Capítulo 3 Los últimos apuros de tía Jo

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 Muchas y variadas fueron las sorpresas que la familia March había experimentado en el transcurso de su vida; pero la mayor, la que podemos llamar colosal, fue la que les proporcionó el Ugly Ducklling (la fea anadeja), que resultó no un cisne, sino una oca de oro, cuyos huevos literarios encontraron un mercado tan inesperado, que los sueños que en diez años de trabajo salvaje había venido acariciando Jo habían resultado realidad positiva. Ella misma no sabía explicarse, ni llegó a explicárselo nunca, cómo se operó este milagro; pero lo cierto es que de la noche a la mañana se encontró con que era una mujer célebre, y lo mejor todavía, se vio con el bolsillo bien repleto de dinero, que la sacaba de aprietos y le permitía asegurar el porvenir de sus muchachos.  

  Había abierto el colegio en mal año; todo iba mal en Plumfield; los negocios estaban paralizados, la gente emigraba, abundaban las enfermedades y hasta Jo estuvo mucho tiempo enferma. Laurie y Amy se encontraban viajando por el extranjero, y los Bhaers eran muy orgullosos para pedir protección a nadie. Obligada a permanecer recluída en su cuarto, Jo se desesperaba al ver la estrechez y penuria en que se veían, hasta que, ya cansada de cavilar, comprendió que la única salvación era recurrir a la pluma. Precisamente conocía a un editor que necesitaba un libro para señoritas, y sin perder momento empezó a emborronar cuartillas, relatando en ellas algunas escenas y aventuras de su vida, y de sus hermanas, por más que su fuerte eran los chicos; por eso, cuando las envió al editor, una vez terminadas, tenía pocas esperanzas de éxito.
Pero a Jo le pasaba siempre lo contrario de lo que ella esperaba. En el primer libro que escribió había trabajado años enteros, y creía que se iba a hacer rica con él. En total no le produjo más que unos cientos de dólares; y en cambio, aquel libro escrito de prisa y en el que no confiaba gran cosa, le produjo una pequeña fortuna y le dio mucha gloria.
Con lo de la gloria era con lo que ella no estaba muy conforme, porque decía que aquello no era más que un poco de fama; porque para alcanzar gloria se necesitaba hoy día encontrar un gran fuego que produjera gran cantidad de humo; pero el dinero le venía muy bien porque con él resolvía un problema cuya solución no veía antes por ningún lado.
La felicidad era completa; aquella mujer tan trabajadora volvía a la vida, sus sueños de muchos años quedaban realizados; su madre, "su viejecita", como ella le llamaba, podía ya estar tranquila y pasar con comodidad los años que le quedaran de vida; Dios la había oído y premiado su laboriosidad.
Pero todas las cosas tienen en este pícaro mundo sus ventajas y sus desventajas, y después de pasadas las primeras impresiones de alegría, principió Jo a cansarse del renombre, porque esto la privaba de la libertad que ella tanto quería. El público admirador se apoderó en seguida de ella, y de todos sus asuntos, pasados, presentes y venideros. Gente desconocida venía a cada momento a verla para importunarla con sus preguntas, consejos, felicitaciones y, advertencias.

  No sabía, además, cómo arreglárselas para contestar la enormidad de cartas que recibía a diario, porque, como pensaba ella, si dejaba de cumplir con la parte principal del público admirador, pronto vendría la crítica a echar por tierra, el pedestal literario en que la querían colocar.
Hizo cuanto pudo por los muchachos, que era el público para quien ella escribía. ¡Más novelas! ¡Más novelas de este género!, le pedían en las cartas; y tanto y tanto llegó a trabajar, que su salud principió a resentirse, porque ella no atendía las cordiales amonestaciones de su familia. Hasta hubo un momento en que el león se convirtió en un animal más pacífico, retirándose a su caverna, gruñendo. Su familia se alegró mucho al ver esta decisión, que ella consideraba como el más grande contratiempo de su vida, porque?, libertad había sido siempre lo que más había ambicionado, y ahora veía que se iba alejando de ella muy de prisa. Consideraba que había hecho lo que humanamente podía, hacer cumplir con toda la demanda de autógrafos fotografías y bosquejos biográficos de su vida, que a aquellas horas andaban rodando por todo el continente americano; porque los artistas, habían sorprendido en su casa bajo todos los aspectos que podían sorprenderla, y los reporteros la habían acosado también, sin importarles una pizca el ceño con que muchas veces los recibía, y los chicos de los colegios precedidos por su profesores habían devastado su jardín llevándose las plantas como trofeos, y una continua corriente de entusiastas peregrinos había entrado continuamente por las puertas de su casa, soportándolo ella todo con santa resignación.
Para que el lector se forme una idea exacta de lo mucho que mortificaban a esta pobre señora con la demanda de los dichosos autógrafos y otras cosas referentes a su vida, puede leer lo siguiente, porque es exacto:

Los muchachos de Jo/los chicos de JoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora