Capítulo 17 Un rato con las muchachas

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Si bien es verdad que esta historia es casi exclusivamente la de los muchachos de tía Jo, no debemos, por eso, dejar de hablar de sus muchachas, que en la "pequeña república" en que vivían ocupaban un puesto prominente, y se las instruía con mucho cuidado, para que, más tarde, representaran dignamente sus respectivos papeles en la "gran república", esta la que no les faltarían oportunidades para cumplir con muchos y sagrados deberes.

A esta instrucción se debe, precisamente, la gran influencia que tuvieron después muchas de ellas en la sociedad; porque la educación de una persona no consiste solamente en los libros, como lo prueban los muchos ejemplos de personas eminentes que jamás estuvieron en ningún colegio, sino que siguieron el ejemplo de los grandes maestros, tomando sus vidas por libros. Otras muchachas se aplicaron más a la cultura intelectual, con gran riesgo de perder la cabeza por el exceso de estudio, por prevalecer en Nueva Inglaterra la idea errónea de que el estudio está ante todo y por todo, como si la salud y la prudencia no valiesen nada.

En la época a la que nos referimos se dedicaban las jóvenes de Plumfield a toda clase de estudios, menos a los propios de la mujer, como las labores de costura, a excepción de las tres hermanas que ya conocen nuestros lectores, que seguían su buena y antigua costumbre, heredada de la madre, de arreglar cada semana sendas canastas de ropa; y la misma señora Amy, con toda su riqueza, pasaba muchas horas en el cuarto de costura del monte Parnaso -­que también allí lo había-, enseñando a sus criadas a recoser y remendar las medias y calcetines y otras prendas de vestir. Era aquél el cuarto más querido de las tres hermanas, según confesión de ellas mismas, donde pasaban los ratos más distraídos de su vida, rodeadas de todas sus hijas; porque allí conversaban, leían y cosían; y lo mismo se recitaban versos que se remendaban los talones a los calcetines de los muchachos o se leía un libro de teología o de cocina.

La señora Meg fue la primera en proponer que se debía ensanchar aquel pequeño círculo, porque, a medida que pasaba el tiempo se iba aumentando el trabajo, por la razón de que había ido aumentando la familia de los muchachos y muchachas de casa y los de fuera de casa; y, a las pocas semanas se había convertido ya la gran sala del antiguo museo de antigüedades en inmenso taller de costura, con varias máquinas de coser y todos los demás adelantos modernos.

Allí se encontraba la señora Meg, en medio de las muchachas, que acudieron a aprender estas labores, como en la gloria; aquello era lo que le gustaba a ella, porque ya no se trataba sólo de remendar calcetines; ahora se cortaban vestidos nuevos, se armaban sombreros, se consultaban figurines, para ver lo que se llevaba en Nueva York, en París y en Londres. Amy, señora de refinado gusto y muy competente en la materia, era la que decidía la gran cuestión de los colores respecto al físico; porque son poquísimas las mujeres, hasta las más inteligentes, a quienes no les guste parecer bien con las prendas que llevan puestas; y el color que sienta bien a una morena sienta muy mal a una rubia, y lo mismo sucede con las gruesas y delgadas. Todo esto es de suma importancia si no se quiere que la mujer vaya hecha un adefesio.

También se encargó la señora Amy de proporcionar los libros necesarios para aquel nuevo departamento del colegio; llevó obras de Ruskin, Hamerton v de la señora Jameson, que nunca pasan de moda, Bess las leía en alta voz, y Josie alternaba con ella, leyendo las poesías y comedias que le recomendó su tío. Jo tornó a su cargo las lecturas que se rela­cionaban con la conservación del cuerpo y con la urbanidad y trato social, leyéndoles obras de la señorita Cobbe, "Deberes de la mujer"; de la señorita Backeet, "Educación de la joven americana"; de la señora Woolson, "La reforma en el vestido", y otras muchas obras relacionadas con la educación de la mujer.

Muy curioso era, en verdad, ver el cambio que se había obrado en poco tiempo en todas aquellas jóvenes que habían dejado la pluma por el dedal, la lectura de novelas románticas por la de obras útiles para los asuntos de la vida. Entre la docena de muchachas que trabajan en esta habitación, se entabló un día una viva discusión respecto a la carrera que debían seguir las señoritas, porque tía Jo les había leído algo de esta materia, y fue preguntando después a cada una de ellas a lo que pensaba dedicarse cuando saliera del colegio. La con­testación fue la de siempre: "Yo me dedicaré a la enseñanza y ayudaré a mi madre", decía una. "Yo estudiaré medicina", decía otra. "Yo, pintura", contestaba otra; pero todas terminaban añadiendo: "Hasta que me case."

-Pero si no te casas, ¿qué harás? -preguntaba tía Jo, sintiéndose muchacha de nuevo, al escuchar las contestaciones que le daban y observar las expresiones de alegría y preocupación que se dibujaban en las juveniles caras de sus muchachas.

-Pues ser solterona, cosa horrible, pero inevitable -contestó una de las jóvenes, demasiado guapa, por cierto, para que temiera que a ella pudiera sucederle lo que decía.

-No está mal pensar en eso, porque todo puede suceder; pero al mismo tiempo conviene pensar en llegar a ser soltera útil, no mujer superflua; yo no he considerado nunca la doncellez como cosa fea.

-¡Es un gran consuelo! -contestó otra de las jóvenes-; ahora ya no se mira a las solteras con el desprecio que se miraba antes; ya no son medias mujeres, como se las consideraba en otro tiempo, desde que empezaron a salir celebridades de entré las solteras.

-Sí; pero todas no podemos ser señoritas Cobbes, ni señoritas Nightingales; ni señoritas Phelps; muchas seremos las que nos quedemos en un rinconcito haciendo calceta y leyendo de vez en cuando algún libro, sin poder llegar a más en toda la vida.

-Se cultiva la alegría y el contento; y nunca faltan cositas que hacer en una casa - arguyó la señora Meg con una sonrisita de satisfacción, mientras probaba a la chica que estaba a su lado el sombrero que acababa de adornar.

-Muchísimas gracias. Sí, señora Brooke, tiene usted razón; nunca faltan cositas que hacer que la hagan a una ir derechita y estar contenta - contestó la muchacha aceptando la lección de amor y el regalo del sombrero.

-Con amor y constancia se consigue todo lo que una desea en este mundo. Yo recibí en un principio muchos desengaños, pero seguí escribiendo sin desanimarme hasta que, por fin, conseguí dinero y fama -añadió tía Jo, con gran satisfacción.

-Todas no podemos hacer eso, o no tenemos tanta virtud, pues yo me cansaba mucho y tenía grandes dolores de cabeza por empeñarme en seguir estudiando, hasta que el médico me aconsejó que arrinconara los libros si no quería volverme loca -contestó una de las muchachas con mucha gravedad. -A mí me pasaba lo mismo -comenzó diciendo otra-; pero desde que vengo aquí han des­aparecido los dolores de cabeza que con tanta frecuencia tenía antes; verdad es que hice también lo que me dijo la doctora Nan: que me quitase el corsé, y que bailara y corriera por el campo cuanto pudiera.

El señor Laurence llegó en aquel momento diciendo que lord Ambercrombie, que había llegado a Estados Unidos, vendría a visitar el colegio acompañado de su esposa y de otros personajes ingleses.

-¿Nos deberemos poner de pie? -preguntó una de las muchachas profundamente impresio­nada por aquel grande honor que les hacían aquellos señores.

-Sí, sí, desde luego.

-¿Les daremos la mano?

-No, porque las presentaré en conjunto, y ustedes pondrán la cara muy risueña.

-Siento no haberme puesto mi mejor vestido. Si lo hubiera sabido antes de salir de casa ­cuchicheó la llamada Silly.

-¡Ya vienen! ¡Vaya un sombrero más raro el que trae la señora! -exclamó una alegre muchacha haciendo reír a las demás.

Nadie hubiera dicho que aquella señora Ambercrombie, que trataba a las pobres chicas con sencillez encantadora, como si fueran iguales a ella, tenía un palacio en Londres, un castillo en el país de Gales y casi un condado entero en Escocia.

"¡Esto es hermoso! ", decía la noble dama, entusiasmada al oír hablar por separado de las chicas. "La educación de la mujer me ha preocupado e interesado toda mi vida; y no pueden ustedes formarse idea de lo mucho que me alegro al ver el entusiasmo y cariño con que han emprendido ustedes este ramo de la instrucción de la mujer, tan descuidado antes."

Los muchachos de Jo/los chicos de JoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora