

Un par de minutos después, salió una joven muchacha del consultorio. Tenía facciones delicadas, y era pecosa. Sonreía como si nunca hubiera conocido el dolor. Tal vez algo la mantenía feliz.

—Por favor, dale miles de besos a Aaron de mi parte —le dijo la psicóloga—. Y dile que Javier y Matías querrán hablar con él por no consultárselos primero.

Ambas rieron, y la chica dirigió una mirada al anillo en su dedo anular.

—Siguen siendo sobreprotectores conmigo, a pesar de que soy la mayor.

—Siempre será así, Kimi. Te adoran.

La sonrisa se le ensanchó.

—No te quito más tiempo, mamá. Adiós.

—Adiós, cariño.

Cuando se giró y enfocó su mirada en Abril y Santiago, les dirigió una sonrisa de oreja a oreja y se fue del lugar.

La mujer esperó hasta que su hija desapareció por el pasillo, y luego miró al castaño.

—Lamento haber tardado tanto —se disculpó—. Mi hija vino a decirme que se casa, y se nos ha ido el tiempo llorando como magdalenas.

De tu mano ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora