Capitulo 9

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LA FAMILIA DEL PEQUEÑO BILLY

La víspera de Navidad, el cielo, cargado de nieve, se despejó ligeramente, hacia el mediodía. E incluso un débil rayo de sol apareció poco despúes. Liliana aprovechó aquella bonanza para dirigirse a casa de sus amigos. Desde el momento en que Pascual le abrió la puerta, se dió cuenta de que la casa estaba llena de humo.

La señora O'Feilgen, llorándole los ojos, la acogió con esta palabras:

- Mi querida Liliana; no sé dónde hacerte entrar. Las chimeneas de la parte baja están medio destrozadas y despiden un humo terrible desde hace dos días. Estamos helados. Ven a mi cuarto; allí he encendido fuego por Trick que tose terriblemente, porque el aire helado entra aquí como por su casa por estas ventanas que no cierran.

Liliana, al tiempo que la seguía por la escalera, dijo:

-Debería usted mandar un recado a lord Stanville, porque esta casa se está poniendo inhabitable.

-Sí, ya lo sé. ¡pero me cuesta tanto hacer esto! No obstante, no tendré más remedio. Querida Liliana: ¿quieres encargarte tú de perdirle que me conceda un momento para hablarle?

-Ya lo creo, señora. En cuanto pueda se lo diré.

Al salir de la Casa de los Ruiseñores, Liliana se dirigió hacia un extremo de la cuidad. Tiempo atrás, la buena señora O'Feilgen ayudó cuanto pudo al pequeño Billy y supo por ella Liliana que la pobre gente continuaba viviendo miserablemente, pero dignamente.

Ahora Billy era un joven de diez y ocho años y trabajaba en casa de un jardinero. Pero las privaciones y los terribles trabajos de infancia, le convirtieron en un ser mal desarrollado, de precaria salud. Su madre, Jenny Folken, vivía animosamente su triste existencia de mujer enferma y pobre, cuidando a Jack, su segundo hijo, infeliz muchachito raquítico, a quien Billy rodeaba de una ternura enternecedora.

Desde que Liliana escapó a la tutela tiránica de lady Stanville, había acudido muchas veces a casa de aquellos desgraciados. Gran parte de su dinero sirvió para acudir en ayuda de sus pobres amigos.

Con afectuosas palabras trataba de darles ánimo; y ya la sola visita de la joven abría una sonrisa en los labios de aquella pobre gente que se sentía encantados por su belleza, por la ardiente luz que despendían sus hermosos ojos, por la gracia sencilla de aquella deliciosa criatura, de la que Billy decía con el mas entusiasta reconocimiento:

- !Ella fué la que habló por mí a lord Stanville en aquella ocasión, ella se atrevío a esto!

Así, pues se dirigía aquel día Liliana a casa de los Folken. En el camino se detuvo para comprar los modestos regalos de Navidad que les destinaba. Se veía obligada a esperar, porque los compradores invadían los establecimientos; y era ya bastante tarde cuando entró en el barrio en donde vivía la señora Folken.

No se dió cuenta Liliana de que por la acera opuesta a la que ella caminaba pasó lord Stanville, que se dirigía a su casa y que distinguió a su prima. Se detuvo Hugo un momento, la miró y luego, cruzando la calle, comenzó a seguirla a distancia.

Habitaban los Folkenen una casa medio derruída, ante la que había un pequeño jardín en el que Billy cultivaba algunas legumbres. Cuando Liliana hubo entrado en aquel miserable casucho, Hugo, empujando la valla de madera, que ella había dejado a medio cerrar, penetró a su vez en el jardín y se aproximó a la única ventana de la casa.

Como casi era ya noche, Billy acababa de encender una lámpara.

A su débil resplandor, distinguíase vagamente el interior de la pobre casa.

La casa de los RuiseñoresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora