Capítulo 4 Dan

212 5 0
                                          

  Más de una vez pensó tía Jo que Daniel debía de tener algo de sangre india en sus venas, no sólo porque al chico le gustase mucho la vida de aventuras salvajes, sino por su apariencia; pues cuanto más crecía el muchacho más se distinguían en él las señales de la mezcla de sangre. A los veinticinco años que había cumplido, era un hombrazo muy alto y fuerte como un roble; muy moreno, de ojos negros como el carbón y muy vivos, de ademanes bruscos y, violentos, lleno de energía y de palabra fácil y rápida. 

-¿Que he olvidado a todos los amigos? ¿Cómo es posible que yo olvide el único hogar que he tenido en mi vida? -decía el joven mientras ponía una de aquellas manzanas negras sobre la blanca y delicada de la señora Bhaer.  

 -Por eso lo he dejado todo, y he corrido a participar a ustedes mi buena suerte antes de fijar mi residencia en algún sitio; aunque, por otra parte, temía presentarme a usted para que no me dijera que ahora me parezco mucho más a un búfalo salvaje que antes -dijo el joven llevándose la mano a su negra y desordenada barba. 

-¡Pero si a mí me gusta ese aspecto de bandolero que tienes!, a mí me entretienen mucho esos libros que relatan las hazañas de los bandoleros. Mary se asustó al verte, y Josie no te va a conocer, pero Teddy conocerá al momento a su querido Dan. No tardarán mucho en llegar, pero mientras cuéntame algo de tu vida. Dos años, ¡dos!, hace que te marchaste de aquí. Y qué tal, ¿te ha ido bien? 

-¡De primera, señora, de primera! Yo no hago caso del dinero, ya lo sabe usted. Con tal de tener para tirar adelante, me basta. Además, ya me conoce usted y sabe que no puedo estar tranquilo mucho tiempo en un punto; y sabe Dios dónde irán a dar mis huesos -dijo Dan, dando a entender que le estorbaba la poca fortuna que había hecho. 

-Sin embargo, Dan, el dinero es necesario; lo necesitas para cuando te cases y te establezcas, porque toda la vida no puedes andar así. 

Dan sacudió la cabeza y miró a su alrededor, como si se encontrase ya allí muy apretado y buscase con la vista la puerta para escapar al campo. 

-Pero ¿qué mujer se iba a atrever a casarse conmigo? Yo, que no descanso en ninguna parte, que me gusta la libertad, que me asfixiaría dentro de la casa. 

-Ah, hijo mío; luego que pasa el tiempo se va aplacando uno. Mira, cuando yo era muchacha era lo mismo que tú y no soñaba más que con casarme con un hombre aventurero como tú. Las mujeres gustamos de las cosas extraordinarias y atrevidas, de lo romántico y valeroso; todas esas cosas tienen gran atracción para la mujer. 

-¿Qué diría usted si le presentara un día una india de las tribus más terribles de este país? ­preguntó Dan, volviendo la vista para fijarla en el busto de mármol de Galatea que estaba ins­talado en uno de los ángulos de la habitación. 

-Pues recibirla bien, si era buena. ¿Hay algo de ese género en perspectiva? -Y tía Jo lo miró con el interés con que todas las literatas miran los asuntos de amor.  

  -No, señora, no; no hay nada por el momento; ando muy atareado con otro género de asuntos para ocuparme de esas necedades, como las llama Teddy -contestó Dan, dando un hábil giro a la conversación, como si estuviera ya cansado de sentimentalismos. 

La tía Jo principió a hablar entonces del talento y la aplicación de sus muchachos hasta que entraron éstos saltando de gozo, y se abrazaron a Dan, a cuyo grupo se unió el profesor que seguía detrás. Todos hablaban a la vez, y sus lenguas se movieron durante un buen rato con la misma ligereza que se mueven las aspas de un molino de viento. Después de tomar el té, principió Dan a recorrer el comedor en todas direcciones, sin dejar de hablar, asomando de vez en cuando la cabeza por la ventana para respirar más aire, porque sus pulmones parecía que necesitaban mucha más cantidad que la que necesitan los de los hombres civilizados. 

Los muchachos de Jo/los chicos de JoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora