Prólogo

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Londres, Inglaterra. Octubre, 2015.

Respira, se decía, todo saldrá bien. Has practicado por semanas, eres buena en esto. Tenía los ojos cerrados, respiraba entrecortadamente e intentaba que las manos dejaran de temblarle. Jamás había estado tan nerviosa como aquella vez. Las pequeñas personitas en su cabeza no dejaban de corretear de un lado para el otro, indicándole cuál sería su siguiente movimiento. Sin embargo, ella no se atrevía a despegar los ojos. Los nervios que habían empezado a invadirla desde las piernas, subieron lentamente hasta abarcar todo su cuerpo. No dejaba de temblar. Tenía al jurado justo detrás de ella, y a unos cuantos metros más atrás, se encontraban los espectadores sentados en gradas hechas de madera, colocadas en el campo únicamente para la ocasión.

Tomó una bocanada de aire, concéntrate. Abrió lentamente los ojos obligándose a no pensar en nada más que no fuera la diana, la cual se encontraba a varios metros de distancia desde su posición. Inhaló y exhaló con tal de relajarse. Contó en silencio hasta tres, luego, lanzó la flecha. Esta salió disparada lo bastante rápido hasta clavarse a los pocos segundos en el centro rojo. Al instante, toda la multitud explotó en vítores. Lo había logrado.

Una sonrisa se formó en su rostro cuando reaccionó por completo. Por supuesto que lo había logrado, había practicado desde los siete años para esto. Once años después, se posicionaba como una de las mejores arqueras de la región. Ahogó un grito, llevándose una mano hacia la boca. ¡Estaba hecho! El regocijo que sentía en ese momento era incomparable. Era como ganar el premio Oscar para un actor; o un Grammy para un cantante; el premio Nobel de Literatura para un escritor. Para ella este reconocimiento era mucho mejor. Era su sueño, siempre lo había sido.

–Lisette –oyó decir a sus espaldas. Ella se volteó al instante.

– ¡Daniel! –se abalanzó sobre él, envolviéndole en un fuerte abrazo.

– ¡Lo has hecho! Estoy orgulloso de ti.

Se apartó de él, dedicándole una amplia sonrisa.

–Gracias, Dan.

Él se encogió de hombros, restándole importancia a todo lo que había hecho por ella. Horas y horas de entreno, sustos de muerte cuando le tocaba ser la persona que se pusiera la manzana en la cabeza y arriesgarse a que la flecha fuera a parar directo a su ojo. Más las atenciones constantes para que nada le faltara. Ser el mejor amigo de una mujer tan dedicada como Lisette, nunca resultaría tarea fácil.

–Bien hecho, hija. –su padre se acercó a ella, dándole un abrazo y depositando un beso en su frente.

–Felicidades, hermanita –dijo Cassandra, su hermana mayor.

–Felicidades –terció su otra hermana, Lauren.

–Gracias. Gracias a todos –contestó Lisette, seguía sonriendo. Irradiaba felicidad a miles de kilómetros de distancia.

La premiación duró una hora. Se dieron reconocimientos a las mejores puntuaciones, puesto que solo otorgaban medallas a los primeros tres lugares. Sentada en su asiento, frente al estrado, estaba Lisette con su cabello negro recogido en una coleta, tenía las manos entrelazadas para depositar ahí todo el nerviosismo que la inundaba en ese momento. Ganar el concurso Aros de Fuego era su más grande sueño desde que era una niña, esperó años y años hasta al fin cumplir la mayoría de edad para que se le permitiera participar.

–Lisette Smith.

Llamó un hombre del jurado por el micrófono. La arquera se levantó y caminó hasta el escenario. Una vez posicionada en el centro, le pusieron la medalla de primer lugar. Nuevamente la alegría del público fue notable; los aplausos no cesaban. Incluso algunos gritaban su nombre repetidas veces. Lisette tenía una amplia sonrisa impregnada en su rostro, de aquellas que no se podía desvanecer ni aunque cayera un meteorito sobre la tierra en ese preciso instante.

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