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Alejandro Cabello caminaba rápido detrás de Sinuhe por el pasillo del hospital.

Ella iba unos pasos adelante, con un arreglo enorme de flores entre los brazos y un globo rosa flotando sobre su cabeza. El globo chocaba suavemente contra el techo cada vez que doblaban una esquina, anunciando con letras brillantes aquello que todos ya sabían: ES UNA NIÑA.

Iban algo tarde.

No demasiado, pero lo suficiente para que Sinuhe apurara el paso sin mirar atrás y para que Alejandro, sin decir nada, simplemente la siguiera.

El hospital estaba solo para ellos.

No por casualidad, ni por discreción. Había anillos de seguridad desde la entrada, hombres apostados en los accesos principales y pasillos despejados antes de que ellos siquiera llegaran al piso. Nadie entraba sin ser visto. Nadie se acercaba sin permiso.

Dos de los apellidos más pesados de Chicago estaban reunidos en el mismo lugar.

Afuera, Alejandro Cabello y Michael Jauregui eran nombres que se pronunciaban con cuidado. Hombres de mirada dura, voz baja y decisiones que podían mover una ciudad entera.

Pero esa mañana no había nada de qué preocuparse.

Nadie corría por miedo.

Corrían porque querían llegar.

Porque Michael Jauregui, el hombre que nunca pedía nada, llevaba toda la mañana preguntando por ellos.

Se perdieron un momento.

Sinuhe se detuvo frente a un pasillo equivocado, miró alrededor con impaciencia y volvió sobre sus pasos. Alejandro tampoco dijo nada. Solo acomodó las flores que casi se le resbalaban, cuidó que el globo no se atorara con una lámpara y siguió detrás de ella.

Cuando por fin encontraron el pasillo correcto, vieron a los hombres de seguridad de Michael junto a la entrada.

Trajes oscuros. Rostros serios. Manos al frente.

Uno de ellos inclinó la cabeza al reconocer a Alejandro, pero Sinuhe ya caminaba hacia el cristal.

Alejandro se quedó a su lado.

Y entonces lo vieron.

Michael Jauregui estaba al otro lado.

El hombre enorme, corpulento, de barba cerrada y mirada normalmente imposible de sostener demasiado tiempo, estaba vestido con ropa de quirófano. La tela azul se ajustaba mal a sus hombros anchos y el gorro le quedaba ligeramente torcido.

Pero nada de eso importaba.

Entre sus brazos sostenía una pequeña sábana rosa.

Y dentro de esa sábana estaba su hija.

Michael la miraba como si no supiera qué hacer con tanta felicidad. Como si el pecho no le alcanzara para guardarla. Como si toda la fuerza que había cargado durante años se le hubiera vuelto inútil frente a una criatura diminuta que apenas abría los ojos.

Apenas vio a los Cabello detrás del cristal, algo en su rostro cambió.

No se endureció.

Se iluminó.

Levantó un poco a la bebé, con un cuidado torpe y exagerado, queriendo mostrárselas sin moverla demasiado.

Sinuhe se llevó una mano al pecho.

Alejandro no habló.

Solo miró a su amigo.

A Michael Jauregui, uno de los hombres más temidos de Chicago, completamente rendido ante una niña que cabía en sus manos.

Las Herederas de Chicago - CAMREN.Stories to obsess over. Discover now