Capítulo 10 John se coloca

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  -Mamá, ¿podríamos hablar de un asunto serio? -preguntó él un día al sentarse los dos un anochecer cerca del fuego, en los primeros días del invierno, que se había echado encima de pronto, mientras Daisy escribía en las habitaciones de arriba y Josie estudiaba en la pequeña biblioteca. 

-Sí, hijo mío, sí, hablemos lo que quieras. Supongo que no me irás a dar alguna mala noticia. Y la señora Meg dejó la aguja y miró a su hijo, dibujándose en su cara de madre la ansiedad mezclada con la alegría, porque le gustaba mucho hablar en serio con su hijo, y sabía que siempre tenía algo bueno que contarle. 

-Creo que para ti es una buena noticia -contestó John sonriéndose, y, arrojando el periódico que tenía en la mano, se acercó más a su madre, que le hizo sitio en el sofá.

-Entonces empieza cuanto antes. 

-Sé, mamá, que no te gusta el periodismo y que te alegrarás si te digo que he dejado la idea de ser reportero. 

-Me alegro muchísimo, hijo mío; porque es una cosa muy insegura y de poco o ningún por
venir, y yo, lo que deseo es que te coloques en una buena casa de comercio, donde aprendas y vayas ascendiendo a medida que vean tu buen comportamiento. ¿Te gustaría entrar en las oficinas de una compañía de ferrocarriles? Te pregunto esto porque tengo medios para que puedas entrar. 

-No, eso no me gusta; por más que hay gente buena, la mayoría son personas muy rudas, sin ninguna clase de instrucción, y no hay tampoco porvenir, porque tienen que pasar muchos años antes de poder llegar a la categoría que está bien retribuída. Pienso entrar en una buena casa editorial como secretario del jefe, con poco sueldo, por ahora. 

-Eso sí que me gustaría. Deseo verte cuanto antes en una buena casa de esas donde puedas utilizar tus conocimientos y tu talento. Cuando eras muy niño, hablé yo precisamente con tu padre, que en gloria esté, de esto, y, si hubiera vivido, ya estarías colocado. 

La señora Meg derramó mientras hablaba algunas lágrimas, porque la memoria de su marido era muy tierna para ella, y la educación de sus hijos le había preocupado siempre mucho. John pasó su brazo derecho por la cintura de su madre, y comenzó a hablar de esta suerte:  

  -Querida mamá: no te apures, que ya tengo bien segura la colocación que tú deseabas para mi. No he querido decirte nada antes de ahora, porque no estaba muy seguro si la conseguiríamos, y digo esto porque tía Jo y yo venimos trabajando desde hace algún tiempo, hasta que ha dado el resultado apetecido. Creo que tú conoces al editor de la tía, el señor Tibet, uno de los editores más ricos de este país, generoso, amable y hombre honrado, como lo prueba su comportamiento con la tía, respecto a sus obras. Pues bien, como sabes, a mí me gustan mucho los libros, y hace tiempo que vengo detrás de esta colocación, porque ya que no puedo escribir libros, a lo menos podré publicarlos. Para esto se necesita gusto y conocimientos literarios, y creo que tengo algo de las dos cosas. 

John se detuvo al llegar aquí, para poder respirar un poco, y la señora Meg, cuya cara se había ido alegrando poco a poco, exclamó con alegría: 

-¡Pero qué casualidad, hijo mío!; ir a buscar precisamente lo que a mí tanto me gusta, y en lo que vengo pensando hace ya tanto tiempo. Tu suerte está hecha, porque siendo una casa tan importante y unos dueños tan generosos, ascenderás en poco tiempo. 

-Así lo creo, pero aun no podemos decir nada hasta que no me hayan admitido y vean lo que
puedo hacer. El señor Tibet estuvo muy atento conmigo, y me dijo que iría ascendiendo en cuanto viera mis aptitudes. Por el momento, pasaré a la sección de expediciones, y más tarde a la secretaría; esto es lo que nos dijo a la tía Jo y a mí la última vez que estuvimos en su despacho. Estoy muy contento -dijo John, sonriéndose-, porque te repito que el negocio de libros me gusta mucho. 

Los muchachos de Jo/los chicos de JoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora